
El Machete Invisible:
Las cortadoras de caña en Puerto Rico
durante los Siglos XIX y XX
Classic Title
La historiografía es la ‘técnica’ que, a causa de su propio estatuto peculiar,
se dedica a disipar la amnesia y a cultivar la memoria.
- Annarita Buttafuoco, “Historia y memoria de si”
Prefacio
En 1994 había mujeres cortando caña en Puerto Rico. Poca era la gente que sabía de su existencia. La gran mayoría de los puertorriqueños todavía creen—equivocadamente—que las mujeres nunca han cortado caña en Puerto Rico. Con este estudio mi objetivo es darle forma al cuerpo invisible de las cortadoras de caña, cuerpo invisibilizado por la historiografía tradicional, donde el lenguaje oculta esa parte de la población que no es masculina e inventa una ficción histórica donde todos los protagonistas son hombres.
Es casi imposible rescatar la historia de las mujeres olvidadas y reconstituir la trayectoria de un pueblo libre de fronteras de género, sin antes combatir ese lenguaje lleno de prejuicios que usamos todos los días y que intenta, sin pensarlo dos veces, estirar los bordes definitorios del género masculino para que de alguna forma quepa ahí adentro el género femenino, arropado por un manto de falsa neutralidad.
En este recorrido nos vamos a estar enfrentando una y otra vez a ese lenguaje que oculta una parte de la verdad, que traiciona el entendimiento de la verdad, porque al nombrar desnombra, al decir hombres no dice mujeres. Así acabaron generaciones de puertorriqueños creyendo que las mujeres realmente no formaron parte de nuestra historia, creyendo que las mujeres en Puerto Rico nunca cortaron caña. El sujeto femenino cortadora de caña no ha podido enunciarse, no ha podido constituirse con un lenguaje propio ajustado a su realidad, donde reconocerse como objeto enunciado y sujeto enunciante.[i] Carente de ese lugar-espacio para ocupar como sujeto, el cuerpo social de la mujer desaparece de las esferas públicas, oculta detrás del marido, del padre, del hermano, o incluso de los hijos.[ii] En este trabajo intentaré facilitar de alguna manera que esas mujeres vayan configurándose en sujeto enunciante y enunciado con su propio cuerpo social, su propio cuerpo económico, su propio cuerpo literario y, sobre todo, su propio cuerpo histórico.
Agradecimientos
Entre las muchas personas con quienes tengo una profunda deuda por su ayuda, apoyo y aliento quiero mencionar a Ángela Cruz, empleada de la Corporación Azucarera e hija de un agricultor en San Sebastián, quien me ofreció las primeras informaciones sobre las cortadoras de caña en su pueblo. A Luis Pabón, estudiante doctoral del Centro de Estudios Avanzados, quien me sugirió la búsqueda de las trabajadoras de la caña en los censos de Puerto Rico. Y, finalmente, a los miembros de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores y la Asociación de Historiadores del Caribe, por sus pacientes respuestas a todas mis preguntas y valiosas sugerencias durante la fase investigativa de este trabajo.
A los profesores que me inspiraron durante el transcurso de mis estudios de maestría en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, el Dr. Antonio Gaztambide Géigel y la Dra. Blanca Silvestrini, mi más profundo y eterno respeto y cariño.
A modo de introducción
Ramón Ruiz Brignoni, un colono cañero de la Central La Plata en San Sebastián, con quien hablé el 2 de febrero de 1995, me dijo que él pensaba que las mujeres siempre habían trabajado en la agricultura, hombro a hombro con los hombres.
¿En la caña? Bueno, las mujeres de Puerto Rico yo creo que usualmente han trabajado bastante tiempo porque se iban con los esposos y le ayudaban. Lo que pasa es que hay gente que a veces se abochornan de decir que las mujeres... ¡Fíjese que cosa!
Ese mismo día conversé con Luz María Ruiz Guzmán, quien trabajó para Ruiz Brignoni cortando caña. Luz María me comentó:
Yo piqué desde nena. Pues, y pico todavía si me toca, pero... [las mujeres] se abochornan [de este trabajo]. En el pueblo hay un muchacho que está como medio malo de la mente, que me dice a mí, Ahí va la que pica caña. Y uno se abochorna, ¿verdad? Aunque yo no me abochorno del trabajo.
En este libro recojo los testimonios de las mujeres que trabajaron cortando caña, los que las contrataron, los que laboraron con ellas, o simplemente los que las conocieron y las vieron trabajar en los campos cañeros. Entre 1993 y 1995 me dediqué a entrevistar a estas personas que iba encontrando en los campos aledaños a la antigua Central Aguirre (Salinas) y Central Plata (San Sebastián). Algunos de ellos mencionaron que también en Patillas y en Moca hubo mujeres cortando caña por lo menos 40 años atrás, o sea, cerca de 1954, aunque hacía ya 10 o 12 años que no se veía trabajar a ninguna.[iii] El censo de 1950 indica que para ese año quedaban 18 trabajadoras en la caña. Esas son las que recogió el censo; faltan las que no reportaban su trabajo, o sus jefes no lo reportaban. En San Sebastián, por ejemplo, había quienes no le reportaban su trabajo en los cañaverales a los trabajadores del censo por temor a perder cualquier ayuda económica que estuviesen recibiendo del gobierno.[iv]
Benita Torres, con quien pasé muchas horas conversando y a quien les voy a presentar con más detalle en el Capítulo 5, me contaba:
En la Colonia [Aguirre] (...) no me llenaban papeles, no me decían, ¿por qué vienes a trabajar? ni nada. Sólo que yo fui, pegué a trabajar, me apuntaron y más ná'. ¿Qué más? Porque si fuera una fábrica tenía que empezar, dame el Seguro Social, dame esto, dame esto otro. ¿Tú sabes esto? Ponte a coger práctica y toíto eso... ¡pues nunca salía! En la pieza 'e caña, no. En la pieza 'e caña lo único que me podían decir, corta, corta y corta y sigue por ahí.[v]
En ocasiones, las mujeres que tenían la opción de trabajar en otros cultivos preferían trabajar en la caña para “no [tener] que soportar a cierto tipo de patrono”[vi] o porque lo preferían al trabajo de las fábricas. Algunas lo hacían para no tener que trabajar en la cocina de algún restaurante, como me explicó Benita, quien también trabajó en los restaurantes de Salinas:
Entonces cogí y como me cansé de estar en la candela, como quien dice, yo dije 'no'. Y 'taban cogiendo mujeres en la pieza 'e caña y yo dije 'me voy pa' la caña'. Y me fui pa' la caña.[vii]
Para entender cómo llegaron estas mujeres a los cañaverales de Puerto Rico sin que los libros de historia nos ofrecieran indicio alguno de su existencia, tenemos que remontarnos a los orígenes mismo del cultivo de caña en la isla. Vamos a ir descubriendo cómo y por qué se volvieron invisibles. Al final, espero hacerle justicia a las mujeres que han cortado caña en Puerto Rico desde hace por lo menos dos siglos y que hasta ahora nadie ha rescatado de su invisibilidad.
__________________________________________________________________
[i] Para propósitos de este trabajo, mi intención ha sido transcribir todas las entrevistas con la mayor fidelidad posible al estilo discursivo de cada persona entrevistada, y no siempre atenerme a la gramática y ortografía normativas.
[ii] Testimonio de Ernesta Villodas, Guayama, 1992, en La Tercera Raíz: Presencia africana en Puerto Rico. (Puerto Rico y México: CEREP/ICP, 1992.)
[iii] Entrevista personal con Benita Torres, 6 de abril de 1993.
[iv] Entrevista con Santos Morales, Supervisor de Investigación de Campo, Corporación Azucarera, 11 de febrero de 1994 en la Central Mercedita, Ponce.
[v] Entrevista con Pedro Medina, 1 de febrero de 1995, San Sebastián.
[vi] Violi, Patrizia. “Sujeto lingüístico y sujeto femenino”, en Colaizzi, Giulia (ed.) Feminismo y teoria del discurso. Madrid: Cátedra, 1990. (127-140)
[vii] Meillassoux, Claude. Mujeres, graneros y capitales. México: Siglo XXI Editores, 1987.
Todas las fotos en este trabajo fueron tomadas por mí durante el transcurso de mi investigación entre los años 1992 y 1995.
Capítulo 1. Orígenes de la mano de obra femenina en los cultivos de caña

Es poco o nada lo que nos cuenta la historia sobre aquellas mujeres traídas forzosamente desde África hasta el Caribe a manos de los esclavistas. Para encontrarlas en las láminas que ilustran los horrores de los barcos de esclavos hay que mirar con cuidado, al igual que en las páginas de la historia sobre la vida de los esclavos en Puerto Rico. Desde George Flinter (1832) hasta Guillermo Baralt (1982), la historia de la esclavitud ha sido la historia de los esclavos, africanos “arrebatado[s] (...) de su[s] esposa[s] e hijos, para ser deportados para siempre a un clima extraño.”[i] No ha sido la historia de las africanas igualmente arrebatadas de sus esposos e hijos. Las tablas, las cifras y las gráficas cuentan la historia de los negros y los mulatos, pero no sabemos a ciencia cierta cuántos son verdaderamente del género masculino y cuántos del género invisible:
“...ha entrado esta tarde el bergantín español ‘Jacinta’ (...) con 21 hombres de tripulación y cargamento de 100 negros...”[ii]
“...el 23 de abril un bergantín goleta francés, cargado de negros bozales, se presentó en Aguadilla...”[iii]
Lo más que podemos afirmar a ciencia cierta es que los hacendados en Puerto Rico, por falta de capital, compraron un número casi igual de esclavas que de esclavos, para así poder reproducirlos, incrementando el rendimiento de su inversión, a diferencia de las colonias británicas y francesas en las que predominaba la compra de esclavos varones. Para la década de 1830, dice Flinter que “[n]o hai una isla en todas las Antillas, excepto Puerto Rico, que tenga un número de esclavas que guarde proporción con el de los esclavos (...)” Es decir, que los barcos negreros no pueden haber estado cargados únicamente de esclavos varones, como insinúan en ocasiones los textos históricos, pues de haber sido así no hubiese habido “en esta isla (...) con corta diferencia una igualdad entre hembras y varones”.[iv] A pesar de la omisión persistente del género femenino en los relatos sobre la esclavitud en Puerto Rico—omisión sintomática de las estructuras sociales y económicas prevalecientes en Puerto Rico en el momento en que se formula y documenta cada proceso histórico—las mujeres siguen apareciendo aquí y allá como un sujeto subversivo casi, un sujeto que se resiste al anonimato absoluto:
“[Bryan Edwards] hizo preguntas a muchos jóvenes negros de diferentes partes de África en cuanto a las circunstancias de su cautiverio y venta (...) examinó a hermanos y hermanas separadamente ...”[v]
“Casi en todas las familias españolas que poseen esclavos se encontraran un número de viejos libertos de ambos sexos, viviendo de la liberalidad de sus antiguos amos...”[vi]
“...fue público en esta Capital la introducción clandestina por el puerto de Guayama de varios esclavos de las colonias extranjeras (...) teniéndose noticia que los esclavos se hallaban en los ingenios de Porrata Y Reyes, se mandó aprender a los que se encontrasen y fueron once, entre varones y hembras, con una criatura de pecho...”[vii]
La mujer esclava, aparece como una figura casi fantasmagórica, ánima translúcida que se niega a abandonar el recinto de su muerte violenta: el discurso historiográfico. A veces se deja ver de cuerpo entero:
“Una negra que vive actualmente en esta isla y que era anteriormente esclava, compró su libertad, y en pocos años se hizo mui rica mediante su industria y trabajo.”[viii]
Otras veces no:
“Hay informes de que en uno de los viajes de [Joseph] Beaupied, una mujer que él llevaba consigo se tiró por la borda y se ahogó.”[ix]
Cuando le seguimos el rastro a estos cuerpos fantasmas, en ocasiones alcanzamos a ver los contornos de sus vidas.
Para 1873, “...un agente francés llamado Beaufied [sic] (...) compró en Vega Baja una mujer con tres hijas por 500 duros” para llevarlas a la isla de Cuba, donde los esclavos se cotizaban a precios muchos más altos que en Puerto Rico pues aquí la esclavitud estaba en vías de abolición. La mujer, de nombre Gregoria, no quería irse a Cuba, pero Beaupied intentó de todas maneras embarcarla. Fue tal la resistencia de Gregoria que el francés se vio obligado a llevarla hasta Palo Seco sólo para evitar la vergüenza que le estaba causando el comportamiento de Gregoria. Pero no bien llegaron a Palo Seco, la mujer armó otro revuelo, logrando que los negros de los barcos se unieran a su protesta. Beaupied acabó encerrándola en la casa de un amigo, también francés, que vivía en Dorado, mientras intentaba embarcar a los hijos de Gregoria desde Palo Seco. Sin embargo, ninguno de los vapores quiso aceptar la carga, tal fue el impacto que causó Gregoria. Finalmente intervino el Síndico, Don Pablo Padilla, ‘protector oficial de los esclavos’, quien compró la libertad de los menores y, al parecer, tramitó la libertad de la madre también. El incidente provocó una protesta oficial del cónsul de Inglaterra ante las autoridades españolas, a lo que el Ministerio del Estado contestó en forma apologética por demás que ‘dicha traslación no llegó a realizarse, sino que, al contrario, su tentativa produjo la emancipación de los negros esclavos Gregoria y sus cuatro hijos, Raimundo, Marcos, Marcelina y Aquilina.”[x]
Así como Gregoria hay muchas otras que también asoman su rostro desdibujado en ese cuerpo llamado Historia, a quienes tenemos que ir redelineando, rellenando, redondeando, para no sólo saber que ahí estuvieron, sino para poder conocer ese rostro hasta ahora desconocido.
__________________________________________________________________
[i] Flinter, George D. Examen del estado actual de los esclavos en la Isla de Puerto Rico. Emilio M. Colón (ed.) San Juan: Editorial Coquí, 1976.
[ii] “Carta al Gobernador de Puerto Rico de la Junta de Sanidad”, 7 de mayo de 1818. El proceso abolicionista en Puerto Rico: documentos para su estudio. Volumen I: La Institución de la esclavitud y su crisis: 1823-1873. San Juan: Centro de Investigaciones Históricas, UPR/Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974. (p. 7) [énfasis de la autora].
[iii] “Carta del cónsul francés en Puerto Rico al Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia”, 30 de mayo de 1827. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I (p. 7) [énfasis de la autora]
[iv] "Despacho del Vicecónsul británico en Mayagüez”, 6 de febrero de 1866, Proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 48) Pedro San Miguel ofrece otros datos: para 1838 “la razón de masculinidad entre los esclavos fue de 285”, es decir, que había casi tres veces el número de hombres que de mujeres y cita de Manuel Moreno Fraginals que la explicación para ello está en que “[l]a norma esclavista, hasta principios del siglo XIX, fue importar un bajo porcentaje de mujeres”.
[v] Flinter, Op. Cit. [Énfasis de la autora.]
[vi] Ibid.
[vii] “Reclamación del Intendente de Hacienda al Regente de la Junta Superior Contenciosa de Hacienda”, 25 de febrero de 1837. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 9) [Énfasis mío.]
[viii] Flinter, Op. Cit.
[ix] “Despacho del Cónsul británico en Puerto Rico al ministro Granville”, 5 de diciembre de 1872. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 21) [Salvo donde se indique lo contrario, todas las traducciones de textos en inglés citados en este libro son de la autora]
[x] “Carta del Subsecretario del Ministerio de Estado al ministro de Ultramar”, 22 de enero de 1873. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (21-24)
1.a. Economía azucarera entre los siglos XVI-XIX y la mano de obra esclava
Esclavas y esclavos juntos fueron la base de la agricultura en las haciendas cañeras de Puerto Rico.[i] Si bien la trata de africanas y africanos se conoce en la isla desde el siglo XVI, es durante las primeras décadas del siglo XIX que se intensifica con el aumento en la demanda de trabajadores para las haciendas azucareras.[ii] Pero ya para el siglo XIX el ímpetu para abolir la esclavitud está cobrando auge en Inglaterra, por lo que el precio de esclavos aumenta en los países que aún siguen importando esclavos. No con eso se detuvo el comercio con África o los demás países donde se compraban y vendían estos brazos cautivos, pero sí se vuelve más importante la producción de esclavos en la propia isla de Puerto Rico. La combinación del “incremento en el precio de los esclavos, de la caída de los precios del azúcar y la continua competencia de Cuba en el mercado de brazos, redujo las posibilidades de los hacendados en Puerto Rico de adquirir esclavos.”[iii] El papel que juega la negra esclava en esta coyuntura histórica es de crítica importancia pues es ella quien (re)produce nuevos esclavos sin costo adicional para el amo.
“Por ejemplo, en el año 1830, de un total de 34,374 esclavos, 17,688 eran varones y 16,686 eran mujeres. A principios del siglo XIX, el precio del varón era más alto que el de la mujer, pero a medida que se elevaron los precios de todos los esclavos, y se hizo difícil traer esclavos de África, el precio de la mujer fue más alto que el del hombre.”[iv] Encontramos evidencia del papel productor de la esclava en muchos documentos, entre ellos—de forma muy tangencial e irónicamente a la vez—un documento que data de 1826 por el cual se le otorga la libertad a “Eduvige Cornelia Cipriana del Carmen, párvula de dos años, hija de una mulata esclava nombrada María Eugenia (...) y al feto que encierra el vientre de la enunciada mulata”. La niña Eduvige está tasada en ochenta pesos “y la criatura en el vientre en veinticinco”.[iv] De no habérsele concedido la libertad a la madre, la criatura al nacer hubiese pasado a ser propiedad del dueño o dueña de la madre esclava, no de la madre de la criatura. Aunque existía un discurso oficialista en favor de una moralidad cristiana, las leyes y reglamentos que se crearon para regular la vida de los esclavos en Puerto Rico no reconocían los vínculos filiales entre esclavos. Igual que los animales del campo, las negras parían crías para el establo del amo, para los barracones de esclavos, para los surcos de arado.
Algunos estudios sobre la población esclava en Puerto Rico durante el siglo XIX reflejan su crecimiento poblacional y, por ende, la importancia de las esclavas en esta economía. De 17 esclavas que había en Vega Baja para 1797, el número se multiplica 8 veces en solo 50 años—apenas dos, a lo sumo tres generaciones-para alcanzar la cifra de 149 esclavas en 1847. Siete años más tarde, en 1854—ni siquiera en el transcurso de una generación—ya esa población se duplica a 288 mujeres.[vi] En los 15 años que transcurren entre 1838 y 1853 la población de mujeres esclavas de 0 a 9 años en ese mismo pueblo se duplica, saltando de un 6% a un 13% del total de su población esclava.[vii] Dentro de estas estadísticas debemos considerar que el 1846 es el año en el que se registra el mayor número de esclavos en Puerto Rico. El alza en el número de esclavos durante esta época está directamente vinculado al énfasis que se les da a los beneficios (re)productivos que aportan las mujeres.
Mientras el esclavo varón está produciendo materia prima para el enriquecimiento del amo, la esclava está produciendo materia prima y fuerza laboral para ese mismo amo. Como mercancía y como inversión, el valor de la mujer es mayor que el del varón. La esclava gesta futuras generaciones de esclavos mientras también produce caña para el ingenio, prepara los alimentos para la familia del hacendado, limpia la casa, plancha la ropa, atiende los animales del pesebre, etc.
La única disposición que contiene el Reglamento de Esclavos de 1826 para no separar los hijos de las madres es para aquellos esclavos de diferentes haciendas, cuando el hombre se casa con una mujer que ya tiene hijos.[viii] El Reglamento ordena que el dueño del esclavo varón compre a la esclava con quien se va a casar, cuando ésta le pertenezca a otro dueño, así también todos los hijos de ella menores de tres años “porque según derecho durante este tiempo deben las madres criarlos.”[ix] En ocasiones encontramos excepciones a la norma, como en el caso de “una mulatica como de cuatro meses de nacida nombrada Florencia, que le pertenece en propiedad por haber nacido en (...) [la casa de Doña Juana Lancenón] y bajo su dominio de la esclava Dolores, la cual pertenece en el día al Licenciado Don Agustín María de Sirgado.”[x] En este caso, la esclava Dolores ya no le pertenece a Doña Juana Lancenón pero su niña, Florencia, por nacer en la casa de Doña Juana, sigue siendo propiedad de la hacendada y no de la madre biológica. No obstante, Tadeo Bruno, quien es el padre de la niña, y Don Agustín, el dueño de Dolores, le pagan cuarenta pesos a Doña Juana Lancenón por la libertad de Florencia.
La otra cara de la moneda es el caso de “la morena María de la Cruz Morales, viuda de Atanacio Cambian”, quien se describe en un documento de 1860 como la heredera de dos esclavas de su finado esposo y quien está litigando su derecho a venderlas mientras las esclavas se declaran libres por virtud del mismo testamento del Sr. Cambian. Menciona la promovente en el documento que durante el periodo en que han estado litigando, las dos esclavas han procreado tres hijos que “arrastran la condición de su madre, por consiguiente, son esclavos de la compareciente”.[xi]
Aparte de esta disposición en el Reglamento de 1826 que intenta mantener juntos a aquellos esclavos de diferentes haciendas que contraen matrimonio, no hay reglamento alguno que prohíba la venta de una esclava sin sus hijos. Ahora bien, aunque la ley indica que las madres deben criar a sus hijos durante los primeros tres años de vida, esto no significa que se le va a reducir la carga de trabajo en la hacienda a las madres para que puedan dedicarse a la crianza de sus hijos, ni que esos hijos vayan a estar siempre con sus madres mientras vivan en la misma hacienda. Tampoco hay un trato especial durante el periodo de gestación, ni se le otorgan privilegios a la mujer esclava, porque su condición se interpreta simplemente como una nueva labor asignada: la labor de la reproducción. Y es solamente un segmento de la población esclava quien tiene esa tarea asignada: las mujeres. La historia consigna únicamente el trato especial que se le daba a la mujer durante el embarazo “[c]uando [la] iban a ‘corregir’ (...) [que] hacían un hoyo en la tierra donde le colocaban el vientre para poder pegarle a la madre sin hacerle daño al niño.”[xii]
Claro está, la doble carga sobre la esclava también le impone un precio económico al amo. Algunas esclavas morirán en el proceso de procrear nuevos esclavos, ya fuese por enfermedades, malnutrición, o complicaciones en el parto. Es un precio que el hacendado esclavista conoce bien porque tiene la experiencia ancestral y colectiva de los barcos negreros, donde solamente sobrevivían los más fuertes. Para el siglo XIX no había condiciones médicas apropiadas que pudiesen prevenir la muerte de las esclavas durante el embarazo o el parto. Según narra George Flinter:
“Las haciendas grandes tienen hospitales, en que no faltan conveniencias, pero se padece en el campo mucha escasez de practicantes hábiles de cirugía y medicina; los que actúan como tales, lejos de contener el curso de la enfermedad con sus conocimientos, me temo que por su ignorancia e inexperiencia ayuden a aumentar la lista necrológica. Estoi persuadido, que si los hacendados empleasen profesores aprobados para curar sus esclavos, la mortandad sería mucho menor que lo es al presente.”[xiii]
Si nos fijamos en las estadísticas para el pueblo de Vega Baja notamos que la población esclava femenina, particularmente a principios del XIX, sufre mermas por razón de su doble explotación. Las mujeres en edad reproductiva—de 20 a 29 años—en Vega Baja, para 1853, constituyen aproximadamente el 19% del total de la población esclava, los hombres aproximadamente el 22%. En tres años, para 1858, las mujeres en esas mismas edades se reducen al 10% aproximado de la población total; los hombres se mantienen en un 18%. Para 1869, apenas once años más tarde, se detecta una baja también en la población esclava entre 0 y 9 años. En 1858 las niñas entre 0 y 9 años son el 22% de la población y los niños son el 27%; para el 1869 las niñas se reducen a 16% y los niños a 23%.[xiv] Estas estadísticas sugieren un cuadro de mortandad femenina estrechamente vinculado al proceso de gestación y parto. Solamente las más fuertes deben haber sobrevivido esa doble explotación “del campo y la sexual.”[xv]
El Capítulo III del Reglamento de 1826 disponía que las madres siguieran trabajando luego de dar a luz un hijo; la crianza de esos hijos le estaba asignada a otras esclavas:
Artículo 3o. Los alimentos de los negros recién nacidos o pequeños, cuyas madres vayan a los trabajos de la hacienda, serán muy ligeros, como sopas, atoles, leche, etc., hasta que salgan de la lactancia o las desteten sus madres y se vean exentos de los ataques que sufren los niños por echar los dientes.


Esta distinción en el Reglamento entre “salir de la lactancia” y el “destete de sus madres” sugiere que no siempre son las madres naturales quienes lactan a sus hijos. Esto se ve con mayor claridad en los Artículos 4º y 5o del Reglamento.
Artículo 4o. En las horas en que estén las madres aplicadas a los trabajos de la hacienda, se destinará una o dos negras (las que se consideren más a propósito y necesarias por el amo o mayordomo) para que cuiden los chiquillos en un ranchón o bohío proporcionado.
Por una parte, tenemos la figura de la esclava nodriza que lacta los hijos de otras esclavas, o lo que en inglés se conoce como wet nurse. Por otro lado, vemos cómo el papel de la negra esclava como reproductora de mano de obra para el hacendado viene siendo casi secundario a su papel como productora de otros bienes o servicios para el amo hacendado. En este renglón, la relación maternofilial en la sociedad esclavista puertorriqueña no se desarrolla como en otras colonias del Caribe, donde los sistemas de grandes plantaciones proveían un espacio doméstico para la formación de unidades familiares. Carecemos de suficientes fuentes informativas sobre la intimidad y relaciones afectivas entre los esclavos de la Isla para esa época, pero no es difícil imaginar que, ante la carencia de derechos filiales y el contacto limitado entre madres e hijos, el resultado fuese la fragmentación de todo vínculo familiar. Las transacciones comerciales que separaban padres, madres e hijos, hermanos y hermanas, más la segregación por sexo en barracones separados una vez los niños alcanzaban cierta edad, se sumaban a la violenta deshumanización en la vida cotidiana de la esclavitud. No quiere decir esto que no hubiese vínculos filiales, sino simplemente que la formación de esos vínculos no siempre era consanguínea.
En los estudios antropológicos sobre las comunidades africanas encontramos con frecuencia que el concepto de “filiación” se refiere a las relaciones sociales, no a las biológicas, por lo que no debemos perder de vista al estudiar las relaciones de parentesco entre los esclavos africanos que “la consanguinidad se refiere a una relación física, pero en el caso del parentesco tenemos que ocuparnos de una relación social”[xvii], evitando así caer en la trampa del análisis eurocéntrico. Solamente a modo de ejemplo, en “varias regiones de África existe una costumbre por la que una mujer puede participar en un rito de matrimonio con otra mujer, en virtud del cual ocupa el lugar de un padre (pater) con respecto a la descendencia de la esposa, cuyo padre físico (genitor) es un amante asignado.”[xviii] Teniendo en mente la segregación de sexos entre los esclavos, ¿qué nos impide pensar que las mujeres esclavas provenientes de África hubiesen creado sus propios sistemas sincréticos de parentesco? Incluso podría darse el caso que, dependiendo de su procedencia, no sería tan extraño para algunos esclavos que hombres y mujeres, aún después de formar una pareja, viviesen separados:
“En los matrimonios zulúes y lozi (...) existe un limitado campo en que puedan asociarse hombres y mujeres. Duermen juntos y juntos engendran hijos y su unión crean una unidad económica, pero en la vida pública y social en general sus contactos son limitados. El hombre busca compañía en sus compañeros, la mujer en sus compañeras.”[xix]
Existe la posibilidad, también, de que no fuese totalmente ajeno a sus experiencias la separación entre padres e hijos o hijas—no así entre madres e hijos o hijas:
“La mayor parte de los pueblos bantúes de África central reconocen la filiación por la línea matrilineal en lugar de la línea patrilineal (...) Se cree que la sangre pasa a través de la mujer y no a través del hombre.”[xx] Entre los kongo no existe “identificación legal del hijo con el matrilinaje del padre”[xxi] y el “marido mayombe nunca adquiere autoridad absoluta sobre la esposa ni sobre los hijos.”[xxii] Así también, los ashanti “consideran el lazo entre madre e hijo la piedra angular de todas las relaciones sociales” y el padre ashanti “no tiene autoridad legal sobre sus hijos.”[xxiii]
Es la transición hacia la abolición en Puerto Rico la que trae los primeros visos de un reconocimiento jurídico a las relaciones maternofiliales entre esclavos. En 1870, con la ley de abolición parcial, se reglamenta entonces que “[t]ampoco podrán venderse separadamente de sus madres los hijos menores de catorce años, ni los esclavos que estén unidos en matrimonio.”[xxiv] La sociedad esclavista en Puerto Rico se desborda en contradicciones, por un lado repartiendo el ”producto” del vientre de la madre esclava según la casa donde naciera, por otro otorgando un gran peso a la filiación maternal para heredar ciertos beneficios y derechos, coma lo eran la libertad o la propiedad:
"...el Presbítero Don José Joaquín Lalinde por la cláusula 12a. de su testamento, (...) dice (...) tan luego coma yo fallezca, mi esclava Olaya [irá] al poder de Doña Josefa Caira de Carreras, vecina de la Capital, con quien permanecerá sin excusa hasta que, cumplidos sus veinticinco años quede libre para siempre, [lo] mismo que sus hijos, si durante este tiempo en que queda sujeta a la servidumbre los tuviera.”[xxv]
Antes de la abolición no se extendía a los hijos la libertad de una madre coartada. Los hijos de una madre coartada seguían siendo esclavos. No obstante, hay indicios en el Registro de Esclavos de 1872 de que las madres coartaban a sus hijos antes que a ellas mismas, lo que refleja la existencia de vínculos afectivo entre madres e hijos a pesar de todas las estructuras jurídicas y sociales encaminadas a segregar y fragmentar las familias esclavas. La posibilidad de libertad viabilizaba la cohabitación permanente, ya fuera de madres con hijos, o esposas con esposos. El acto de coartar a los hijos antes que a ellas mismas apunta hacia un deseo de crear el espacio social para la formación de vínculos afectivos permanentes y, por tanto, el autosacrificio materno es un acto heroico para rescatar la unidad familiar como uno de los valores culturales de la población esclava. La propuesta para la abolición favorece una coartación hereditaria:
“La coartación es uno de los mayores beneficios que nuestras leyes dan al esclavo; y adquirido este derecho, debe transmitirlo a sus hijos; si es esclava la coartada, todos sus hijos, de cualquier clase que sean, deben obtener este beneficio; si es varón, sólo los legítimos.”[xxvii]
En 1868 los derechos de filiación van más allá y se decreta que, después del 17 de septiembre, todo hijo nacido de esclava será libre. En 1870 se aprueba la ley que declara libres a todos “los hijos de madres esclavas que nazcan después de la publicación de esta Ley” y dispone además que el Estado adquiera a todos los "esclavos nacidos desde el 17 de septiembre de 1868 (...) mediante el pago a sus dueños de la cantidad de 125 pesetas”. No obstante, es demasiado el poder económico de los hacendados como para perder de un solo golpe la mano de obra que enriquecía sus arcas, por lo que la filiación materna entre esclavos se modifica para conveniencia de los amos. En otras secciones de esta ley de abolición se crea la figura del patronato, cuyo efecto es mantener a los niños bajo una forma de servidumbre prácticamente igual a la esclavitud:
“Los libertos, por ministerio de esta Ley, (...) quedaran bajo el patronato de los dueños de la madre (...) El patrono adquiere todos los derechos de tutor, pudiendo a más aprovecharse del trabajo del liberto sin retribución alguna hasta la edad de dieciocho años.”[xxviii]
________________________________________
[i] San Miguel, Pedro. El mundo que creó el azúcar: Las haciendas en Vega Baja, 1800-1873. Rio Piedras: Huracán, 1989.
[ii] Ibid, p. 95.
[iii] Ibid., pp. 103-104.
[iv] Baralt, Guillermo A. Esclavos rebeldes: conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico (1795-1873). Rio Piedras: Huracán, 1989.
[v] “Carta de libertad de la esclava Eduvige y su madre María Eugenia”, 14 de septiembre de 1826. El proceso abolicionista, Op. Cit, Vol. I. (p. 85).
[vi] San Miguel, El mundo que creó el azúcar, Op. Cit., (p. 218).
[vii] Ibid., Apéndices 4 y 5.
[viii] “Reglamento sobre la educación, trato y ocupaciones que deben dar a sus esclavos los dueños y mayordomos en esta Isla.” 12 de agosto de 1826. Capitulo IX, Del matrimonio de los esclavos y de los que debe practicarse cuando los consortes sean de distintos dueños, en El proceso abolicionista en Puerto Rico: documentos para su estudio. Volumen II: Procesos y efectos de la abolición (1866-1896). San Juan: Centro de Investigaciones Históricas, UPR/Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1978. (p. 108).
[ix] “Reglamento de esclavos”, El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 108).
[x] “Carta de libertad de la esclava Dolores”, 21 de julio de 1845. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 87) [Énfasis de la autora.]
[xi] “Venta de esclavos”. 28 de julio de 1860. El proceso abolicionista. Op. Cit., Vol. II. (p. 233)
[xii] Baralt, Guillermo A., et al. El machete de Ogún: las luchas de los esclavos en Puerto Rico (siglo 19). Rio Piedras: CEREP, 1990.
[xiii] Flinter, Op. Cit. (pp. 45-46).
[xiv] Baralt, et al. El machete de Ogún, Op. Cit. (pp. 222-223).
[xv] Ibid.
[xvi] Ibid., (p. 105).
[xvii] Radcliffe-Brown, A.R. y Daryll Forde, eds. Sistemas africanos de parentesco y matrimonio. Antonio Desmonts y Carlos Manzano (trads.). Barcelona: Editorial Anagrama, 1982.
[xviii] Ibid., pp. 14-15.
[xix] Gluckman, Max. “Parentesco y matrimonio entre los Lozi de Rodhesia del Norte y los Zulúes de Natal.” Radcliffe-Brown, A.R. y Daryll Forde, eds. Sistemas africanos de parentesco y matrimonio. Trad. Antonio Desmonts y Carlos Manzano. Barcelona: Editorial Anagrama, 1982.
[xx] Richards, A.I. “Algunos tipos de estructura familiar entre los bantúes centrales.” Radcliffe-Brown, A.R. y Daryll Forde, eds. Sistemas africanos, Op. Cit. (p. 235).
[xxi] Ibid., p. 242.
[xxii] Ibid., pp. 243-44.
[xxiii] Fortes, Meyers. “Parentesco y matrimonio entre los Ashanti.” Radcliffe-Brown, A.R. y Daryll Forde, eds. Sistemas africanos, Op. Cit. (pp. 291 y 297 respectivamente)
[xxiv] “Reglas a que deben ajustarse las Autoridades y particulares para llevar a efecto la Ley de la Abolición Parcial de Esclavitud”. 1870. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 133)
[xxv] “Venta de la esclava Olalla”, 24 de octubre de 1851. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 88).
[xxvi] “Carta de libertad del esclavo Juan de los Santos Quiñones”, 29 de noviembre de 1867. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 91).
[xxvii] “Interrogatorios de la Junta Informativa de Ultramar a la Audiencia de Puerto Rico”, 4 de diciembre de 1866. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 59).
[xxviii] Ley de 4 de julio de 1870. “Aboliendo en principio la esclavitud en la forma y bajo las reglas que se expresan: Disposiciones para la emancipación de los esclavos existentes en Cuba y Puerto Rico.” El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 131) [Énfasis de la autora].
1.b. Las esclavas de campo en las haciendas cañeras del siglo XIX
La mujer esclava trabajó tanto en el campo como en el trapiche y la casa. En el campo se desempeñaba en el desyerbo del cañaveral, la limpieza del trapiche, y el corte de leña como preparativos para la zafra. Cuando comenzaba la zafra en enero, la jornada de trabajo de los esclavos que trabajaban en el campo comenzaba a las cuatro de la madrugada: “A los macheteros, que eran casi siempre los esclavos más fuertes de ambos sexos, se les asignaba un cuadro de caña que cada uno debía cortar. Mientras tanto los alzadores de caña, que eran los varones jóvenes y las mujeres, cargaban las carretas.”[i]
Comienza aquí a dibujarse la figura de la cortadora de caña, la machetera. Ya para el siglo XIX, e incluso desde que se empieza cultivar la caña en Puerto Rico allá para 1517, “las mujeres esclavas trabajaban hombro con hombro junto a los varones realizando las faenas más duras de la agricultura.”[ii] La machetera era una de esas mujeres que había sobrevivido la travesía en un barco negrero, o bien provenía de esa estirpe. Para el año de 1867 ya han pasado 25 años desde que se le puso punto final a la trata de esclavos en Puerto Rico[iii] por lo que para esta segunda mitad del siglo XIX ya se presupone que la población esclava es completamente criolla. Para la segunda mitad del siglo XIX las esclavas eran mujeres que, además, habían sobrevivido la doble explotación de su cuerpo como reproductoras de esclavos.
Si bien el Reglamento de Esclavos disponía que “los dueños o mayordomos [no podrán] obligar a trabajar por tareas a los mayores de sesenta años, ni menores de diecisiete, como tampoco a las esclavas, ni emplear a ninguno de estos en trabajos no conformes con su sexo, edades, fuerzas y robustez o en lo que tengan que mezclarse las hembras con los varones, ni destinar aquellas a jornaleras”[iv], evidentemente ni todas las mujeres—como no todos los hombres—tenían la misma fuerza, ni todos los hacendados hacían caso del Reglamento. En 1872, cuando se prepara el censo de esclavos que precede a la abolición, ya aparecen muchas mujeres con el oficio de jornalera, particularmente en la capital.[v] Además, “[a] pesar de que la mayoría de los esclavos eran de campo [no domésticos], ambos sexos (...) desempeñaban variadas tareas en el corte y la molienda de la caña de azúcar.”[vi]
Las descripciones y tablas que tenemos hasta el momento sobre las distintas ocupaciones de las esclavas en las haciendas “sugieren que en las haciendas existía cierta división sexual del trabajo. (...) Sin embargo, las categorías empleadas ocultan el aporte productivo de algunos esclavos, sobre todo de las mujeres. (...) En 1853, por ejemplo, el 28 por ciento de los labradores de las haciendas eran mujeres. (...) Para 1869, uno de cada cuatro labradores en las fincas cañeras era una mujer.”[vii]
En ciertas regiones de Puerto Rico el porcentaje puede haber sido mucho más alto. Por ejemplo, el Registro de Esclavos de 1872 refleja que en algunos Departamentos de la isla más del 50% de las mujeres eran labradoras. Esa cifra está directamente vinculada a las zonas de alta producción cañera. En San Juan, que es una zona urbana, las mujeres labradoras son solamente 11; pero en todo el Departamento de la Capital son 713 porque incluye zonas rurales como Loíza, Rio Grande, Vega Alta, Vega Baja, Dorado, Bayamón, y otras donde el cultivo cañero es un renglón importante. En Arecibo, Ponce, Mayagüez, donde el azúcar era la actividad económica principal, la población esclava femenina que trabaja en el campo es numéricamente mucho más significativa:
Las cifras de la Tabla 1.0 incluyen esclavas de todas las edades, con oficio o sin oficio. Aunque todas las esclavas que aparecen en el Registro sin oficio son menores de 12 años, eso no significa que todas las esclavas menores de 12 años estuviesen carentes de oficio. Lo que significa es que los dueños no las reportaron al censo con algún oficio, pero sabemos que algunas trabajaban desde muy pequeñas. Tomando esto en cuenta, si fuésemos a contar únicamente las esclavas con oficio, el total de labradoras representa el 71% de la población esclava femenina con oficio y el 34% de toda la población esclava con oficio.
En el Registro de Esclavos de 1872 encontramos también que la mayoría de las mujeres están identificadas bajo el rubro de “solteras” aunque tengan hijos. En el Interrogatorio sabre la Manera de Reglamentar el Trabajo de la Población de Color y Asiática de 1866, el cual se anticipa a la emancipación de los esclavos en Cuba y Puerto Rico, se mencionan unas estadísticas que revelan “que en las poblaciones hay más de cien mujeres esclavas por cada cien varones, mientras que en los campos existen solamente cincuenta y nueve mujeres por cada cien varones”.[viii] Esta proporción nos lleva a pensar que las mujeres tenían mayores opciones para seleccionar su pareja y posiblemente las ejercían dentro de una libertad que no se ajustaba a las expectativas y normas de la sociedad europea—y criolla europeizada—del Puerto Rico del siglo XIX. Esas estadísticas también nos sugieren que los esclavos tenían mayores probabilidades de formar pareja en los centros urbanos que en los campos, aunque hay que considerar que en los campos había mayores oportunidades de contacto durante las faenas porque los esclavos trabajaban juntos, mientras que, en la ciudad, donde la mayoría de las tareas eran domésticas—es decir, dentro del hogar—se mantenía una segregación más estricta entre los sexos. En todo caso, ante la represión institucionalizada siempre surgirá la clandestinidad como el arma más efectiva de rebelión y sabotaje. Es aquí donde vuelve a asomar su rostro tímido la esclava rebelde, la que se sigue negando a desaparecer del todo.
En Ponce, “Teresa, oriunda de África y de 52 años de edad, sencillamente se escapó cuando [Alejandro] Toro intentó alquilarla a [Juan] Serrallés.”[ix] ¿Por qué Teresa escapa de manos de Serrallés pero no de Toro? Si puede escapar de uno, ¿por qué no lo hace del otro para procurase su libertad, aunque sea en el cimarronaje? En el caso de Serrallés, también los esclavos varones preferían fugarse y regresar a la hacienda de Alejandro Toro antes que trabajar para Serrallés. ¿Qué sucedía en la hacienda de Serrallés que era tan distinto de la hacienda de Toro? No sabemos, pero lo que sí queda claro es que Teresa se resistía, igual que los otros esclavos.
En Luquillo fue “la negra Petrona, del partido de Loíza, vendedora de tortillas, [quien] difundía la voz que para el día de San Mateo se les diese la libertad a los esclavos. (...) fue atrapada y enviada de inmediato a la capital para ser enjuiciada.”[x]
En la lista de esclavos rebeldes de Bayamón de 1821 aparece una esclava Marcelina de la hacienda de don Cayetano Náter y María Concepción, de don Luis Canales. Del levantamiento de Lares solamente tenemos el nombre de una mujer, Avelina, cuyo propietario era un tal Ibolione de San Germán.
De estas mujeres valientes conocemos la edad en unos casos, su oficio en otros casos, y de algunas no tenemos más señas que el nombre de su dueño. Ellas carecieron de voz propia para configurarse como sujetos de su historia y la versión oficial que a todos nos enseñaron, pero evidentemente en algún momento clamaron por su libertad. No obstante, tampoco podemos verlas como un amasijo homogéneo porque aún dentro de este cuadro borroso, no todas las esclavas que muestran su rostro fugaz en los archivos históricos defendieron la causa de la emancipación. Hubo una, Carolina, esclava de Madame Morín, que fue la que dio la voz de alerta para frustrar el levantamiento de 1812 en la capital.
Este incidente se origina por varios rumores que hacen pensar a los esclavos que la abolición ha llegado a Puerto Rico. Por un lado, Dona Josefa Giralt, madre de Ramon Power, en ese entonces Diputado en Cortes para la Isla de Puerto Rico, recibe una carta exhortándola a “que, si se mandaba dar la libertad a los esclavos, fuese ella la primera en ejecutarlo”[xi], por lo que sus esclavos Jacinto y Fermín, cuando la vieron llorando, creyeron, equivocadamente, que el llanto de la señora se debía a una orden de emancipación en la carta proveniente de España.
Por otro lado, el carpintero del bergantín Cazador, de nombre Benito, también llegaba a la isla propaganda rumores de que “la moción hecha en el congreso nacional acerca de la libertad de los esclavos”[xii] era ya una realidad. En este ambiente volátil se fue corriendo la voz por toda la costa oeste de que el “rey negro Enrique Christoval [sic] de la parte francesa de la isla de Santo Domingo”[xiii] había dado órdenes de liberar a todos los esclavos. Así, pues, fue llegando esta noticia a oídos de negros y negras, mulatos y mulatas, libres y esclavos. En las listas de sospechosos de revuelta que se van compilando, se menciona a una negra Margarita, esclava de Don Francisco Ruiz.[xiv] Entre los esclavos que se capturan por intento de rebelión se incluye a una de nombre “Luisa o Rosa, de Manuel Padilla”[xv], pero no sabemos qué castigo se le impone porque el informe de Francisco de Salazar al Ministro de Gracia y Justicia no vuelve a mencionarla. Es posible que no se le haya impuesto castigo alguno, ya que todos se describen con gran detalle menos el de ella.
La negra Carolina, “esclava de Madama Morín, residente en Rio Piedras” se convierte en protagonista de la historia por denunciar “que los esclavos de esta capital proyectaban un levantamiento general, acompañados de los del campo”.[xvi] Desconocemos su motivación para delatar a los conspiradores, pero su inclusión en la historia como delatora nos revela mucho más sobre los que escribieron la historia de lo que nos revela sobre la misma Carolina. ¿Por qué se destaca esta acción de la esclava? ¿Es positiva a los ojos de los historiadores, o es negativa? ¿Carolina es una heroína o una traidora? Baste con decir, por ahora, que la intervención de Carolina nos sirve para redondear la imagen colectiva de las esclavas. No todas eran rebeldes, como no todas eran sumisas. Eran mujeres con rasgos individuales que quedaron silenciados y aglutinados en la masa engañosa de una esclavitud masculinizada.
En Isabela, 1841, Tomás Pamias hizo trabajar a sus esclavos un domingo como castigo a una insurrección, en reacción a lo cual se levantaron en protesta los esclavos:
“tanto hombres como mujeres, portaban sus azadas, instrumentos de labor, y como prueba de la mala y deficiente alimentación, algunos llevaban sus ditas de comida. Inmediatamente se dirigieron al pueblo con el propósito de quejarse contra su dueño ante el alcalde de Isabela. Su queja se basaba en que Pamias había violado el Reglamento de Esclavos que eximía de trabajo a los esclavos en los días de fiesta.”[xvii]
De este incidente, “Yam, el negro capataz, y una negra (...) [que] por no querer desamparar a su compañero”[xviii] permaneció a su lado, fueron los que recibieron el mayor castigo. Todos ellos, “36 negros de ambos sexos”, eran trabajadores de la caña.[xix]
El machete de Ogún recoge otra experiencia muy particular de las esclavas, en la voz ficticia de Leoncia Lasalle:
“Yo me crié en la hacienda de Don Marcelino Lassalle por allá por los campos de Moca. Trabajaba en la caña desde chiquitita. (...) Don Marcelino estaba enviciao con el juego. (...) En una, perdió de mala manera y le dio con cederme a mí en pago por la deuda. Me tocó un amo bien sinvergüenza y abusador. (...) Por suerte o por desgracia, el tal Don Soto me vendió a Don Manuel González en cien pesos. (...) El hijo de Don Manuel, viéndome tan jovencita y tan desarrollá, se aprovechó de mí y me hizo el daño.”[xx]
No cabe duda de la condición de mercancía cosifica que se les impone a las esclavas. “No hay esclavitud sin depravación sexual. Es la esencia misma del régimen”, comenta un estudioso de la esclavitud en el Brasil.[xxi] Incluso, “hay muchos dueños de esclavos que atendiendo exclusivamente a su interés pecuniario y abandonando la educación moral y religiosa de sus siervos, dejan a éstos en una completa libertad de vivir como quieran, con tal de que a fin del mes o semana le lleven una cantidad convenida: que tan punible costumbre fomenta la prostitución de las mujeres esclavas que se entregan a cualquier ocupación para ganar el jornal del amo”.[xxii] La historia, por un lado, nos ha dicho—y en muchos testimonios está constatado—que las esclavas eran víctimas de explotación sexual. Pero cabe cuestionarnos también en qué medida el término “explotación” no ha sido una interpretación masculina y decimonónica de una conducta sexual distinta. En el caso de los hombres, por ejemplo, la conducta sexual divergente la llamaron simplemente “inmoral” porque la clase dominante entendía que “es más merecedor de castigo el amancebado, porque peor que no trabajar es amancebarse (...) pues, si se supone que quien no trabaja careciendo de bienes debe adquirir su subsistencia por medios ilícitos, en el caso del concubino ya es notorio que está efectuando algo punible y reprobado por la sociedad, aparte la presunción de que, igualmente, se ocupe de otras inmoralidades.”68 Si en las culturas africanas prevalecen otras formas de expresar y asumir la sexualidad humana, ¿no será esta valoración un lente que nos distorsiona la perspectiva de lo que son los valores de la cultura africana al instalarnos dentro de la periferia cultural europea?
¿Podríamos pensar que el comportamiento de las mujeres negras hubiese estado a merced de la interpretación de hombres blancos, doblemente enajenados de la forma en que esas mujeres entendían el mundo y vivían sus realidades individuales y colectivas? Hay textos que hacen pensar que las esclavas también tenían cierto control sobre sus cuerpos, sobre su propia sexualidad y la manera en que se relacionaban con los hombres.
Se disponía en el Reglamento de Esclavos “que no se permita la reunión de los sexos”. Hombres y mujeres tenían que dormir en barracones separados, trabajar separados, bailar separados...[xxiii] Pero ya hemos visto algunos ejemplos de cómo los hacendados no siempre seguían el Reglamento al pie de la letra. De hecho, a veces la práctica distaba mucho del espíritu y la letra de la ley. Dice Pedro San Miguel que “[s]abemos poco—por no decir nada—de la vida familiar y sexual de los esclavos.”[xxiv] Con todo y ese vacío, hay documentos que revelan mucho sobre la posición que ocupaba la mujer esclava en sus relaciones con los hombres. Por ejemplo, en un pliego legal se nos relata cómo una esclava rechaza a su antiguo amante, otro esclavo de la misma hacienda:
“El esclavo Miguel Guaynabo ha dado muerte al niño Alejandro [de cuatro años], también esclavo, y malherido a la madre del niño, [la esclava] Silvana (...) [con quien] llevaba relaciones amorosas (...). [Ella] se separó de la amistad de él [por su mal carácter]. (...) [Silvana] hacía un año tenía relaciones con el procesado y (...) hacía como quince días (declaraba en 10 de febrero de 1871) las terminó porque creyó le convenía hacerlo, puesto que no la atendía como ella creía debía hacerlo (...). [M]ientras ella llevó relaciones con el procesado éste entraba por las noches al cuarto de la reclamante [cuya puerta no tiene tranca], pero (...) después que terminaron sus relaciones no volvió a entrar (...). [E]l procesado entraba antes con frecuencia al cuarto de Silvana, de día y por la noche, pero (...) desde que se separaron, aunque entraba alguna vez de día, no lo hacía de noche. (...)”
El texto procede a describir la vivienda de las mujeres:
"[El edificio] del cuartel de las mujeres (...) estaba situado al oeste de la casa habitación; (...) de la puerta que daba entrada al dormitorio de las mujeres había un pasadizo que a su fin tenía una letrina y a derecha e izquierda los dormitorios, que se comunicaban por otro pasadizo, también estrecho, en todo el frente del departamento de mujeres; (...) se hallaba al norte el departamento de los hombres, que tenía entrada independiente del de las mujeres, (...)”[xxv]
En este relato se observa cómo las esclavas tenían la opción de escoger con quién tener relaciones amorosas y con quien no, de acuerdo con sus propias pautas de deseabilidad y conveniencia. Silvana es la que pone fin a su relación con Miguel, por decisión propia y consejo de sus compañeras, precisamente porque Miguel la maltrata. Miguel no quiere aceptar la decisión de Silvana e intenta reconquistarla. Cuando ella lo rechaza tres veces en una misma noche, Miguel se enloquece y la agrede, dejándola a ella malherida y al niño, que dormía con ella, muerto de un tajo de navaja en la yugular. Los testigos del incidente narran con naturalidad cuál es el tipo de relación que llevaban Miguel y Silvana, ambos esclavos de la misma hacienda. No hay indicios en los testimonios de sorpresa o extrañeza ante la decisión de la mujer de terminar la relación, lo cual nos indica que ese hecho tampoco era algo extraordinario. Sin embargo, cabe notar que Miguel, luego de haber sido condenado a “10 años de presidio por el homicidio y a 6 meses de prisión por las lesiones inferidas a la esclava Silvana”, muere el 20 de junio—11 días después de habérsele dictado sentencia—en la Sala de Presos, sin más detalles o explicaciones en los legajos donde se menciona el incidente.[xxvi] Hay un claro subtexto en la muerte de Miguel: la atrocidad cometida contra el niño era intolerable, incluso para los mismos reos que se encontraban confinados junto a Miguel.
En un caso en Lares de 1865, Silveria Mercado, jornalera libre y quien vive en su propia casa, “había llevado relaciones y procreado tres hijos con [el esclavo Juan Pablo, de Don José Delgado] (...) si bien, rotas aquellas, lo había despedido de la casa”. El esclavo “frecuentaba la casa de la Silveria [con licencia de su amo].”[xxvii] Este caso, en el que la mujer es una jornalera libre y además dueña de su propia casa, también denota que la mujer tenía la facultad para decidir con quién formaba una pareja y con quién no. La formación de la pareja y procreación de hijos no necesariamente conlleva la formalización del vínculo bajo las estructuras jurídicas o eclesiásticas normativas. Por ejemplo, los esclavos Pio Vizcarrondo e Isidora, de Don José García en la “ciudad de Puerto Rico”, año 1852, tienen una niña que “fue bautizada (...) como hija natural (...) a la cual se le puso por nombre Trinidad”[xxviii] El hecho de que la niña se bautice como hija natural indica que Pio e Isidora no están casados por la Iglesia, pero no quiere decir que entre ellos no se consideren “casados”. Este tipo de conyugalidad tiene sus raíces en las culturas africanas, donde las mujeres tenían mucha mayor libertad que sus contrapartes europeas, tanto para casarse como para divorciarse.
“Las actitudes hacia el divorcio en África occidental reflejan la autonomía, independencia y relativa igualdad de las mujeres africanas, vis-à-vis sus contrapartes europeas. En la mayoría de las sociedades del África occidental, ambos cónyuges tienen igual derecho a divorciarse, incluso en aquellas con influencias del Islam. La satisfacción sexual, por ejemplo, es un prerrequisito aceptado en muchas sociedades para la armonía matrimonial bajo los códigos tribales del matrimonio; por tanto, la falta de satisfacción sexual sería una causal aceptable de divorcio. (...)
Cuando ocurre un divorcio hay muy pocos cambios en las circunstancias sociales o económicas de [la mujer]; no hay estigma moral ni penalidades sociales, y la condición de los hijos de la mujer permanece inalterada. Compárese esto con la posición de las mujeres inglesas durante los siglos dieciocho y diecinueve. Si se divorciaban o separaban de sus esposos no tenían derecho a la custodia de sus hijos, ya que ellas no tenían derecho alguno en ese sentido. Las esposas y los hijos eran la propiedad del esposo; es más, ellas no tenían derecho en lo absoluto a poseer propiedades o a tener un ingreso propio.”[xxix]
Ahora bien, contrario a la ley y la costumbre de mantener a los esclavos segregados según su sexo, don Salvador de Vives, dueño de la Hacienda Buena Vista en Ponce, “aconsejaba el matrimonio entre ellos. Así ‘se regularizarían las costumbres y se conseguiría mayor salubridad entre los esclavos’. Y por supuesto, se aseguraría el aumento ‘poblacional deseado’.”[xxx] En los relatos de la Hacienda Buena Vista se perfila nuevamente la figura de una esclava doméstica, Isidora,
“[q]uizá la esclava más privilegiada (...), a quien no solamente se le dio libertad por sus buenos servicios, sino que también se le prometió mediante testamento una tercera parte de los bienes de don Salvador Vives. La gracia fue por la cantidad de 3,000 pesos, y de acuerdo con el testamento aquella los recibiría a razón de 15 pesos mensuales hasta su muerte. Isidora no los podía legar porque después de su muerte estos bienes revertirían al único heredero, don Carlos María Vives. No obstante, la gracia nunca le fue concedida porque luego de la muerte de don Salvador, su viuda, doña Isabel Diaz, no ratificó dicha disposición de acuerdo con los poderes concedidos por el susodicho testamento. Pero por compasión de don Carlos, Isidora recibió de éste algunas sumas de dinero.”[xxxi]
Por esta rendija de la historia podemos ver cómo Isidora era una esclava privilegiada para don Salvador, pero no para doña Isabel. Como esclava doméstica, Isidora seguramente vivía en la misma casa de los amos—aunque en área separada. No era poco común que las esposas de los hacendados, como Vives, conocieran de las relaciones de sus esposos con sus esclavas y procuraran alguna forma de venganza. En algunos casos las esposas castigaban con mayor crueldad a las esclavas negras amantes de los amos blancos.[xxxii] En este caso el castigo fue negarle la herencia a Isidora, quien una vez libre se vería obligada a vivir de su trabajo como jornalera y, como el resto de la población de negros jornaleros, pasar necesidades. En ese otro mundo de los blancos hacendados, las mujeres tampoco tenían un poder real. El poder—cuando lo tenían—lo otorgaba el esposo. Al ejercer ese poder que se le venía negado hasta el momento en que muere de don Salvador, doña Isabel lo hace con una transparente motivación vengativa.
Seguramente Isidora no tuvo hijos con Salvador Vives. Lo deducimos de la cláusula testamentaria que revierte la gracia a Carlos María Vives, único hijo legítimo de don Salvador Vives y doña Isabel Díaz. Irónicamente, es ese hijo de doña Isabel quien rescata la voluntad del padre, en contra de los designios de la madre, y termina por pagarle a Isidora “algunas sumas de dinero”.
Muchas esclavas, a diferencia de Isidora, sí tuvieron hijos de las uniones con los amos. “[L]a inmensa mayoría de los esclavos fueron procreados en uniones consensuales. Por ejemplo, los 13 niños nacidos de madres esclavas en 1838 son descritos como ‘naturales’. De estos niños, 11 pertenecían a hacendados.”[xxxiii] La proporción de niños nacidos de uniones entre esclavas y hacendados es indicativa de que los sementales en esa tarea reproductiva de esclavos no fueron los otros esclavos, necesariamente, sino los mismos amos, como lo describe Manuel Zeno Gandía a través de uno de sus personajes en Garduña: “...ese egoistón de Bermeo, que cosecha por igual la caña y su raza. ¡Qué hombre! Ha dado cuenta él solo de toda una familia de cuarteronas...”[xxxiv] Recordemos que la esclavitud se heredaba por la línea de la madre, no del padre. Si el padre era libre y la madre esclava, el hijo era esclavo. Si el padre era esclavo y la madre libre, el hijo era libre. No podemos negar, entonces, que si bien las esclavas pueden haber tenido cierta latitud para decidir con quién tenían o no tenían relaciones sexuales, eso que algunos han llamado la “fluidez de las relaciones sexuales”[xxxv] entre amos y esclavas en muchas instancias era realmente una forma más de explotación por parte del esclavista.
Ante un cuadro de doble explotación como éste, no es difícil pensar que las mujeres intentarían escapar en mayor proporción que los hombres. Sin embargo “[l]a mayoría de los fugitivos eran bozales y predominantemente varones, no mujeres.”[xxxvi] ¿Cómo explicamos este fenómeno? Es altamente probable que, ante el acecho reproductivo, las mujeres—embarazadas o con niños pequeños—veían limitada su capacidad de movimiento, lo que restringía grandemente sus posibilidades de darse a la fuga”. [Arlette] Gautier sugiere que tal vez no era que las mujeres tuviesen menos deseos de huir, sino que simplemente tuviesen menos oportunidades. Las esclavas llevaban consigo a sus hijos con mucho mayor frecuencia que los hombres. (...) huir con sus hijos era incrementar las probabilidades de captura"[xxxvii] Por otro lado, huir sin sus hijos podía traer serias repercusiones, desde la separación sin posibilidad de una reunificación, hasta las represalias contra los hijos de las evadidas.
Los años con mayores índices de sublevación fueron precisamente los años en que las esclavas estaban siendo sometidas a la explotación de sus cuerpos para suplirle más esclavos a los hacendados puertorriqueños. Sin duda no era que las mujeres no quisiesen darse a la fuga, sino que estaban atadas por cadenas que crecían dentro de sus propios cuerpos.
______________________________________________________________
[i] Baralt, et al. El machete de Ogún, Op. Cit. (pp. 222-223).
[ii] González, Lydia Milagros y Ángel G. Quintero-Rivera. La otra cara de la historia: la historia de Puerto Rico desde su cara obrera. Vols. I: 1800-1925. Rio Piedras: CEREP, 1991.
[iii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 60).
[iv] “Reglamento de Esclavos”, Capitulo IV, Articulo 3o., El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 105).
[v] “Registro Central de Esclavos, 1872.” Secretaría del Gobierno Superior de la Isla de Puerto Rico. Micropelícula, Centro de Investigaciones Históricas, Universidad de Puerto Rico. Washington, D.C.: National Archives Microfilm Publications, 1969.
[vi] Baralt, Esclavos rebeldes, Op. Cit. (p. 77).
[vii] Ibid., p. 121.
[viii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I, (p. 56).
[ix] Ramos Mattei, Andrés A. La sociedad del azúcar en Puerto Rico: 1870-1910. Rio Piedras: U.P.R., 1988.
[x] Baralt, Esclavos rebeldes, Op. Cit. (p. 57).
[xi] “Intento de sublevación”, 6 de mayo de 1812. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I, (p. 125).
[xii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 127).
[xiii] Ibid.
[xiv] Ibid, p. 126.
[xv] Ibid, p. 124.
[xvi] Ibid, p. 122-23.
[xvii] Baralt, Esclavos rebeldes, Op. Cit. (p. 102).
[xviii] Expediente de la Capitanía General de Puerto Rico sobre protesta de esclavos en Isabela, 29 de enero de 1841. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 145).
[xix] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 155).
[xx] Relato ficticio en Baralt, et al, El machete de Ogún, Op. Cit., p. 29, tomado del testimonio original en Díaz Soler, Luis Manuel. Historia de la esclavitud negra en Puerto Rico. Rio Piedras: Editorial Universitaria, 1974. (153-154).
[xxi] Cita de Gilberto Freyre en el estudio preliminar de Arcadio Diaz Quiñones al libro de Tomás Blanco, El prejuicio racial en Puerto Rico, p. 78.
[xxii] “Reformando los artículos 96 y 98 del Bando sobre esclavos”. 1860. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 124).
[xxiii] “Reglamento de esclavos”, Capítulos VII y VIII. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II, (p. 107)
[xxiv] Ibid., p. 108.
[xxv] “Causa criminal contra esclavo por homicidio y lesiones en el Juzgado de Catedral”, 10 de febrero de 1871. El proceso abolicionista. Op. Cit., Vol. I. (271-289).
[xxvi] Ibid., pp. 271-289.
[xxvii] “Juicio de esclavo por hurto y agresión en la real Audiencia”, 20 de mayo de 1868. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (267-269).
[xxviii] “Carta de libertad de la esclava Trinidad”, 29 de julio de 1868. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 97).
[xxix] Bush, Barbara. Slave Women in Caribbean Society. Kingston, Jamaica: Heinemann Publishers, 1990. [Todas las traducciones de citas de este texto incluidas en este trabajo son de la autora.]
[xxx] Baralt, Esclavos rebeldes, Op. Cit. (p. 62).
[xxxi] Baralt, Guillermo A. La Buena Vista, 1833-1904: Estancia de frutos menores, fábrica de harinas y hacienda cafetalera. San Juan: Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, 1988.
[xxxii] Bush, Op. Cit., p. 114.
[xxxiii] Ibid., p. 110.
[xxxiv] Zeno Gandía, Manuel. Obras Completas, Tomo II. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1973.
[xxxv] Sued Badillo, Jalil y Ángel López Cantos. Puerto Rico Negro. Rio Piedras: Editorial Cultural, 1986.
[xxxvi] Baralt, Esclavos rebeldes, Op. Cit. (p. 158).
[xxxvii] Bush, Op. Cit., p. 64.

1.c. De esclavas a jornaleras: la transición que trajo la abolición
Para el año de 1873 en el pueblo de Manatí había 1,375 mujeres de color libres (38% de la población de color libre), 391 mujeres negras libres (44% de la población negra libre) y 251 mujeres esclavas (44% de la población esclava).[i] El Registro de Esclavos para el partido de Mayagüez, año de 1872, nos indica que las mujeres constituían el 52% de toda la población esclava. En toda la isla de Puerto Rico eran el 49%. Entre 1872 y 1873 tenemos nueve informes de esclavos manumitidos, en los cuales la presencia de las mujeres es mayoritaria.[ii]

La presencia tan significativa de las mujeres en la población esclava al momento de la abolición pasa casi desapercibida en la historia:
“El sistema de la libreta, por el cual toda persona dentro de la clase obrera viene obligada a trabajar (...) es muy poco popular entre las clases trabajadoras (...) y los resultados han sido que todo hombre, sin distinción de color, se haya visto obligado a trabajar...”.[iii]
Dentro del lenguaje de la abolición, que evidentemente tiene como referentes tanto a esclavos como a esclavas, el uso consistente del género masculino como género neutro tiende, por un lado, a crear confusión entre los mismos que deben hacer efectiva la ley y, por otro, a “invisibilizar” a las mujeres dentro de la historiografía tradicional:
“Una condición se impone al liberto, que es el trabajo por contratación durante tres años, como preparación para su vida futura de hombre libre y como medida de transición entre el trabajo forzado y el voluntario.”[iv]
Las discrepancias entre la Ley de Abolición y su reglamento habilitador crearon un gran desorden social. Los libertos suscribían y rescindían contratos con tanta facilidad que los hacendados no sabían de un día para otro con cuántos brazos contaban para el trabajo. Muchas de las mujeres, aparentemente, se quedaron sin contratos laborales—o prefirieron no contratarse en las labores del campo—y se dedicaron a la prostitución. Sin duda, algo contribuyó el hecho de que el lenguaje original del Reglamento no estaba claro en cuanto las obligaciones de contratación de las mujeres:
“Artículo 1o. Es jornalero toda persona que por carecer de capital o industria, necesita ocuparse en el servicio de otro, bien sea dedicándose a las labores del campo, a las artes mecánicas, al acarreo o al servicio doméstico mediante un salario convenido. También lo es el que aun cuando posea un predio rústico, o haga siembras en terreno ajeno, los productos no cubran sus necesidades, a juicio de la Municipalidad a que perteneciere.”[v]
Se promulga entonces, en 1876, un nuevo Reglamento que especifica:
"Comprende la definición expresada del jornalero a la mujer soltera, sin familia, apta para el trabajo y que no tenga propiedad, industria, renta ni oficio conocido de que vivir; la cual quedará sujeta a este Reglamento excepto en cuanto a la pena de las obras públicas, que podrá sustituirse con otra en analogía con el sexo.”[vi]
Más adelante el Gobernador de Puerto Rico modifica más aún la definición de “jornalero” para que quede claro que no va dirigido únicamente a los hombres:
“Se considera jornalero, para los efectos de este Reglamento, a toda persona de uno y otro sexo, mayor de quince años, que, por carecer de capital o industria, necesite ponerse al servicio de otra, dedicándose a labores del campo mediante un salario convenido.”[vii]
Cuando finalmente llega la abolición en 1873 y la historia comienza a hablar de campesinos y jornaleros, no sólo desaparece la mujer del discurso laboral, sino que en aquellos reducidos espacios donde apenas se dibuja una imagen de obreras provenientes de la antigua clase esclavizada, se empieza a ver una diferenciación de género en los beneficios que reciben los libertos en contraste con las libertas que siguieron trabajando en las haciendas por contrato.
Los hacendados pagaban “a los varones 50 centavos diarios. Sin embargo, las mujeres devengaban un jornal más bajo.”[viii] En Juncos tenemos el ejemplo de Agustín Dueño, quien redactó un contrato para sus antiguos esclavos bajo el cual “[t]odos los libertos de edad de 18 años hasta 50 inclusive ganarán desde esta fecha [20 de abril de 1873] cinco reales por el día y la guardia de la noche que les toque y tres reales por el que no la hagan. . . . [y] . . . [l]as hembras libertas ganarán desde la edad de 18 años hasta los 40 inclusive seis pesos mensuales con obligación por esta designación de hacer la guardia la noche que les toque...”[ix] Un contrato de esta índole sugiere, nuevamente, que las mujeres no desaparecieron de los campos con el advenimiento del sistema capitalista. Simplemente quedaron marginadas del cuerpo de la historia, pues—como bien señala Barbara Bush—la “invisibilidad histórica de las mujeres (...) puede ser meramente el resultado del condicionamiento cultural de los autores.”
En Camuy, un registro de libertos contratados para trabajar con sus antiguos amos[x] revela que, de 168 inscripciones, 89 (casi el 53%) eran mujeres entre las edades de 12 y 57 años. De estas, 58 (34.5%) están identificadas como labradoras y 22 no tienen oficio identificado. Nueve están empleadas en labores domésticas, incluyendo el oficio de cocinera. En Camuy, que le pertenece al Departamento de Arecibo, el Censo de 1872 indica que el 27% de la población esclava ocupada en oficios de labranza en ese departamento son mujeres y que el 55% de todas las esclavas en ese departamento son labradoras.
Si hacemos un cotejo cuidadoso de los nombres de las jornaleras nos podemos orientar un poco mejor en cuanto a su comportamiento durante esta época crítica de transición entre la esclavitud y el trabajo libre. La reacción de los antiguos esclavos ante su nueva libertad fue la de rescindir sus contratos cada vez que un hacendado—o su capataz—los trataba mal. Al parecer, las mujeres no fueron la excepción. Las quejas de los terratenientes reverberan en todos los documentos sobre la reglamentación del trabajo y le echan la culpa a la holgazanería del negro y el campesino criollo. En realidad, los libertos hacían lo que se podría esperar de cualquiera en su misma situación: asumir plenamente su libertad para trabajar con quienes quisieran. Sin embargo, la obligación de mantenerse contratados por un plazo no menor de tres años a partir de la abolición es otra forma más de esclavitud, aunque vedada, contra la cual los libertos se van rebelando también en forma vedada. Por ejemplo, “se les concedía [el permiso] de permanecer tres días en asueto al concluir un contrato, antes de concertar el siguiente. Aprovechando este artículo del reglamento, rescindían constantemente los convenios, de modo que estaban más tiempo en intervalos de brazos caídos del que pasaban trabajando” según nos indica Gómez Acevedo en su trabajo sobre la Reglamentación del trabajo en el Puerto Rico del Siglo XIX.
Tomemos como ejemplo dos mujeres en Camuy que, al parecer, están incurriendo precisamente en ese tipo de comportamiento. María Deogracia o Isabel María Deogracia, de 25 años, se contrata el 8 de mayo de 1873 con José Agustín Rivera. Veinte días más tarde se contrata con José Ignacio Pamias y a los 33 días aparece contratada por Justo Faulet. Ermenegilda (o Hermenegilda), de 33 años, se contrata con José D. Rivera el 1 de mayo de 1873 y a los 13 días se contrata con Daniel Rivera, que los documentos no nos dicen si Rivera están emparentados. Por falta de otras señas o apellidos, sospechamos que Ermenegilda o Hermenegilda, de 33 años, es la misma persona, y que María Deogracia, de 25 años, e Isabel María Deogracia son también la misma persona.
Como ellas hay otras. Por ejemplo, Luisa, de 29 años, que se contrata el 6 de mayo con uno, el 26 de mayo con otro y el 5 de junio del mismo año con un tercero. Antonia, de 23 años, se contrata con Francisco López el 13 de junio de 1873 y luego con un tal Cruz Vales el 1 de mayo de 1874. Cecilia, de 21 años, se contrata con Manuel Quijano el 1 de mayo de 1873 y con Eusebia Vélez Borrero el 23 de abril de 1874. Hay una niña Juana, de 13 años, que se contrata con Mateo de Jesús el 2 de mayo de 1873 y con Antonio Cabrera el 5 de junio del mismo año y otra, María Antonia, de 12 años, que aparece el 2 de mayo con Vicente Vales y el 27 de mayo con Claudina Rodríguez. Juliana, de 43 años, hace contrato con Luciano Rodríguez en 1873 y luego con Juan Forada en 1874. Mónica, de 23, se contrata primero con un liberto en 1873 y con un hacendado en 1874. Tiburcia, de 13, también se contrata con un liberto en 1873 y con un hacendado en 1874. Por las pocas señas que se ofrecen en los censos, solamente podemos suponer que las que llevan el mismo nombre sean la misma persona. Sobre las únicas que podemos tener un poco más de certeza en cuanto a una identidad común son Eustaquia, que aparece dos años corridos contratada con Honoria Hernández y María, que aparece con Juan Forado en dos años consecutivos. En esos casos—contrario a los anteriores—vemos una continuidad en el empleo con un mismo hacendado o una misma hacendada. En cuanto a las demás, sabemos que son todas mujeres distintas, aunque lleven el mismo nombre, ya sea porque son de distintas edades, o por las señas de sus contratantes.
Las jornaleras, al igual que los hombres, se mudaban de una parte a otra de la isla en busca de trabajo, mejores condiciones o mejor remuneración. Del Municipio de Juncos se conserva un Registro para la correspondencia con varias autoridades respecto a los libertos, de 1875, que menciona tanto a jornaleras labradoras que salían de ese pueblo a contratarse en otros, como jornaleras en general que llegaban de diversos puntos de la Isla buscando trabajo en Juncos.[xi] Algunos de los pocos ejemplos que nos quedan se transcriben a continuación:
Mayo 6 - Señor Corregidor de Humacao [?]. Por el término de tres días pasan a ese pueblo con objeto de llevar a efecto su contratación para el trabajo los libertos Julián, soltero, 15 años y labrador y Filomena de 17 años, labradora y soltera que pertenecieron a Doña Beatriz Guzmán, esperando se sirva V. darme aviso si se lleva a efecto aquel para su anotación en el registro.
Mayo 6 - Al Alcalde de Gurabo. Por tres días pasarán a su pueblo con objeto de llevar a efecto su contratación para el trabajo los libertos Benito Ramos, casado, labrador y 45 años y Petrona Armestisa [?], casada, labradora y 41 años que pertenecieron a Doña Beatriz Guzmán, esperando se sirva darme aviso en caso de llevarse a efecto aquel para su anotación en el registro.
Mayo 9 - Sr. Alcalde de Manatí, Vega Baja. Por término de tres días pasa a ese pueblo con objeto de contratarse la liberta Matilde López de 15 años, soltera y labradora, acompañándole una hija. Suplico a V. se sirva darme aviso en caso de contratarse para su anotación en el registro.
Mayo 10 - Naguabo. Por término de tres días pasan a ese pueblo con objeto de buscar con quien contratarse los libertos Juan [Iván?] Anones de 45 años, soltero y labrador y Lama [?] soltera de 34 años y labradora que pertenecieron a D. Agustín Dueño. Suplico a V. se sirva darme aviso de haberse llevado a efecto aquel para su anotación en el registro.
Cuando una liberta no encontraba trabajo, se le remitía nuevamente al pueblo de donde había salido, de acuerdo con las leyes para regular el trabajo de los libertos jornaleros que se encontraban en vigor. Sin embargo, había quienes nunca llegaban al pueblo que habían indicado como su destino final. ¿Qué sucedía en el camino? ¿Se evadían? ¿Sufrían algún percance o desgracia? Lo que sí salta a la vista es que, al menos durante los primeros años de la abolición, el patrón de conducta social de las negras se asemejaba más al de los negros que al de las mujeres blancas.
A medida que la mujer negra se vio obligada a “blanquear” su concepto de género para integrarse a la sociedad en forma armónica con la cultura que se iba forjando en Puerto Rico—sin una aportación activa suya como agente formativo de esa identidad de género—fue alejándose de la labranza del campo. Las que pudieron permanecer en estas labores conceptualizadas como “masculinas” fueron las que guardaron—y guardan aún—fuertes vínculos con la herencia cultural de las esclavas africanas, o descendientes de africanas, donde la construcción de género se fraguaba dentro de unos parámetros muy distintos y distantes de los parámetros europeos importados a Puerto Rico a través de España.
En los desplazamientos de las zonas rurales a las zonas urbanas muchas libertas se vieron limitadas al trabajo en labores que la clase dominante consideraba propias de su género. En 1872 las ocupaciones anotadas en el Registro de Esclavos para la capital, por ejemplo, entre las esclavas jornaleras eran: doméstica, lavandera, cocinera, niñera, faldera, sirvienta, rural, planchadora, sastre, costurera, aprendiz y dulcera. Son ocupaciones vinculadas a las esferas de movimiento permisibles para la mujer europea y criolla blanca, que una vez la negra sale del estamento esclavista es el principal espacio al que tendrá acceso dentro de las zonas urbanas para desempeñarse como jornalera y ganarse el sustento.[xii]
La transición de la esclavitud al trabajo por jornada despunta uno de los momentos más dramáticos en la reconstrucción de la identidad social para estas mujeres que dependían de su trabajo productivo para sobrevivir. La simple posibilidad de un ingreso a cambio de su trabajo ya las reviste de una autonomía económica que les permite mantener un hogar y proveer el sustento propio y de los hijos. El trabajo arduo, como lo era el trabajo agrícola, no estaba más allá de sus posibilidades físicas, por lo que se les hizo completamente viable integrarse a las faenas de la zafra a partir en esta coyuntura histórica.
______________________________________________________
[i] “Estadística económica de Lares”, 21 de febrero de 1859. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 43).
[ii] Acosta Lespier, Ivonne. “Mujeres esclavas en Mayagüez, 1872.” Cupey X, 1993: 106-118.
[iii] “Despacho del Cónsul británico en Puerto Rico al ministro Clarendon”, 11 de febrero de 1866. El proceso abolicionista en Puerto Rico, Op. Cit., Vol. I. (p. 53). [Énfasis de la autora.] [Traducción de la autora.]
[iv] “Ley de Abolición”, 22 de marzo de 1873. El proceso abolicionista. Op. Cit., Vol. II. (p. 145). [Énfasis de la autora].
[v] “Proyecto de Reglamento de jornaleros”, 14 de junio de 1872. El proceso abolicionista en Puerto Rico, Op. Cit., Vol. I. (p. 70).
[vi] “Proyecto de Reglamento sabre las relaciones entre el capital y el trabajo destinados a la industria agrícola. Puerto Rico.” 17 de febrero de 1876. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 344) [Énfasis de la autora.] En la novela de Manuel Zeno Gandía, Gardufia (1896), se menciona que “se obliga a las mujeres detenidas en la cárcel a picar piedras en la carretera” (p. 47), por lo que podemos extrapolar que tampoco quedaron exentas las mujeres de este tipo de trabajo, no obstante el lenguaje del Reglamento.
[vii] “Modificaciones y Reformas que hace el Gobernador al referido Proyecto de Reglamento.” 13 de marzo de 1876. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 351).
[viii] Ramos Mattei, Op. Cit. (p. 71).
[ix] “Expediente sobre la abolición de la esclavitud (Juncos, Puerto Rico, 1873)”. Historia y Sociedad, I (1988): 183-8.
[x] En algunos casos se contrataban para trabajar con otros hacendados que no eran sus antiguos amos. Es de particular interés que unos cuantos de esos libertos se contrataban como jornaleros para otros libertos. Archivo General de Puerto Rico [AGPR], Fondo Municipal, Serie Camuy. Caja 116, Registro 461. Contratación de Libertos. (1873).
[xi] AGPR, Fondo Municipal, Serie Juncos. Caja 167, Registro 1073.
[xii] El trabajo de jornalera no siempre era remunerado. En Juncos, un contrato de jornalera a nombre de Isabel, antigua esclava doméstica de Agustín Dueño, estipula que ella trabajará a cambio de alimento, vestido y curación en caso de enfermedad “siempre que éstas sean naturales”. (AGPR, Fondo Municipal, Serie Juncos. Caja 167, Registro 1073.)


Capítulo 2. La construcción social de lo “femenino” en los cañaverales
Durante la esclavitud, tanto la mujer como el hombre hacían tareas fuertes, es decir, tareas que requerían fuerza física, si sus constituciones físicas se lo permitían. A diferencia de las mujeres blancas de clase alta, socializadas para no hacer tareas fuertes, las mujeres negras y mulatas dentro del régimen esclavista estaba socializada para trabajar igual que los hombres. Las divisiones de labores obedecían mayormente a las necesidades de los esclavistas, o las propias necesidades de subsistencia de los libertos, pero no a la preexistencia de unas construcciones sociales de género provenientes de Europa, dentro de las cuales

se reservaban para los hombres las tareas más pesadas y peligrosas, mientras que a las mujeres se les reservaban las tareas de menos riesgo y esfuerzo. Esa división era privativa de la clase alta, no obstante su gran influencia en las clases trabajadoras.

La asignación de labores domésticas a las esclavas respondía a las necesidades de sus respectivos propietarios, no tanto a las limitaciones físicas de ellas. El Reglamento de Esclavos de 1826 proscribía la asignación de tareas a los esclavos “incompatibles con su sexo, edad ó fuerzas”, pero su ambivalencia tanto en la articulación discursiva como en la aplicación práctica refleja los desencuentros entre los constructos de género prevalecientes para los blancos de clase alta y los que prevalecían para negros y mulatos de las clases bajas. Evidencia de ello está en que el Reglamento del 1826 no impidió que las negras esclavas trabajaran junto a los hombres cortando caña en las haciendas de Puerto Rico.
En el Registro de Esclavos que se preparó para 1873, la parte que corresponde únicamente a Mayagüez muestra “no solamente un altísimo por ciento de mujeres empleadas en el campo como labradoras en la caña, sino que hay labradoras desde los seis años hasta los quince, así como mujeres mayores de cincuenta años. Hay casos de niñitas de cuatro años que aparecen como labradoras en el Registro.”[i] Las africanas que llegan al Nuevo Mundo no son mujeres delicadas, frágiles, indefensas, como se configura la mujer europea para los siglos XVI al XIX. Las mujeres de la costa africana occidental eran musculosas, fuertes, y arduas trabajadoras. En las descripciones que aparecen en una relación de negros fugados de la hacienda de Don Francisco Cepero en 1824, por ejemplo, se mencionan dos africanas:
Ramona — de nación Ulló, edad [de] 29 a 30 años, corpulenta, gruesa y cargada de espaldas, color negro claro, con marcas en las carrillos, pie grande y nariz aventada.
María del Carmen — de nación Ulló, edad de 16 a 18 años, estatura pequeña, muy delgada, pie chico, retinta, boca pequeña, nariz un poco aventada, con un hijo llamado Felipe, de edad como de un año.”[ii]
En un registro de venta de esclavos de 1829 se describe una negra, procedente de Guadalupe, “como de veinticuatro años, cara larga, ojos pequeños, labios gruesos, un diente menos en la parte inferior, muy agujereada la oreja izquierda, marcada en los brazos y molleros, desde el pecho hasta el ombligo, y en las pantorrillas.”[iii]
La historiografía que existe hasta el momento sobre las esclavas en las colonias inglesa y francesas del Caribe señala que las africanas de las naciones Ibo, Yoruba y Dahomey eran guerreras.[iv] "La constitución física supuestamente fuerte y muscular de las mujeres africanas dio pie a una justificación perfecta para su explotación económica en las plantaciones de esclavos.”[v]
Las mujeres africanas, y en muchos casos las negras criollas, también se caracterizaban por ser rebeldes, “insolentes”, tan prestas a evadirse de la esclavitud y tan difíciles de someter al dominio de los blancos como sus contrapartes masculinas. Por ejemplo, en 1869 una de las hijas de la esclava Eleuteria que ya mencioné anteriormente, a los 15 años de edad se querella de que su amo, Don Aureliano Torres, la trata y castiga con extrema severidad, a lo cual responde el querellado que “la criadita Fabiana no ha sido de buena condición desde pequeña.” Añade que es “desmoralizada, atrevida e insolente” y “las condiciones e ideas de la indicada criada nunca han sido buenas”.[vi] Podemos leer entre líneas que Fabiana no se sometía fácilmente a la servidumbre. Su actitud le acarreó el castigo del que ella se querellaba y que el amo blanco justificaba como medida disciplinaria necesaria, argumento con el que defendió sus acciones ante el tribunal.
En la Relación de los individuos procedentes de raza africana a quienes se han impuesto penas como infractores al Bando expedido por el Excelentísimo Señor Conde de Reus, Capitán General de esta Isla, en 31 de mayo de 1848 aparece Silveria Diaz en Bayamón a quien, por “haber maltratado de palabra a Doña Juana Canales, le impuso Su Excelencia la pena de seis meses de reclusión en la Beneficencia.”[vii] En 1875 la niña Bernardina de 9 años, hija de Gregoria, al morir su madre se resiste a ir con su padre, acto de rebeldía que le amerita una anotación al margen del registro de libertos que se prepara en Camuy, indicando quiénes son los menores que están por cumplir la mayoría de edad, es decir, los doce años, para efectos de contratación como jornaleros.[viii]
Los africanos traían ya sus propias construcciones ideológicas de género, pero en una sociedad esclavista no tenían el espacio propio donde articular sus referentes culturales, salvo en muy limitadas expresiones, siendo éstas principalmente las de índole religiosa, ritualista, durante los días de fiesta—fiestas, vale mencionar, del calendario católico. Es en el vacío que forja esta carencia donde las influencias aculturantes de españoles y criollos encontraron el enclave idóneo para forjar nuevos sincretismos en la identidad de género entre africanos y mulatos.
_______________________________________________________________
[i] Acosta Lespier, Ivonne. “Mujeres esclavas en Mayagüez, 1872.” Cupey X (1993): 106-118.
[ii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 135) [Énfasis de la autora] Nótese que de dos evadidas, una va cargando un hijo y es, precisamente, la menor de las dos. Además, coincide que las dos son la nación Ulló.
[iii] Ibid., p. 330. [Énfasis de la autora].
[iv] Bush, Barbara. Slave Women in Caribbean Society. Kingston, Jamaica: Heinemann Publishers, 1990.
[v] Ibid, p. 14.
[vi] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 245).
[vii] Ibid., p. 299.
[viii] AGPR, Fondo Municipal, Camuy. Caja 116, Registro 461.
2.a. Desarrollo del concepto de lo "femenino" a fines del siglo XIX y principios del XX
Para 1873, con la abolición de la esclavitud, los negros se enfrentaron a dos posibilidades de formación de identidad propia: una era asimilar la de los blancos hacendados, la otra era seguir desarrollando una identidad propia, como puertorriqueños al fin, distinta a la del criollo blanco. A diferencia de lo que plantea José Luis González en El país de cuatro pisos, el esclavo africano no había perdido la esperanza de regresar al África. Hay casos documentados de esclavos que, al comprar su libertad, buscaban la forma de volver a su tierra de origen. En un Despacho del Cónsul británico en Puerto Rico al ministro Russell del 23 de agosto de 1862, se incluye una carta en la que 23 negros manumitidos le solicitan al Cónsul pasaje de regreso al África.[i]
Bajo la Ley del 4 de julio de 1870 “Aboliendo en principio la esclavitud”, se dispone en su Artículo 130 que “Los libertos y libres (...) que prefieran volver a África serán conducidos a ella.”[ii] También en la Gaceta de Puerto Rico se dan a conocer en detalle los medios disponibles y métodos a seguir para los esclavos libertos que deseasen regresar al África al amparo del Capítulo IV del Decreto sobre la abolición de la esclavitud que se publica el 15 de octubre de 1872.[iii] De modo que el negro que se queda ya no es el africano bozal, el africano liberto, el esclavo coartado, o el esclavo cimarrón. Ante la posibilidad de ser otra cosa, el negro también se hace puertorriqueño; pero no es el puertorriqueño de poder y riquezas, sino el puertorriqueño obrero que sigue bajo el dominio económico del blanco criollo. Este no es el puertorriqueño que forja industrias, sino el que mueve los engranajes de la industria que enriquece a unos pocos privilegiados. Como indica un documento de la Península con fecha de 1867 y sin firma, “no son fáciles de desarraigar las ideas formadas en las diferencias de las razas, mayormente cuando una de ellas ha sido o es la esclava de la otra.”[iv]
Dentro de esa relación de razas y poder económico, tanto la negra y mulata como el negro y mulato ocupan una misma posición jerárquica. No quiere esto decir que para 1873 no hubiese asimetría en las construcciones sociales de lo femenino y lo masculino entre los negros y mulatos, pero esa asimetría se desarrollaba y se manifestaba de manera muy distinta en las distintas razas y esferas socioeconómicas. “Las mujeres africanas”, comenta Barbara Bush, “tienen un papel distinto al de los hombres, pero no necesariamente de estatus desigual.”
La cultura africana planteaba una distribución de labores en la que tanto hombres como mujeres aportaban al bienestar de la unidad familiar con su trabajo. Ese modelo quedó modificado durante la esclavitud, pero no del todo alterado pues, aunque ya no estaban trabajando para el bienestar de la unidad familiar, tanto hombres como mujeres trabajaban por igual. A partir de la abolición, la división de labores entre criollos negros y mulatos se fue sumiendo en una conceptualización de géneros ajena a sus raíces africanas, imponiendo límites en las tareas a las que se podían dedicar las negras y mulatas libertas. Las más afortunadas heredaron tierras o recibieron vacas, terneras y otros animales como regalos y de cuyos productos podían derivar un ingreso. Otras se dedicaron a la venta de alimentos preparados, dulces, verduras y otras mercancías. De lo que no cabe duda es de que la mayoría de las libertas jornaleras continuaron desempeñándose en tareas remuneradas, aportando a la economía de su hogar. A la larga, sin embargo, el peso de las ideologías predominantes en las clases hacendadas repercute también en conflictos y choques dentro de aquellos hogares donde las libertas ostentaban su independencia económica. La necesidad de que la mujer dentro de la familia negra y mulata trabaje y obtenga un ingreso para el sustento de la unidad familiar será una constante que las diferenciará de las criollas blancas, de clase acomodada, para quienes el trabajo remunerado era la vergüenza de la casa.
La masculinidad tal y como se concibió en la clase criolla puertorriqueña se hizo eco de los modelos europeos, privilegiando la figura del padre como proveedor, como arquitecto de la sociedad, como figura de suprema autoridad y sabiduría, recipiente formativo de sus encargos—o cargas—sociales: la mujer, los hijos, los sirvientes, los peones, y todo aquel considerado “menos hombre”. La caracterización del negro como holgazán fue una de las muchas estrategias de emasculación que utilizó el hombre blanco contra el hombre negro para mantenerlo sojuzgado. Con frecuencia se esgrimió el argumento de la holgazanería para abogar por la libreta de jornaleros antes de la abolición y la reglamentación del trabajo para combatir esta supuesta holgazanería de los libertos después de la abolición. Por otro lado, cabe preguntarse si, de haberse manifestado tal "holgazanería", no hubiese sido tal vez otro recurso de resistencia a la vez que sabotaje al sistema dominante.
Para la mujer negra, el proceso de aculturación representaría un acercamiento a los valores de la mujer blanca. Este proceso inscribía dentro de sí la formación de pareja con un hombre—negro, mulato o blanco—que se acercara también a los valores culturales del hombre blanco. Únicamente bajo esas condiciones, con un hombre de posición económica desahogada, podría ella dejar de trabajar—como la mujer blanca de clase acomodada—mientras él hacía las veces de proveedor. En 1874 ya está planteada esta problemática, según surge de un documento del Municipio de Arroyo: "Aunque algunos ayuntamientos recomiendan que se obligue a emplearse también a las mujeres de los manumisos, sometiéndolas al mismo reglamento que los jornaleros, es más frecuente el criterio contrario por tener ellas la necesidad de cuidar de su casa e hijos, tal como las esposas de los blancos.”[v]
El concepto europeizante de masculinidad problematiza la manera en que se va a construir un nuevo conjunto de valores que defina lo femenino y lo masculino entre los negros y mulatos durante la época inmediatamente posterior a la esclavitud. Antes, el depositario por excelencia de los valores de la masculinidad—particularmente el de proveedor—era el amo blanco. Para ir más allá en las limitaciones impuestas a estas construcciones de género, en aquellas haciendas donde no había varón a la cabeza era la hacendada quien proveía, evidenciando así la nulidad del hombre negro como agente de la masculinidad adscrita preeminentemente a la clase hacendada.
Después de la abolición, el blanco impone sobre el negro aquellos imaginarios de lo femenino y lo masculino que ya se venían elaborado en la sociedad puertorriqueña durante los cuatro siglos anteriores. Los conceptos de masculinidad y feminidad se configuran como una nueva imposición cultural sobre los negros dentro de un proceso ya centenario de desculturación.[vi] Ni su condición socioeconómica ni las condiciones externas de intensiva explotación laboral en los cañaverales le van a permitir a las negras y mulatas criollas permanecer en la casa atendiendo únicamente las tareas domésticas, como lo hacían las criollas blancas de clase adinerada. Aunque las tareas de la casa eran importantes y valiosas para el grupo familiar, no representaban un ingreso. La familia no podía darse el lujo de tener a la mujer-madre atendiendo exclusivamente las tareas del hogar, incluyendo el cuidado de los hijos. Sin embargo, la remuneración de las mujeres por hacer el mismo trabajo que los hombres fue desproporcionadamente más baja desde un comienzo del sistema de jornales para los libertos.
El pago asignado a la labor de las mujeres correspondía al sistema jerárquico patriarcal en el cual se le atribuía mayor valor al hombre y su trabajo productivo, seguido por el de mujer y finalmente el de los niños. Además, las faenas mejor remuneradas—como las artesanales primero y más adelante las de los obreros en las fábricas—estaban reservadas para los hombres. La estratificación de géneros que se estableció en nuestra sociedad agrícola definía al hombre como productor y a la mujer como reproductora. Por lo tanto, se reservaron para las mujeres aquellas tareas de mayor compatibilidad con la reproducción y crianza de niños, siendo éstas a la vez las de peor paga.
Como en todas las sociedades donde las relaciones entre géneros son asimétricas, los parámetros para la construcción de un sujeto femenino social en Puerto Rico fueron distintos a los que se aplicaron para la construcción de un sujeto masculino.[vii] Entran en juego factores tan diversos como la clase socioeconómica y el color de piel. Es esta una de las razones por las cuales la fidelidad de sus contornos al dibujarse ese sujeto mujer-negra se pierde entre las dimensiones trazadas por la clase dominante, blanca y paternalista.
No obstante, color y género en un pueblo esencialmente mulato[viii] no son rúbricas absolutas para concretar las dimensiones de otredad en los escalafones sociales. El mulataje ornamenta la fisionomía del puertorriqueño con toda una gama de matices y tonalidades entre el blanco más blanco y el negro más negro, pero no por ello deja de existir el prejuicio racial y un oficialismo que intenta a toda costa justificar una superioridad de razas inexistente. Añádase a esto la actitud prevaleciente hacia la mujer, reflejada en textos como el de Eugenio María de Hostos en el que propone la educación de la “incivilizada” mujer[ix] y podemos entrever cómo las mujeres que no cabían dentro de los estereotipos de género europeizantes se van tornando invisibles, especialmente en los cultivos de caña.
________________________________________________________
[i] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 167).
[ii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 132).
[iii] AGPR, Fondo Municipal, Juncos, Caja 167.
[iv] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 64).
[v] Gómez Acevedo, Labor. Reglamentación del trabajo en el Puerto Rico del Siglo XIX (Propietarios y Jornaleros). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970.
[vi] Sobre los procesos de desculturación entre los africanos esclavizados en el Caribe y América, ver a Gerard Pierre-Charles, El pensamiento sociopolítico moderno en el Caribe y Manuel Moreno Fraginals, África en América Latina, así como también La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones, entre otros.
[vii] Para un enfoque antropológico sobre este tema específicamente aplicado a Puerto Rico, véase a Ramírez, Rafael L. Dime capitán: Reflexiones sobre la masculinidad. Rio Piedras: Huracán, 1993.
[viii] Seda Bonilla reproduce en su Réquiem aquellas larguísimas tablas de mezclas y resultantes “razas”: español con indio = mestizo; mestizo con española = castiza; español con mulata = morisco; lobo con india = sambayo; cambujo con mulata = albarazado; etc. (pp. 94-95). Salvador Brau y Asencio también detalla, “Mestizo se llamó al hijo de español e india, y zambo al procreado por india y africano; como se llamó mulato al producto de la unión del blanco con la negra. Esta fue la denominación de la mezcla en primer grado; después el mestizo se unió al zambo, el zambo al negro, el blanco al mestizo y al zambo, el negro al mulato, y el mulato al zambo, al mestizo y al blanco...” (Brau y Asencio, Salvador. Puerto Rico y su historia. Introducción por Eugenio Fernández Méndez. San Juan: Editorial IV Centenario, 1972. p. 314.) Nótese la sugerencia implícita de que era el hombre blanco quien se mezclaba con la mujer india y no a la inversa (indio con blanca); o que los negros africanos se mezclaban con las indias (no las blancas), al igual que las negras africanas se mezclaban solamente con los hombres blancos (no los indios).
[ix] de Hostos, Eugenio María. La educación científica de la mujer. Gabriela Mora, selec. y prol. Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993
2.b. La construcción de lo "femenino" en las clases sociales
Para entender cómo se van a ir formando los valores y comportamientos aceptables para cada género es necesario tener en cuenta estas constelaciones de raza y clase. Son estas normativas las que irán cimentándose sobre aquellas que la clase criolla hacendada heredó de los colonizadores europeos. A “las mujeres europeas de clase media durante el siglo XVII no les estaba permitido participar de actividades políticas o militares. Se esperaba de ellas que fuesen pasivas y físicamente débiles, estándole prohibido el acceso a todas aquellas esferas consideradas ‘asuntos de hombres’.”[i] De ahí que, en esas primeras construcciones de género que establecen ciertos bordes delimitantes de la “masculinidad” en Puerto Rico, hay que entender que era poca o ninguna la cabida para los hombres negros. Este escenario abre un espacio para que la mujer se inserte en la difuminada esfera de lo “masculino” según se fue definiendo para el hombre negro.
Rafael Ramírez destaca tres nociones de masculinidad que prevalecen en la sociedad puertorriqueña:
-
asociación de lo masculino con el énfasis en el trabajo fuerte,
-
relación entre masculinidad y grandeza, definida esta última tanto en términos físicos como en logros y posesiones, y por consiguiente la asociación de la riqueza con el privilegio y el poder, y
-
lo masculino es un sentido de logro personal que se obtiene dirigiendo u ordenando acciones que contribuyen, o que se considera que contribuyen, a la sociedad en general.[ii]
La mujer negra en el campo ostentaba al menos una de estas tres nociones: la fuerza física, a diferencia de la mujer blanca, como vemos, por ejemplo, en el libro de Carmen Luisa Justiniano[iii], donde abundan los enunciados que exaltan las cualidades femeninas de bondad, dulzura, humildad, etc. en las mujeres que habitan su relato.
Al negro, por otro lado, le faltaban dos de las tres nociones de masculinidad: riquezas y aportaciones a la sociedad. Es así como hombres y mujeres comparten un rasgo distintivo de la masculinidad. El negro en este contexto representaba valores contrarios a la virilidad, salvo en su sexualidad. En ese aspecto se les atribuía a los negros—y todavía se les atribuye—un índice muy alto de virilidad o masculinidad en función de su actividad sexual. Por otro lado, a las mujeres, aplicado el mismo concepto, se les restaba feminidad. Como resultado, las mujeres negras resultan ser todo lo opuesto a lo que se conceptualizaba como “femenino” entre las mujeres blancas.
En esta extraña y contradictoria distribución del poder en la sociedad puertorriqueña se fue levantando una pirámide social con la mujer negra en el escalafón más bajo. La posibilidad de movimiento social ascendente mediante vínculos afectivos o legales con hombres blancos fue una opción que las mujeres negras ejercieron para balancear las grandes desventajas de su raza y su sexo en una sociedad racista y paternalista. La esclava, mercantilizada ya desde su secuestro en el continente africano o su nacimiento en cautiverio, tenía esa singular posibilidad de adquirir beneficios a cambio de favores sexuales que ella misma “administraba”. En algunos casos “la mujer esclava (...) podía adquirir su libertad en la cama del amo”.[iv] La sexualidad era un pasaporte a una vida mejor. Usar su sexualidad para beneficio propio no podía de ninguna forma agravar la ya deshumanizante condición de esclava que recaía sobre la mujer africana. Este es el espacio donde las negras esclavas encontraron su forma de alterar aquella distribución de poder que las colocaba en absoluta desventaja ante todos los demás integrantes de la sociedad.


Lo que “para una mujer es un crimen que acarrea serias consecuencias legales y sociales, en el hombre se considera honorable o, en el peor de los casos, una pequeña falta contra la moral que él acarrea de muy buena gana.”[v] Además, dentro de la tradición judeocristiana, “el coito con la esposa de otro hombre era lo único que se consideraba adulterio para los hombres, mientras que el coito con cualquiera que no fuese su esposo se consideraba adulterio para la mujer.”[vi] No obstante, en este renglón, para la mujer negra las normativas sociales y morales eran más afines a las de los hombres, sumándose así otra característica considerada predominantemente “masculina”. Indudablemente, los africanos trajeron elementos de sus propias culturas que adaptaron a su condición de esclavos. Las mujeres en particular provenían de culturas en las que las relaciones matrimoniales podían ser lo mismo poligínicas que poliándricas[vii] y en las que, además, se le reconocía una mayor autonomía social a las mujeres que la ostentaban sus contrapartes en Europa. Acoplar su sexualidad a la condición de esclavas como un recurso más para mejorar sus vidas y sus destinos no es una posibilidad que pueda del todo descartarse.
En 1863 se documenta el caso de la esclava Eleuteria, del pueblo de Vega Baja, quien “a consecuencia de haber procreado dos hijos de uno de los dueños o coherederos de la Sucesión [de Don José Miguel] Torres, pide se le conceda por el padre de sus hijos, que lo es Don Eduardo Torres, la libertad que se le ofreciera cuando intentó sus ilícitas relaciones, cuyo motivo fue causa de que ella accediera.” La implicación del verbo “acceder” en este contexto es, precisamente, que Eleuteria podía negarse. Eduardo Torres admite ser el padre de los hijos de Eleuteria y de haberle ofrecido la libertad, por lo que el Juez de Paz le otorga la libertad inmediata a Eleuteria.[viii]
La sexualidad de la mujer africana trasplantada al Caribe en contra de su voluntad se transforma en arma para subvertir el orden social. En 1873 se documenta el caso de Rafaela Pacheco, de Guaynabo, quien contrae matrimonio con José Dolores Coto porque “en vida de Don Castol Umpierre, siendo (...) su esclava (...) le ofreció la libertad porque le cuidara y criara un niño de Don Manuel Vega”.[ix] Rafaela menciona su condición de mujer casada como evidencia de que se le había prometido la libertad en un pleito que entabla para rescatar el efecto legal de esa promesa, que para ese momento el tal Don Manuel Vega le está negando. Fue por la promesa de Don Castol Umpierre que ella “no tuvo inconveniente” en casarse, entendiéndose que de otro modo ella no hubiese aceptado la proposición de José Dolores. Esa voluntad de llevar las riendas de sus destinos, muy a pesar de la explotación laboral a las que se les somete, es un indicio más del enorme contraste entre la conceptualización de los “femenino” entre las mujeres de la clase dominante y las mujeres esclavas y descendientes de esclavas.
__________________________________________
[i] Bush, Slave Women, p. 67.
[ii] Ramírez, Rafael L. Dime capitán: Reflexiones sobre la masculinidad. Rio Piedras: Huracán, 1993. (p. 46).
[iii] Justiniano, Carmen Luisa. Con valor ya como de lugar. Memorias de una jibara puertorriquefia. Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994.
[iv] Boxer, C.R. Women in Iberian Expansion Overseas, 1415-1815. Some facts, fancies and personalities. New York: Oxford University Press, 1975. [Traducción de la autora]
[v] Engels, Friedrich. The Origin of the Family, Private Property and the State. New York: Penguin Books, 1986.
[vi] Ranke-Heinemann, Uta. Eunuchs for the Kingdom of Heaven. New York: Penguin Books, 1990.
[vii] Sobre la poliginia, véase a Bush, Slave Women, Op. Cit.; sobre la poliandria, véase a Radcliffe-Brown y Forde, Op. Cit.
[viii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 240).
[ix] “Reclamo de la esclava Rafaela Pacheco.” Marzo de 1872-abril de 1873. El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. II. (p. 270)
2.c. Impacto de la construcción social de género en la configuración del sujeto histórico del cortador de caña
Al asociar negritud con esclavitud y esclavitud con hacienda azucarera, el trabajo en los campos cañeros se vio marcado por una estigmatización negativa. En la medida en que el obrero campesino fue tratando de alejarse de la imagen del esclavo cañero e integrarse a la clase obrera criolla fue asimilando los paradigmas de clase, raza y género formulados precisamente para facilitar y justificar la explotación de los obreros. Las mujeres, por otro lado, al querer insertarse dentro de aquellas esferas sociales donde se privilegiaban las labores domésticas, se vieron también en la necesidad de adoptar esquemas de conducta que valoraban, sobre todo, la preparación de los alimentos, el aseo del hogar, el cuidado de los niños procreados dentro de la unidad familiar patriarcal quienes, al final, serían los futuros obreros del país.[i]
La realidad del sector campesino era tan distinta a la del terrateniente que no podía acomodar los parámetros impuestos por la clase dominante para cada género. No por haber dejado de ser esclavas dejaron las libertas de tener necesidad de trabajar a cambio de un ingreso, y no por haberse abolido la esclavitud dejaron los hacendados azucareros de tener necesidad de mano de obra abundante. Solamente las barreras de género, artificios de una sociedad adinerada, pueden haber impedido la incursión de las mujeres en las mismas labores arduas que hacían antes las esclavas. Tan sujetas a las necesidades económicas como lo estaban los hombres, las mujeres del campesinado van integrándose a la nueva clase obrera de la que tanto necesitaban los hacendados—incluyendo a las mujeres que cortaban caña.
“La base inicial de la clase trabajadora puertorriqueña estuvo constituida por los esclavos negros”.[ii] Digamos, mejor, los esclavos negros y las esclavas negras. Si una institución jurídica desapareció en 1873, apareció otra igual en su lugar: el trabajo asalariado. Los negros y pardos esclavos pasaron a ser libres bajo las leyes, pero no bajo el sistema capitalista que vino a echar raíces con la abolición de la esclavitud. “Con el surgimiento del capitalismo fue configurándose en Puerto Rico una clase obrera, un proletariado formado de los antiguos trabajadores de hacienda (o agregados) convertidos en asalariados cañeros y de los antiguos artesanos urbanos proletarizados”[iii] Con frecuencia los obreros de la caña vivían endeudados con sus patronos, incapaces de asumir el papel de “'Padre', [que] significa en efecto, no el genitor, sino el que alimenta, el que os protege y, en contrapartida, reivindica vuestro producto y vuestro trabajo.”[iv] El “padre” seguía siendo el patrono.
A fines del siglo XIX, con la invasión estadounidense y la incursión del capital norteamericano en la industria azucarera puertorriqueña, el industrial—mano a mano con la maquinaria militar del gobierno de Estados Unidos—pasó entonces a ser el “padre” proveedor. Si antes el español criollizado constituía el Otro del africano criollizado, ahora el negro/mulato se enfrentará a dos fuerzas antagónicas: el blanco angloamericano y el puertorriqueño “blanco”. Los valores culturales del nuevo colonizador no serán los mismos de los viejos colonizadores. Las fronteras entre razas, particularmente, se trazarán desde otras perspectivas. Para el angloamericano, todos los puertorriqueños se convertirán en negros.[v] El país se verá polarizado, desdibujando aquellas fronteras certeras entre los blancos y los negros criollos, dibujando unas nuevas entre los anglosajones y los hispanos, los norteamericanos y los caribeños. Una clase hacendada en ruinas y una clase burguesa incipiente se unen contra el industrial ausente de capital extranjero. El Otro asume un rostro pálido, impenetrable, indescifrable. Negar su propio mulataje es el único camino que le queda al puertorriqueño que desee asimilarse.
A diferencia de los primeros colonizadores, los estadounidenses no vinieron a establecerse en la Isla come residentes. La mayoría invirtió su dinero, estableció sus centrales, contrató sus trabajadores y se quedó viviendo en Massachusetts. Pero junto con la caña vinieron a sembrar un sistema de valores que trastornó para siempre la sociedad puertorriqueña. El sistema de centrales azucareras representó la ruina para muchos hacendados cañeros, el sometimiento de los colonos que sobrevivieron la crisis y el desarraigo de sus trabajadores, que ya venían sufriendo las grandes pérdidas del cuarto de siglo que precedió a la invasión norteamericana. La alternativa al desempleo fue un salario de hambre y una dependencia total de la central azucarera. Los obreros de la caña que antes vivían como agregados en alguna hacienda se quedaron sin su pedazo de tierra e incapaces de obtener otra vivienda que no fuese la paupérrima que les alquilaba la central. A veces, ni siquiera eso. Sin parcelas para cultivar sus propios alimentos, tenían que comprar sus alimentos en las tiendas de víveres a los precios exorbitantes que controlaban los centralistas.
Al margen de ese frente nacional que empieza a combatir la avanzada del capital azucarero como símbolo inconfundible del imperialismo norteamericano, el blanco—ya sea del patio o del extranjero--sigue configurándose para el negro y mulato como el agente social que controla los medios de producción y, por ende, su bienestar material.[vi]

En las confrontaciones con los centralistas, la simbología de la caña, el machete, las luchas obreras, las huelgas, los sindicatos, todo ese mundo que creó el azúcar se va revistiendo de rasgos masculinos. En ese mito que se forja con la ayuda de la misma propaganda obrera, la mujer va quedando marginada cada vez en mayor medida. Con el paso del tiempo, el único rostro que podrá presentar ante el resto del mundo el de esposa, madre, o hija, aunque tras bastidores sea muchas más cosas. Tendrá “permiso” para franquear el espacio masculino si viene a proveer apoyo, sustento, bienestar para ese hombre que trabaja largas horas bajo un sol inclemente, víctima de las sacarocracias, nuevo mito encarnado del varón sacrificado y noble que inmola su cuerpo en aras de su familia: el cortador de caña.
Dentro de la construcción social de un sujeto histórico denominado cortador de caña todo su contorno se masculinizó; no había de dónde dibujar la figura de la mujer. Más lo cierto fue que hubo mujeres—y hasta niños—cortando caña junto a los hombres, nunca visibles, siempre a la sombra para no poner en mayor peligro una masculinidad ya fragilizada por las relaciones de poder que se instauraban entre obreros y capitalistas. La participación de las mujeres en las faenas del cañaveral siguió la misma ruta que la de los negros en la sociedad blanca. Para ingresar, tuvieron que abandonar su condición femenina de modo tal que no alteraran lo que ya se había establecido como status quo. Entendiendo que la mujer “en toda la historia de occidente, ha tenido que vivir en un mundo que ha sido fundamentalmente el mundo de los hombres”,[vii] las trabajadoras de la caña fueron paulatinamente aceptando esa “masculinidad” del trabajo y adaptándose a sus exigencias para sobrevivir, escondiendo su identidad para poder pasar desapercibidas.
Durante la esclavitud, la parte femenina de la esclava—biológica y socialmente—no estaba en pugna; la abolición trajo consigo la escisión de lo social y lo biológico entre los negros y mulatos criollos, de modo que donde antes la mujer podía desempeñarse sin cuestionamientos sobre su género, “ahora se la deja entrar con tal de que deje en la puerta su condición de mujer y entre como una realidad neutra (…) con la condición de suprimir lo que tiene de mujer (o al menos ponerlo entre paréntesis)”.[viii]
Las cortadoras de caña tuvieron que reconciliar aquel espacio sociocultural de raíces africanas que les permitía desempeñarse a sus anchas con un machete en la mano, cortando caña, con el espacio de raíces europeas que las encerraba en el reducto de la domesticidad. La extraordinaria capacidad de adaptación de estas mujeres, desde la esclavitud hasta el capitalismo, es lo que finalmente les permite fluir entre el mundo vedado de los cañaverales y el mundo obligado de la domesticidad.
_______________________________________
[i] Hay varios tratados marxistas y feministas sobre la explotación de la mujer como procreadora de fuerza laboral gratuita, entre los cuales se encuentran Maxine L. Margolis, Mothers and Such: Views of American Women and Why They Changed; Julián Marías, La mujer en el siglo XX, Claude Meillassoux, Mujeres, graneros y capitales, y Lidia Falcón, La razón feminista 1: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico; entre otros.
[ii] Quintero Rivera, Ángel G. Patricios y Plebeyos: Burgueses, hacendados, artesanos y obreros (Las relaciones de clase en el Puerto Rico del cambio de siglo). Rio Piedras: Huracán, 1988.
[iii] Ibid., p. 249.
[iv] Meillassoux, Claude. Mujeres, graneros y capitales. México: Siglo XXI Editores, 1987.
[v] Ver sobre este tema a Seda Bonilla, Op. Cit.
[vi] Sobre este particular véase a Manuel Moreno Fraginals, La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones. Barcelona: Editorial Crítica, 1983.
[vii] Marías, La mujer en el siglo XX , p. 172.
[viii] Ibid., p. 122.
Capítulo 3. Impacto social y económico de las mujeres en la industria azucarera
Rastrear la historia de las mujeres cortadoras de caña en Puerto Rico es rastrear la historia de la industria azucarera en su totalidad. “Desde la fundación del primer ingenio azucarero en Añasco en 1517, hasta la abolición de la esclavitud en Puerto Rico en 1873, el trabajo de las haciendas azucareras siempre estuvo vinculado a la esclavitud africana”[i] y con la dependencia de la mano de obra esclava vino el uso y la costumbre de usar hombres y mujeres en las labores de los cañaverales. A pesar de que las distintas tareas de corte y molienda se distribuían entre todos los esclavos de campo, la más pesada, que era la de los macheteros, se reservaba “casi siempre [para] los esclavos más fuertes de ambos sexos”.[ii]

Para 1872, cuando se configura el último Registro de Esclavos, en algunos Departamentos las mujeres que trabajaban en la caña alcanzaban un poco más del 50% de la fuerza laboral esclava. Una vez abolida la esclavitud, los antiguos esclavos se fueron integrando paulatinamente a la clase obrera[iii], adoptando aquellos constructos sociales de género propios del proletariado. Se apodera de ellos el mismo “temor a la competencia femenina en el mercado de trabajo”[iv] que invade al resto de los hombres en todo el mundo. “El trabajo asalariado en el caso de las mujeres era aceptado siempre que no se incluyera en la esfera definida como masculina.”[v] Esta idea, sin duda, es el primer factor que contribuye a la marginación y eventual desaparición de la mujer cortadora de caña en la mayoría de los cultivos cañeros en Puerto Rico, aunque a mediados del siglo XIX todavía una cuarta parte de los trabajadores en la caña eran mujeres.
El primer desplazamiento de las mujeres en los cañaverales ocurrió durante la merma entre 1873 (abolición) y 1898 (invasión) a consecuencia de la falta de capital para actualizar los viejos trapiches de las haciendas y el resultante abandono de muchas tierras de cultivo cañero, porque la abolición de la esclavitud, sumada a los estragos económicos que acarreó para Puerto Rico la Guerra Hispanoamericana, la fuerte competencia en el mercado internacional del azúcar de remolacha y otros obstáculos al desarrollo de la industria azucarera puertorriqueña, hicieron que “la situación [fuese] todavía peor para los trabajadores agrícolas de la caña cuyos trabajos iban desapareciendo a medida que más haciendas cerraban ante la crisis azucarera.”[vi] Dentro de una sociedad que le daba prioridad a los hombres al momento de otorgar empleos, por considerárseles los “jefes de familia” y “proveedores”, las mujeres fueron las primeras en quedarse sin trabajo. Así comenzaron a reducirse sus números en las distintas zonas cañeras. La gran ironía está en que muchas de las cortadoras de caña eran “jefas de familia”, como revelan los censos, puesto que eran madres sin esposos.
Afortunadamente, la merma en empleos se vio rápidamente anulada por la enorme actividad cañera de principios de siglo, particularmente en la zona sur alrededor de la Central Aguirre a partir de 1898 y muy particularmente hacia 1920.
[ver la Tabla 3.3], cuando Aguirre se convierte en la segunda productora de azúcar en la isla, después de Guánica. Es en esta coyuntura cuando las mujeres no sólo tienen la oportunidad de regresar a la caña, sino que tienen la necesidad de trabajar. Algunas fueron a trabajar junto a sus esposos, padres y otros parientes, para suplementar el ingreso del hogar, pero otras tantas lo harían para mantenerse a sí mismas y a sus hijos—muchos de los cuales también trabajaban. Desde principios hasta la mitad del siglo, “[p]ara todos los efectos prácticos, los únicos patronos que existían eran las corporaciones azucareras, y los únicos empleos, en la caña.”[vii] Era natural, pues, que algunas mujeres se integrasen a esta fuerza laboral.
Con el incremento en la explotación de la caña aumentó también la actividad huelgaria entre sus trabajadores. “El gobierno militar llevaba sólo seis meses de establecido cuando comenzaron las huelgas en varias plantaciones de Ponce y el vecino pueblo de Juana Díaz . Los trabajadores agrícolas en las haciendas Fortuna y Boca Chica, en Juana Diaz, y Unión, en Ponce, se fueron a la huelga a finales de noviembre de 1898. Exigían mejores condiciones de trabajo y un dólar americano por jornada diaria de trabajo.”[viii]
En las confrontaciones entre trabajadores de la caña e industriales azucareros que surgen con las huelgas entre 1900 y 1934, la presencia femenina se concebía sin duda como una desventaja al momento de sentarse en la mesa de negociaciones, dada la conceptualización generalizada de la mujer como figura “débil” y “sumisa”—dos características en abierta contradicción con lo que los obreros huelguistas necesitaban proyectar. Si tomamos como cierto que “el resquebrajamiento de los derechos del trabajador y el debilitamiento de los beneficios marginales se han asociado con la feminización de la fuerza de trabajo a nivel global”[ix] entonces podemos entender por qué el segundo factor de marginación y desplazamiento de las mujeres en la fase agrícola del azúcar tiene que haber sido el proceso de sindicalización de los trabajadores de la caña.
Aún para 1961, cuando se forma el Sindicato Obreros Unidos del Sur, una de las organizaciones más poderosas que ha logrado aglutinar a los trabajadores de la caña, la actitud siguió siendo de exclusión hacia las mujeres, porque “es que los mismos hombres pensaban que se les estaba quitando el trabajo a ellos”[x] Sin embargo, la demanda de trabajo en los cañaverales con el advenimiento de las grandes corporaciones azucareras norteamericanas a partir de 1898 fue tan grande que la mujer permaneció activa en el campo aún en contra de las fuerzas marginalizantes de la sindicalización y las imposiciones de conceptos de género europeizantes.
____________________________________
[i] Baralt, Guillermo A. Esclavos rebeldes: conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico (1795-1873). Rio Piedras: Huracán, 1989.
[ii] Ibid., p. 76.
[iii] Silvestrini, Blanca G. Historia de Puerto Rico: Trayectoria de un pueblo. San Juan: Cultural Panamericana, 1992.
[iv] Baerga Santini, María del Carmen. Género y trabajo: La industria de la aguja en Puerto Rico y el Caribe Hispánico. Rio Piedras: Editorial de la U.P.R., 1993.
[v] Ibid., p. 38
[vi] Ramos Mattei, Andrés A. La sociedad del azúcar en Puerto Rico: 1870-1910. Rio Piedras: U.P.R., 1988,
[vii] Mintz, Sidney W. Taso: Trabajador de la caña. Rio Piedras: Huracán, 1988.
[viii] Ramos Mattei, La sociedad del azúcar, p. 123.
[ix] Acevedo, Luz del Alba (1993). “Género, trabajo asalariado y desarrollo industrial en Puerto Rico: La división sexual del trabajo en la manufactura.” En María del Carmen Baerga Santino, Género y trabajo, pp. 161-212.
[x] Entrevista con Adelina Rivera, del SOUS, en Salinas, el 6 de abril de 1993.
3.a. La historia que cuentan los censos de 1899 (primer censo bajo Estados Unidos) hasta el presente
Las características demográficas de las mujeres en la caña nos pueden ayudar a entender su “invisibilidad”, porque son en su mayoría mujeres marginales: madres solteras, negras o mulatas, y pobres. En el Puerto Rico de principios de siglo la mayoría de la población femenina es soltera, según los censos, aunque si combinamos el número de mujeres casadas y las que están viviendo en uniones consensuales para 1910, éstas entonces alcanzan el 51.1% del total de la población femenina.
Tanto el término “soltera" como el de "casada” deben entenderse en su acepción más liberal. Las mujeres solteras, sobre todo las que trabajaban en la agricultura, no eran necesariamente niñas o jóvenes viviendo en la casa de sus padres esperando el momento de casarse. De hecho, la gran mayoría eran jefas de familia, con uno o más hijos. Recaía sobre ellas la responsabilidad de su propia manutención y la de sus hijos. Las que vivían con un hombre sin estar legalmente casadas lo mismo podían identificarse en el censo como solteras que como casadas, o dentro de esa tercera categoría de dudosa reputación y nebulosa condición social: “unión consensual”. Entre ellas había también quienes trabajaban para complementar los ingresos del esposo o compañero, e incluso es muy probable que trabajaran junto a ellos en los cañaverales, ya que había muy pocas opciones de trabajo en las zonas cañeras.
Entre las trabajadoras de la caña que el censo de 1910 recoge, la mayoría son negras, le siguen en número las mulatas y por ultimo las blancas.[1] Sabemos que son cortadoras de caña por varias razones:
(1) el censo de 1910 se toma durante los meses de zafra, es decir, que las mujeres que trabajasen únicamente en tareas como limpieza, abono, riego, o semilla, no estarían desempeñándose en esas tareas al momento de tomar el censo. De no trabajar en los cañaverales, y ocuparse en otros oficios durante la zafra, estas mujeres hubiesen reportado otra ocupación como, por ejemplo, lavandera, cocinera, ama de casa.
(2) Algunas mujeres que trabajaban junto a sus esposos o compañeros en ocasiones no reportaban que su principal oficio fuese el de labradoras, sino el de ama de casa, por lo que las que sí reportan su oficio como labradoras indudablemente están trabajando en el corte de la caña como su principal ocupación para cuando se levanta el censo de 1910.
(3) Algunas mujeres identificadas en los censos bajo la categoría general de trabajo agrícola en la caña se desempeñaban como aguadoras, cargadoras, y otras tareas que podían alternarse con el corte de la caña, dependiendo de la demanda.
Para ese año había 787 mujeres trabajando en la caña en calidad de obreras, 140 eran agricultoras de caña—es decir, tenían sus propias fincas—y 32 tenían sus propias fincas cañeras pero además trabajaban como jornaleras para otros agricultores.[2] En Ponce, por ejemplo, una de las principales regiones azucareras, había 16 obreras en la caña, de un total de 1,145 obreros. Las mujeres constituían el 1.02% de la fuerza obrera cañera (1.39% en Ponce) para ese año que, aunque pareciera un porcentaje bajo es sumamente significativo ya que la historia oficial nunca ha documentado a las cortadoras de caña en Puerto Rico.
Las edades de mayor ocupación en los cañaverales para 1910 son entre 21 y 44 años, es decir, cuando las mujeres tienen mayor fuerza y resistencia física—salvo entre las propietarias, que son principalmente mayores de 45 años. De las agricultoras, dueñas de sus propias fincas, la mayoría eran criollas (mulatas), mientras que de las dueñas de sus propias tierras que también trabajaban como jornaleras, la mayoría eran negras.
De las 787 obreras de la caña en 1910, 506 eran negras y cuatro mulatas. Hay una correlación entre raza y ocupación que apunta a la alta probabilidad de que las mujeres que permanecieron trabajando en los cañaverales para 1910 fueran descendientes de aquellas que trabajaron en las haciendas, primeramente como esclavas y luego como jornaleras. Notemos, además, que la posición económica de las mulatas criollas propietarias de tierras cañeras en 1910 es más holgada por el hecho de no tener que trabajar para otros, a diferencia de las obreras negras que no poseían tierras.



En la Tabla 3.2 vemos con más detalles quiénes son estas mujeres, tomando como muestra el censo de 1910 para el pueblo de Salinas:
Lo que revela el microcosmos de Salinas es un eco de lo que revelan las cifras generales del censo. Las cortadoras de caña en su mayoría son solteras, un 32% (ocho de ellas) jefas de familia. Sin embargo, en Salinas la mayoría se identifican como mulatas, siguiéndole en numero las negras. La distribución de edades es muy amplia, desde los 14 hasta los 62 años, pero la edad promedio es de 40.
En el censo detallado, donde aparecen todas las señas particulares de cada persona encuestada, llama la atención, primeramente, que hay dos mujeres cuyos padres habían nacido en África. Una de ellas es Catalina Antoneti, labradora en una finca de caña. Doña Catalina tenía 55 años al momento del censo, era negra criolla, soltera y jefa de familia. Tuvo 13 hijos, pero sólo cinco sobrevivieron. Uno de esos hijos vivía con ella y también era labrador en la caña. Doña Catalina no sabía leer ni escribir, pero tenía casa propia y libre de gravamen en el barrio Las Mareas. La otra hija de africanos es Guadalupe Virella. Doña Guadalupe era también una negra criolla, tenía 57 años, estaba casada y vivía en Aguirre con su esposo, que también era labrador en la caña. Además, vivían con ellos un hijo de él, de 17 años, una hija de él de cinco años y un alojado de 81 años de origen africano. Esta clasificación de “alojado” en los censos se refiere a una persona que vive en la casa, que no es pariente sanguíneo del jefe de familia y que no paga un alquiler.
Doña Guadalupe no tenía hijos. Tampoco sabía leer ni escribir. Es el caso de la gran mayoría de las cortadoras de caña: no sabían leer ni escribir. En ese sentido, estaban en la misma condición en que se encontraban las esclavas del siglo XVIII y XIX.[3] En Salinas encontramos solamente una que sabe leer y escribir—María Suárez—y una que sabe leer, pero no escribir—Josefina Lanausse.
María era una mulata criolla de 54 años de edad, soltera, aunque tuvo 7 hijos, de los cuales 4 sobreviven al momento del censo. No tenemos indicios sobre su vivienda, por lo que debemos suponer que habitaba en barracones de la misma Central, en Aguirre. Allí también se alojaban una hija de ella y el yerno, más dos hijos de María que también eran labradores.
Josefina era una mulata criolla, de 45 años, soltera con 8 hijos, de los cuales 4 sobreviven. Ella vivía en una casa de alquiler en la Calle San Miguel del pueblo de Salinas con una de sus hijas, que tenía 13 años y un hijo de 25 que era labrador de la caña. La gran mayoría de las cortadoras de caña en Salinas, es decir, 19, viven en Aguirre Sur. De las otras, una vive en Rio Jueyes, una en Las Mareas, una Las Talas Viejas y tres en el centro del pueblo. Ocho son jefes de familia, entre las edades de 30 a 55 años y viven con al menos uno de sus hijos—excepto una de ellas, de 55 años, que es viuda y ninguno de sus hijos la sobrevive. La más joven de todas, Belén López y Rodríguez, es viuda. Tiene tres hijos de dos, cuatro y seis años. Le sigue Dominga Rodríguez, de 38 años, quien es viuda también y vive con un hijo de diez años, una hija de ocho, su madre de 82 años y una niña de seis años que tiene alojada. Las otras cinco son solteras. Una de ellas, Antera Collazo, tiene 29 años y vive sola. Al parecer su madre y su padrastro viven en una casa adjunta. El parentesco se deduce por los apellidos y el estado civil de la madre. Tanto el padrastro como el vecino del otro lado—siguiendo el orden de numeración de las casas conforme se refleja en el censo—son labradores de caña.
Las mujeres solteras que no son jefes de familia viven con sus padres, o como pensionistas. Se clasifica como pensionista a toda persona que pague un alquiler en una casa que no sea de su propia familia, incluyendo menores. Por ejemplo, Efigenia Ramos, de 16 años, y su hermana Carmen, de 14, son ambas cortadoras de caña. Viven con su padre, que también es labrador. Cristina Cintrón, de 23 años, vive con su hija de cuatro años, ambas pensionadas en la casa de la familia de un labrador, donde además de la esposa, un hijo, tres hijas y un hijastro, viven otros tres alojados. Antonia Serrano, de 28 años, no tiene hijos y es blanca; vive con una familia de cuatro y otro pensionista en una casa donde los dos hombres son labradores. Genara Bargas, de 40 años, vive pensionada con su hijo de ocho años y un hijo de cinco que se describe como alojado, en una casa de familia donde vive uno de los hijos del matrimonio dueño de la casa. Adelina Aponte vive con su abuela de 81 años, su hija de cinco, su hijo de un año y un primo de 55 años. María Suárez, de 54 años, vive con su hija, su yerno y dos nietos que son labradores como ella.
La relación entre las mujeres que trabajan en la caña y algún hombre de su familia o entorno inmediato que se dedique también a ese oficio es muy clara. Por ejemplo, los esposos de todas las labradoras de la caña también laboran en la caña. Ninguna está casada con un hombre que se dedique a otro oficio. Entre las mujeres solteras o viudas, hay una relación o bien con sus hijos o con sus padres, o con la familia donde se hospedan, donde hay al menos un hombre que labora en la caña y quien guarda algún vínculo directo con ellas.
Las mujeres casadas y obreras de la caña que encontramos en el censo de 1910 para Salinas son diez y fluctúan entre las edades de 28 y 62 años. Es en este grupo donde encontramos tres de las cinco mujeres blancas[4] que están trabajando como labradoras de la caña: Fermina Ramos, de 28 años—vive con su esposo y un hijo de ocho años; Elvira Pena, también de 28 años—vive sola con su esposo, no tienen hijos; y Dolores Ruiz, de 47 años—vive con cuatro hijastros, todos labradores. De sus cinco hijos, ninguno vive con ella. La otra labradora blanca es Valentina Gustavo, de 41 años, de padres martiniquenses, que vive con tres hijas de once, ocho y cinco años de edad y un hijo de dos, es soltera y tiene casa propia libre de gravámenes.
El cuadro que presentan las labradoras de caña que se categorizan como “blancas” es muy atípico, pero también son atípicas las demás mujeres que configuran el grupo de labradoras de la caña con relación a la sociedad puertorriqueña que se configura en los sectores dominantes, así como la que se configura en los sectores proletarios de la montaña. Todas ellas son mujeres con sus propios medios de supervivencia que, además, se desempeñan en la faena más difícil de todas las labores agrícolas: la caña.
Las cifras para 1920 indican que hay un incremento en la participación de la mujer en la caña—de 787 en 1910 a 1,774 en 1920—que coincide con el incremento en la producción azucarera de la isla. El censo arroja una población de 456,646 mujeres mayores de 10 años en toda la isla—el 50.4% de la población total de 10 años o más—de las cuales 86,462 trabajan—21.1% del total de la población mayor de 10 años que tiene empleo. De esas, 17,719 trabajan en agricultura—7.2% del total de todos los trabajadores en la agricultura.[5] De todas las trabajadoras agrícolas, 5,772 (34.2%) están casadas y 11,111 (65.8%) son solteras, viudas, divorciadas o se desconoce su estado civil. Esto contrasta con los hombres que trabajan en la agricultura, de los cuales el 59.1% están casados.
En la caña, específicamente, las cifras revelan que para 1920 un 63.9% de las obreras no estaban casadas, lo cual marca una tendencia al aumento en el número de mujeres solas que se desempeñan en la caña y reafirma la hipótesis de que la mayoría de ellas eran jefas de familia. Entre las

obreras de la caña, 53.7% son criollas y 45.8% son negras, factor que apunta hacia una mayor integración racial, sintomática a su vez de la gran necesidad de trabajo que existía en el Puerto Rico rural de la segunda década del siglo XIX.
Entre las agricultoras dueñas de sus propias tierras también se perfilan cambios: sólo el 15% de ellas están casadas, el otro 85% está en la categoría de “Solteras, etc.”; 70.1% son criollas y sólo el 24.7% son negras—tendencia que se mantiene a través de todo el resto del siglo. En 1920 aparecen por primera vez en los censos tres mayordomas en las fincas cañeras, lo cual nos apunta inevitablemente a la existencia de al menos tres brigadas de cortadoras de caña. Este dato en sí mismo es altamente significativo para la historia del azúcar en Puerto Rico, donde hasta el día de hoy se ha sostenido el mito de que las mujeres nunca cortaron caña después de la abolición.
Ya para 1930 el censo nos revela un incremento importante en el renglón de mando. En toda la isla hay 54 mujeres fungiendo como capataces o mayordomas[6], mientras que en el censo de 1920 se recogen sólo 38. De todas las mayordomas, que el censo de 1930 no nos desglosa por cultivos, 48 son blancas y solamente 6 son negras, lo cual tiende a reafirmar la hipótesis planteada anteriormente en este trabajo sobre la desigualdad racial que incide sobre la posición que ocupan las mujeres en la agricultura y, en general, dentro del orden económico.
Al no desglosar las ocupaciones agrícolas por cultivo, el censo de 1930 nos ofrece muy poca información sobre las trabajadoras de la caña. El énfasis de esos años se distancia del campo y la agricultura hacia la urbe y la industrialización. La preocupación mayor de los gobernantes para ese momento es el desempleo masivo de los puertorriqueños desplazados por este cambio en el paisaje económico de la isla. Esto se ve reflejado en las nuevas categorías del censo y la peculiaridad de que la U.S. Puerto Rico Reconstruction Administration (PRRA) tomará su propio censo en 1935.
En 1930 hay 11,972 mujeres trabajando en la agricultura, de las cuales 3,984 son cultivadoras (propietarias e inquilinas), 54 son administradoras y mayordomas, y 7,921 son obreras. Para 1935 estos números se reducen a 10,145 mujeres en la agricultura y 5,919 obreras, aunque el número de propietarias aumenta a 4,114 y el de mayordomas a 112. De las agricultoras propietarias o inquilinas en 1930, el 85% son blancas y el 14.9% son negras. Entre las administradoras y mayordomas, 88.8% son blancas y 11.1% son negras. Mientras que la proporción de razas se inclina abrumadoramente en favor de la raza blanca en las esferas de mayor poder económico, entre las obreras esta diferencia es menor: 74.3% son blancas y 25.6% son negras.

Sin embargo, hay que notar que los censos no son fuentes totalmente confiables. En cuanto a la clasificación de razas, cada decenio se van consolidando categorías hasta que se reducen únicamente a dos: “Only two color classifications are distinguished, namely white and nonwhite...”[7] Así reducen oficialmente toda la gama de colores de nuestro mulataje a la óptica monocromática del norteamericano.
Según el censo de 1920, las mujeres negras constituyen el 27.54% de todas las mujeres en la agricultura. Para el censo de 1935 esta cifra alcanza únicamente el 5.3%. Ya la gran mayoría se estaba desplazando hacia las industrias fabriles y mecánicas (50.7%). Es el mismo fenómeno que ocurre con todas las mujeres en la fuerza laboral. También para 1930 quedaban 23,508 niños trabajando en la agricultura, de los cuales 1,346 eran niñas entre las edades de 10 y 17 años. En 1935, estas cifras se reducen a 10,129 niños de ambos sexos y sólo 718 niñas entre las edades de 10 y 17 años.
A pesar de la falta de datos específicos sobre la participación de la mujer en la zafra, no podemos de ninguna manera llegar a la conclusión de que las mujeres no estaban participando en esa actividad durante la década de 1930 a 1940. Si bien para esa época ya la caña no era una de las fuentes de empleo principales para la isla, menos aún para las mujeres, la Tabla 3.5 muestra sin lugar a duda que no era privativa de la zona sur y que de los 21 municipios en 1930 donde había más mujeres trabajando en la agricultura, 10 eran municipios cuyo principal cultivo era la caña.
Según me relató una de las cortadoras de caña que todavía para finales del siglo XX trabajaba en Salinas, “lo que viene pasando es que antes usted trabajaba en la caña y escogían a to' el mundo”.[8] La demanda de mano de obra era más fuerte que la presión social por evitar la feminización del corte de caña, o el temor que compartían los hombres de perder sus plazas en el mercado laboral. Además, los censos están contaminados por un sesgo social en cuanto a las expectativas, normativas y prescripciones para la conducta de la mujer en la esfera laboral:
“Ocupaciones excepcionales para mujeres. - Hay muchas ocupaciones tales como carpintería y herrería que por regla general no practican las mujeres. Por lo tanto, si a Ud. le dicen que una mujer profesa una ocupación que es muy excepcional para mujeres, verifique la información. Por ejemplo, si una mujer dice que ella es herrera, pregunte si ella efectivamente trabaja en los (sic) labores manuales o simplemente posee o administra el taller; y si es el último caso anote - propietaria - taller de herrería.” (Censo de 1940, p. 104.)

Las implicaciones para la confiabilidad del sondeo son muy profundas. Sabemos que picar caña se encuentra entre esas ocupaciones que “por regla general no practican las mujeres”. Debemos, entonces, suponer que las cifras del censo están por debajo del número real de mujeres que se desempeñaban en estas labores. El problema de la subcuantificación se agrava cuando nos enteramos de que muchas mujeres trabajaban sin remuneración—y aún lo hacen—como parte de un colectivo familiar [ver las secciones 4.b. y 5.b más adelante].
Ante una reducción general de trabajadores en actividades agrícolas de 37.4% entre 1930 y 1940 en Puerto Rico, la reducción de mujeres en la agricultura durante esos mismos años fue de 81.07%. Significativamente, en el nuevo segmento laboral que se identifica en el censo de 1940 como “trabajadores sin remuneración” hay 583 mujeres, de las cuales 23 trabajan en fincas de caña. [Tabla 3. 6] El censo de 1940 define este sector laboral como “un miembro de la familia que trabaja sin jornal o salario en la finca, taller o tienda que era el medio principal de sostenimiento de la familia, o en otros trabajos que contribuían a los ingresos de la familia (sin incluir trabajos domésticos o tareas livianas.)
El censo de 1950 divide la población por municipios. Las cifras generales son limitadas [Tabla 3.7].

Las trabajadoras de la caña se encuentran principalmente en Yabucoa (121), Humacao (89), Arecibo (46), Vega Baja (41) y Moca (33). [Tabla 3.8]

.jpg)

El avasallante programa de industrialización en la isla, que se inició realmente con la reforma agraria de 1941, se convirtió en prioridad a costa de la agricultura[i] y para 1990 solamente quedaban en Puerto Rico cuatro centrales funcionando activamente: Coloso (Aguada), Mercedita (Ponce), Plata (San Sebastián) y Roig (Yabucoa), según los documentos en los archivos de la Corporación Azucarera de Puerto Rico.
Ya para 1960 quedaban solamente 736 mujeres trabajando en la caña, pero el censo de ese año distingue entre trabajadores diestros y obreros. El cambio es más bien cualitativo, con 752 trabajadoras adicionales en posiciones diestras—como capataces, colonas, camineras, etc.—cuya suma total asciende a 1,488 mujeres. Debemos inferir que las mujeres fueron adquiriendo conocimientos y destrezas dentro de la industria para ocupar las posiciones que se identifican en este censo como “Experienced Civilian Labor Force”. Un estudio de la década del 70 hace la observaci6n de que “su cada vez mejor preparación académica les abre [a las mujeres] oportunidades de empleo en las profesiones y el trabajo oficinesco, campos estos que se expanden continuamente.”[ii]
De las obreras cañeras que se encuentran activas en 1960, todavía hay ocho que tienen menos de 14 años. La edad media de las restantes es de 34.8 años. A diferencia de las primeras décadas del siglo, la mayor proporción de la población femenina que trabaja en la caña para estos años está entre los 20 y los 44 años.
La poca información que ofrece el censo de 1960 en comparación al de 1910 sobre los trabajos en la caña es representativo de la poca importancia que tiene ya ese renglón en la economía de Puerto Rico para esas fechas.
Pero la memoria colectiva no ha grabado siquiera la presencia de estas setecientas y tantas mujeres en los cañaverales hace apenas cinco décadas, ni las mil y pico de hace seis.
En 1992 quedaban seis mujeres trabajando en Salinas picando caña. En 1993 y 1994 quedaban apenas tres o cuatro de aquellas seis, trabajando en esos mismos cañaverales. En 1995 encontré dos más en San Sebastián, todavía activas cortando caña con sus esposos. Para la zafra del ’96 es posible que no haya quedado ninguna en todo Puerto Rico.
_______________________________________________________________
[i] Moscoso, Teodoro. “Origen y desarrollo de la ‘Operación Manos a la Obra’.” En E. Gerardo Navas Dávila, Cambio y desarrollo en Puerto Rico. Rio Piedras: EDUPR, 1980.
[ii] Junta de Planificación, Oficina del Gobernador, Estado Libre Asociado. Análisis de Población (Informe Preliminar) 1940-1980. San Juan, Puerto Rico: 19--?. (p. 179).
3. b. Las "mayordomas" y las posibles implicaciones de su presencia en los cañaverales
El aumento en el número de mujeres clasificadas como obreras de la caña en el censo de 1920 y la aparición de 3 mayordomas no pueden ser hechos inconexos. Sin duda, la trayectoria de algunas mujeres en esas labores las llevó a destacarse, alcanzando así el privilegio de dirigir una brigada. Es difícil imaginar que para esos años—no obstante los logros alcanzados por los movimientos de emancipación femenina en otras partes del mundo—hubiese mujeres en Puerto Rico supervisando hombres en la caña, por lo que la única deducción lógica es que las mayordomas que aparecen en el censo de 1920 estaban a cargo de otras mujeres. Debe haber habido, entonces, por lo menos tres brigadas de mujeres. Es también posible que hubiese otras brigadas de mujeres dirigidas por hombres. Lo importante para este estudio es la posibilidad de brigadas de mujeres, dirigidas por mujeres.
En 1930 tenemos 54 mujeres desempeñándose como capataces o mayordomas en todo el renglón agrícola. Lo único que sabemos hasta el momento de esas mujeres es que eran predominantemente blancas. Es decir, que además de los prejuicios de género, las obreras agrícolas también estaban sujetas a prejuicios raciales. En un campo donde 74% de las obreras son blancas y 26% son negras, 89% de las mayordomas o capataces son blancas y solamente el 11% son negras. Este desbalance indica que el color es un factor determinante en la trayectoria laboral de las mujeres para poder alcanzar posiciones de relativo poder, privilegio, o prestigio.
3.c. Las mujeres propietarias de tierras cañeras
En el censo de 1910 figuran 172 mujeres propietarias de tierras cañeras (140 eran agricultoras y 32 agricultoras/ jornaleras.) Ya para 1920 hay 238, lo cual representa un incremento de 38%. Durante esos mismos años el número de obreras en la caña aumenta un 125%. Este crecimiento es cónsono con la situación económica que vivía toda la isla, donde la demanda de brazos para la caña era mucho mayor que las riquezas disponibles para comprar tierras y cultivarlas.
El hecho de que haya mujeres en 1910 que sean dueñas de sus propias tierras y además trabajen como jornaleras para otros es significativo, ya que subraya la capacidad de estas mujeres para (1) labrar la tierra, y (2) administrar sus bienes. La mayoría de estas agricultoras/jornaleras son negras, mayores de 45 años. Dada la edad, podemos inferir que la tenencia de tierra proviene de la compra que ellas han hecho, con el fruto de sus propios trabajos, aunque podrían ser también adquisiciones por herencia o dotaciones de sus antiguos amos, hacendados esclavistas. La probabilidad de haber heredado las tierras incrementa en el grupo de agricultoras/jornaleras criollas, que al parecer fluctúan entre las edades de 21 y 44 años; por ser más jóvenes es más probable que hayan heredado sus tierras en vez de haberlas comprado. Aunque el censo no especifica el estado civil de estas mujeres, sabemos que la mayoría de la población femenina para ese año era soltera.
De las 140 propietarias que no tienen que trabajar en otras fincas, 4 de ellas son blancas, de padres extranjeros, 7 son mulatas de padres extranjeros, 36 son negras y 93 son criollas, es decir, alguna mezcla de razas y colores. La edad mayoritaria entre ellas es también de 45 años en adelante, seguidas del grupo entre 21 y 44 años. Una de ellas está entre los 16 y los 20. De las 32 agricultoras/obreras, 8 son criollas y 8 tienen de 21 a 44 años; 24 son negras y 24 tienen sobre 45 años de edad. Podríamos extrapolar que las 8 criollas son las mismas 8 entre los 21 y 44 años y que las 24 negras son las mismas 24 que tienen más de 45 años, aunque los datos no se desglosan de esta manera en los censos.
Es evidente que hay una proletarización de un sector de las propietarias de fincas cañeras (22%) íntimamente relacionado con el grupo racial al que pertenecen estas mujeres. Esto contrasta con el cuadro que presenta el censo de riquezas azucareras que levanta el Sr. Epifanio Gutiérrez Vélez[xi] para principios de siglo, donde la terrateniente azucarera se perfila como una mujer de respetable poderío económico y social.
Si el censo de 1910 revela que hay 172 propietarias de tierras cañeras, 140 de las cuales no son jornaleras, el muestrario de Gutiérrez Vélez recoge entonces un 17% del total de propietarias, incluyendo las jornaleras, y un 21% de aquellas que poseen tierras sin tener que trabajar para otros. Es altamente probable que el censo de Gutiérrez Vélez recoja información únicamente de la élite azucarera puertorriqueña para principios de siglo. Todas las haciendas descritas poseen entre 100 y 4,500 cuerdas, con solo 2 excepciones. El promedio de la extensión de tierra cultivada en caña es de 282 cuerdas. [Tabla 3.10] Una de ellas es una Marquesa. Otras están evidentemente vinculadas a las élites azucareras puertorriqueñas de la época, como la familia Veve de Fajardo, o la Antongiorgi de Yauco.
En 1920 ya vemos con mayor claridad que la mayoría de las agricultoras son solteras y mulatas. Queda solamente una de padres extranjeros, blanca (tres menos de las que había en 1910); once son mulatas de padres extranjeros (tres más que en 1910) [xii]; 59 son negras (una menos que en 1910); y 167 son criollas (66 más que en 1910). Mientras que los cambios en los demás grupos son mínimos, el aumento en el grupo de criollas es dramático (65%). También es significativo que en 1920 aparezcan 34 agricultoras, propietarias de fincas cañeras, casadas, pues el uso y costumbre en Puerto Rico era que el esposo fuese quien apareciera como propietario. El hecho de que las mujeres aparezcan como propietarias indica que la finca probablemente ya eran de ellas antes de casarse y no pasó a formar parte de la sociedad de bienes gananciales.
Para el 1930 perdemos de vista a las propietarias de fincas de caña y solamente nos queda un cuadro general de 3,984 mujeres que trabajan la tierra en calidad de propietarias o arrendatarias. Este grupo compone el 33% de todas las mujeres que se ocupan en labores agrícolas y el 1% de toda la población que trabaja en la agricultura en Puerto Rico para ese año. Visto así, son muy pocas las mujeres que el censo recoge en el sector agrícola. Sin embargo, son casi cuatro mil mujeres que estuvieron aportando a la economía del país trabajando en la agricultura, más específicamente en los campos cañeros, y que pasaron desapercibidas en las páginas de la historia.
Es significativo también que la gran mayoría están clasificadas como “blancas”, mientras que solamente el 15% de ellas están clasificadas como “negras”. Es insoslayable la conclusión de que éstas han sido mujeres extraordinarias, sin necesidad de ser próceres ni ilustres patriotas, en tanto que tuvieron que sobreponer múltiples fuerzas sociales marginalizantes—entre ellas la económica, la racial y la sexual—para obtener trabajo y mantenerlo dentro de un mercado laboral en crisis, alcanzar posiciones de relativo poder y prestigio dentro de una cultura agrícola paternalista, o adquirir tierras que ellas mismas trabajaron para beneficio de un país que nunca les ha dado el reconocimiento que se merecen.
_______________________________________________________________
[i] En contraste con el censo de 1910, el de 1920 refleja que la mayoría de las trabajadoras y agricultoras están clasificadas como “criollas”. No está claro cuál es el criterio para clasificar a la persona “negra”, “blanca” o “criolla”, pero del resultado global de todos los censos podemos inferir una clara tendencia hacia el mulataje en este sector laboral.
[ii] Censo de población para 1910, Vol. IV Estadísticas Ocupacionales. Las categorías en ingles son: Sugar Farm Laborers, que se traducirá de aquí en adelante como Obreros de fincas para mantener una uniformidad terminológica con el censo de 1940; Sugar farmers, traducido como Agricultores de caña; y Sugar Farmers (laborers). Esta última clasificación tiene la siguiente explicación en el informe del censo: “Los Agricultores (obreros) [...] operan pequeñas fincas de su propiedad, pero trabajan la mayor parte del tiempo como obreros para otros agricultores.”
[iii] La carencia de instrucción y alfabetización de los esclavos de Estados Unidos es uno de los aspectos que enfatiza la obra autobiográfica de Harriet A. Jacobs, Incidents in the Life of a Slave Girl. En Puerto Rico “[r]einaba el analfabetismo y la ignorancia. A juzgar por los estimados oficiales, más del 84 por ciento de los habitantes en 1866 eran analfabetos.” (Jiménez de Wagenheim, El Grito de Lares: sus causas y sus hombres, pp. 66-67; citada en Scarano, Puerto Rico. Cinco Siglos de Historia, p. 421). A fines del siglo XIX se destaca el maestro Rafael Cordero, “negro tabaquero que introdujo gratuitamente a las primeras letras a varias generaciones de puertorriqueños de ‘todas las clases sociales’,” precisamente por instruir a niños blancos y negros por igual. (Quintero Rivera, Patricios y Plebeyos, p. 201).
[iv] Como ya he mencionado, la clasificación de razas en Puerto Rico para efectos del censo es altamente subjetiva y, por ende, cuestionable. Difícilmente puede encontrarse un puertorriqueño sin mezcla de sangres. Me aventuro a sugerir que “blanco” en el contexto puertorriqueño rural y agrícola es el equivalente de un mulato de tez clara.
[v] Censo de 1920, Vol. IV - Ocupaciones.
[vi] Managers and foremen, de acuerdo a la nomenclatura original del censo en inglés.
[vii] Traducción.: “Sólo se distinguen dos clasificaciones de color, siendo estas blancos y no-blancos...". El documento oficial traduce nonwhite como personas “de color”, que a mi entender no transmite la carga semántica de otredad que acarrea la designación "nonwhite", es decir, "no-blanco". (Censo de 1940.)
[viii] Entrevista con Luz Iraida Malavé Sanabria, cortadora de caña; desempleada, del barrio El Coco en Salinas; marzo de 1994.
[ix] Moscoso, Teodoro. “Origen y desarrollo de la ‘Operación Manos a la Obra’.” En E. Gerardo Navas Dávila, Cambio y desarrollo en Puerto Rico. Rio Piedras: EDUPR, 1980.
[x] Junta de Planificación, Oficina del Gobernador, Estado Libre Asociado. Análisis de Población (Informe Preliminar) 1940-1980. San Juan, Puerto Rico: 19--?. (p. 179).
[xi] Gutiérrez Vélez, Epifanio A. Biografía de las riquezas de Puerto Rico. Tomo I: Riqueza azucarera. Yauco: (s.e.), 1902. Dice el autor en la introducción a su obra: “Biografía de las Riquezas de Puerto Rico, no es una obra llena de argumentos filosóficos; exclusivamente es la minuciosa investigación que he venido practicando por toda la Isla, en muchas ocasiones a través de rudas jornadas a pie, procurando remontarme en la adquisición de datos, a la fundación de cada propiedad.”
[xii] Considerando las inexactitudes en las encuestas del censo relativas a la raza de los encuestados, es muy probable que las tres que faltan en la categoría de “blancas, de padres extranjeros” hayan pasado a la categoría de “mulatas, de padres extranjeros”.

Capítulo 4. La invisibilidad sistémica de las cortadoras de caña
La polarización de género en los trabajos asalariados y no asalariados sin duda tuvo un gran impacto sobre una sociedad agraria donde los trabajadores, y en particular los hombres que se suscribían a los conceptos tradicionales, europeos, de masculinidad, se encontraban impotentes ante el dominio de los centralistas. Por otro lado, aunque los hombres en las clases obreras no podían poner de manifiesto su masculinidad en términos de riqueza, al menos podían demarcar territorios ocupacionales que simbólicamente sustituyeran esa masculinidad que le fuera robada por las clases dominantes. En esos espacios del cañaveral donde el centralista era una figura acartonada, allí donde el machetero se podía configurar como amo y señor de la caña que cortaba, se institucionaliza una figura masculina—con su símbolo fálico en mano—que durante varias décadas será nuestro icono del “buen puertorriqueño”.
El machete o la azada de los cortadores de caña llega a configurarse no sólo como instrumento de labor sino también como arma de combate.[i] La Circular Núm. 256 del 20 de enero de 1812, emitida por el Gobernador Salvador Meléndez, dispone en su Artículo Sexto que "Ningún negro (…) ha de llevar arma ni machete…", reflejo de las tensiones entre hacendados y esclavos para esos años.[ii]
“Para prevenir la posibilidad del uso del machete como arma durante una sublevación, se señaló en el Capítulo V, Artículo I [del Reglamento de Esclavos de Puerto Rico de 1826], que en todas las haciendas debería haber una pieza segura, con buena llave, para depositar los instrumentos de labor.”[iii]
El ícono social del cortador de caña incorporó su machete como símbolo de fuerza a la vez que virilidad. Este signo del machete con sus referentes de fuerza, resistencia, agresividad, e incluso violencia, era de suma importancia para el trabajador de la caña que, a partir del advenimiento de las grandes sacarocracias norteamericanas, procuraba agenciarse mejores condiciones de trabajo y mayor paga. En este entorno eminentemente masculino, la presencia de la mujer amenaza la validez de esa imagen del cortador de caña como símbolo preeminente de la virilidad campesina. No quiere esto decir que la mujer no pudiera entrar a cortar caña, pues las condiciones económicas del Puerto Rico del cambio de siglo exigían que hombres y mujeres—e incluso niños—trabajaran para la supervivencia de la unidad familiar. Sin embargo, era necesario combatir la posible “feminización” de la imagen del cortador de caña.
Podemos identificar tres medidas que apuntan en esa dirección:
-
se contratan menos mujeres para el trabajo de corte, minimizando así la presencia física de las mujeres en los cañaverales;
-
cuando una mujer trabaja junto a su compañero (léase esposo legal o mancomunado), no se le paga a ella, sino que se le paga al hombre por el trabajo de ambos, revalidando de este modo el papel del hombre como proveedor y eliminando la posibilidad de usurpación femenina de ese papel;
-
cuando se contrata a una mujer sola (es decir, sin un hombre de su familia inmediata que también trabaje en el corte de caña), se le paga menos por el mismo trabajo, perpetuando entonces la posición jerárquicamente subordinada de la mujer en la sociedad paternalista y anulando cualquier incipiente tentativa de igualdad entre los sexos que llevase, por ende, a la desestabilización del orden establecido.
La posición de fuerza y poder inherente a una mujer cortadora de caña amenazaba el balance dentro del orden establecido para las relaciones de género en la sociedad puertorriqueña emergente de principios y mediados de siglo:
“...las transformaciones en el proceso de trabajo no pueden ser entendidas solamente en relación a las contradicciones entre trabajo y capital, sino que deben tomarse en cuenta en el análisis las tensiones entre trabajadores, particularmente entre los hombres trabajadores y las mujeres trabajadoras. (...) En efecto, la creación histórica del proveedor masculino, como jefe de familia y trabajador calificado en oposición a la mujer como madre, esposa y trabajadora secundaria, (...) constituye un ejemplo en el que se utilizan características definidas por el género para establecer diferencias entre grupos sociales que facilitan u obstaculizan su acceso al poder social.”[iv]
En aquel momento, poner un machete—literal o figurativamente–en manos de una mujer era doblemente amenazante. En primer lugar, ponía en entredicho la iconografía social y cultural del cortador de caña. La imagen de una mujer con machete en mano se apropiaba del referente masculino de la fuerza física. Dicha apropiación incontestada hubiese obligado al campesino a una redefinición de géneros que hubiese trastocado el esfuerzo integrativo de las clases desposeídas. Es decir, volver a una distribución de labores como las de los negros y mulatos esclavos equivalía a un alejamiento de aquellas estructuras sociales que posibilitaban el movimiento vertical, ascendente, del proletariado hacia la clase media.
Lo mismo ocurre con el otro vector de este proceso, en que la mujer se distancia de la sumisión y la dependencia como característica de lo femenino, amenazando entonces—y por extensión—la posición dominante del hombre sobre la mujer en la esfera doméstica. Salir del espacio privado para obtener un rédito por sus labores, obliga también a definir nuevas categorías en la distribución de labores y jerarquías sociales que ya se comenzaban a trazar por la línea de géneros siguiendo el modelo europeo.
Ante este cuadro recargado de potencialidades para la turbulencia social, dentro de un contorno donde ya entra en efervescencia la inconformidad laboral y la desavenencia política, el recurso más efectivo a largo plaza fue la total invisibilización de la mujer en la caña, sin que por ello se prescindiera de su valioso trabajo.
_____________________________________________________
[i] Baralt, Guillermo A. Esclavos rebeldes: conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico (1795-1873). Rio Piedras: Huracán, 1989.
[ii] El proceso abolicionista, Op. Cit., Vol. I. (p. 119).
[iii] Baralt, Esclavos rebeldes, p. 68.
[iv] Baerga Santini, María del Carmen, ed. Género y trabajo: La industria de la aguja en Puerto Rico y el Caribe Hispánico. Rio Piedras: Editorial de la U.P.R., 1993.
4a. La sindicalización de las trabajadoras de la caña y las estructuras marginalizantes de las Uniones de Damas: 1900-1930
Las mujeres en la caña sufren de una invisibilidad sustancial y material, es decir, de fundamental importancia y repercusiones a largo plazo, en tanto la imagen del cortador de caña se construye con rasgos masculinas y valores asociados a la virilidad que dejan fuera cualquier posible resonancia femenina en esta esfera del desempeño laboral. Es, además, una invisibilidad plurivalente, que incide desde los niveles más elementales del aspecto físico de la cortadora de caña, hasta los más complejos en cuanto a su aportación a la economía de un país y, por ende, su lugar en la historia de ese país.
Las cortadoras de caña no se distinguen claramente de sus compañeros de trabajo porque, en primer lugar, la vestimenta ha sido casi igual para ambos: sombreros que cubren el rostro para proteger del sol, mangas largas y guantes para proteger de la pajilla de la caña, botas y pantalones largos para protegerse de las alimañas. En el caso de las mujeres, un delantal o una falda ancha sobre los pantalones es lo único que las puede diferenciar de sus contrapartes masculinas. Pero antes, cuando no existían pantalones para mujeres, las cortadoras tomaban prestados los de sus maridos o hermanos para poder trabajar.[i] No debe extrañarnos, entonces, que a la distancia fuese—y siga siendo—difícil distinguir a las mujeres de los hombres en los cañaverales. Así, disfrazadas de hombres, enmascarando su identidad individual y colectiva, pasaron desapercibidas las cortadoras de caña hasta el día de hoy.
Su condición de mujer, perteneciente a un grupo social desatendido por sociólogos e historiadores, es sólo uno de los factores constitutivos de su invisibilidad. Aún dentro de la relativa prominencia que alcanzaron las trabajadoras de la caña durante las épocas de auge azucarero y graves crisis laborales-huelgarias (1900-1940 aproximadamente), la mujer siguió siendo invisible, ya fuera por su mínima integración a las actividades publicas, sindicales y políticas en las que participaban los demás trabajadores, ya fuera por las limitaciones del lente que usaron los historiadores para documentar estos eventos.
Una fotografía de 1914, por ejemplo, presenta tanto hombres como mujeres participando en la huelga cañera de Arecibo. La presencia de esas mujeres ha sido interpretada históricamente—y es probable que erróneamente—como una muestra de solidaridad por parte de estas mujeres para con los obreros de la caña.[ii] Con los datos que tenemos a consecuencia de este estudio, es más probable que esas mujeres hayan sido obreras de la caña también.
El censo de 1910 recoge un total de 787 mujeres trabajando en la caña, en todo Puerto Rico. Para 1920 el censo arroja una cifra de 1,774. La principal cosecha para el municipio de Arecibo en esos años es la caña. No se requiere mucha imaginación o dotes matemáticas para deducir que un buen número de esas trabajadoras que aparecen en los censos de 1910 y 1920 son las que vemos en las fotografías de 1914 durante las huelgas cañeras de Arecibo.
Los estudios que se han hecho hasta el momento sobre la participación de la mujer en los movimientos sindicales de principios de siglo en Puerto Rico han centrado su atención en las trabajadoras del tabaco o de la aguja,[iii] pero incluso esos estudios requieren un escrutinio más riguroso en la dimensión pragmática del discurso obrerista. Una exhortación a la lucha, por ejemplo, puede ser también una protesta por la falta de unidad dentro de un sector laboral. Durante las huelgas y manifestaciones de los obreros cañeros en 1905, la presencia de la mujer era conflictiva en varios aspectos. Mientras que por una parte podía actuar como elemento aglutinante entre los obreros, por otra parte, podía interpretarse como un factor "feminizante" ante los ojos de los cortadores de caña que negociaban sus salarios y condiciones de trabajo. En este renglón de la historia de las cortadoras de caña en Puerto Rico es de suma importancia leer las fuentes primarias tanto por lo que dicen como lo que dejan de decir.
Durante una asamblea de la Federación Libre de Trabajadores en 1910, por ejemplo, el presidente-organizador dice: “ya que no es posible impedir totalmente el acceso de la mujer en la industria, deben adoptarse resoluciones fáciles y practicables para organizarlas en todos aquellos centros donde están trabajando...”[iv]
Textos como este han sido interpretados como discursos progresistas y solidarios con la mujer obrera. Sin embargo, un análisis del nivel pragmático de este texto, es decir, el uso que se le da a las palabras, primeramente, y el propósito del discurso que se enuncia, en segundo lugar, nos pueden llevar a una lectura muy distinta. "No es posible impedir totalmente el acceso de la mujer en la industria", dice el discursante. ¿Quien desea impedir el acceso de la mujer? ¿Los industriales? Evidentemente no. A los industriales les interesa que la mujer trabaje. Es mano de obra abundante, barata y precondicionada a la explotación—siendo ya la explotación una de sus condiciones sociales distintivas en las relaciones de género. Es más lógico concluir que los que han tratado de “impedir el acceso de la mujer en la industria” han sido los obreros. Al enfrentar la inevitabilidad de la presencia femenina en los centros de trabajo, optan entonces por integrarlas a los movimientos de sindicalización.
“La mujer obrera no-unionada interfería con la unidad de las luchas sindicales. En ocasiones era utilizada como rompehuelgas, aceptando menos paga que la exigida por la unión. Podía desplazar a otros obreros accediendo temporalmente a condiciones de trabajo inaceptables y combatidas por el sector unionado.”[v]
Impedir el acceso de la mujer en la industria obedece a dos propósitos, uno es limitar la competencia en el mercado laboral, otro es evitar la subversión del orden social. Al aceptar esta ineludible realidad de una fuerza laboral femenina que no va a desaparecer del mercado de trabajo, los hombres deciden que “deben adoptarse resoluciones fáciles y practicables para organizarlas”. En este caso en particular el organizador se está refiriendo al trabajo en la industria del tabaco, por lo que podemos entender que el esfuerzo organizativo focalizado hacia la mujer surge como una reacción a la incapacidad de los dirigentes obreros de impedir el acceso que han logrado las mujeres a la industria, no como una respuesta progresista a las contradicciones de un movimiento sindical socialista que excluía a las mujeres.[vi] Las resoluciones que propone el discursante en el texto que estamos analizando deben ser "fáciles y practicables", según nos dice él mismo.
Hay un sentido de urgencia en este llamado que hace el dirigente sindicalista. Esta en manos de los obreros a quienes él se dirige “impedir en lo posible el aumento del número de mujeres en la industria de cigarros en Puerto Rico”. ¿Es este un discurso de solidaridad? La organización sindical de la mujer—en este caso, al menos—no es otra cosa que un recurso para transformar al “enemigo” en “aliado”: “La mujer organizada junto a nosotros y preparada como nosotros, no es temible, no puede ser nuestro enemigo, al contrario, tiene que ser nuestro aliado”, reclama el organizador sindical.
Siendo este el caso, ¿cuál es, entonces, la motivación detrás de la organización sindical de las obreras? ¿Cuál es la dimensión pragmática de este discurso en particular? ¿Acaso no es neutralizar de alguna manera al “enemigo”, es decir, la competencia que viene a ocupa puestos en el mercado laboral que de oro modo ocuparían los hombres? Y para colmo, ¿a cambio de un salario menor? Difícilmente podemos caracterizar esto como una actitud progresista. Al organizar a las obreras, éstas quedaban segregadas en gremios para “damas” o “hijas de los trabajadores” que servían principalmente para tranquilizar las consciencias de los organizadores sindicales de supuesto corte socialista, pero cuyo impacto real era más bien comparable al de un club cívico. De hecho, las “noticias” que encontramos sobre las mujeres obreras muchas veces parecen crónicas sociales del Puerto Rico Ilustrado:
"La mujer obrera dispónese en esta hermosa Isla bañada por las mansas aguas del Mar Caribe, a laborar por la transformación de la sociedad presente en otra más en armonía con la equidad y justicia que debe existir en una comunidad en que todos somos hermanos por ley de naturaleza.
La Unión de Damas de la Marina de esta ciudad registrada con el número 11,733 llevara a efecto un humilde pero solemne festival en honor a haber ingresado al movimiento obrero americano.
A las dos de la tarde en un espacioso local adornado convenientemente serán instaladas conforme a ritual las trescientas sesenta y tres damas inscritas como unionadas en derecho.”[vii]
La selección de adjetivos como “hermosa”, “mansas”, “humilde”, muestra una tendencia a “feminizar” la nota periodística, entendiendo como “femenino”, claro está, el concepto europeo de la mujer débil, sumisa, frágil y dependiente del hombre, concepto que obedece a un orden social paternalista. La nota, sin embargo, advierte a los lectores—unionados de la Federación Libre de Trabajadores (FLT) en su mayoría, siendo el órgano de publicación el semanario Unión Obrera—que es “solemne” el acto. Después de todo, esta Unión de Damas es una filial de la FLT, por lo tanto, la aclaración sobre la “solemnidad” del acto sirve como contrapeso a esa tónica feminizante, salvando así la masculinidad del obrerismo arquetipificante de la FLT. No obstante, tratándose de la Unión de Damas, el lenguaje cuidadosamente seleccionado crea la impresión en los lectores de estar leyendo una descripción de una merienda de las Damas Cívicas en lugar de un mítin de obreras.
Este mismo grupo aparece en otra edición del semanario Unión Obrera con el nombre de Unión Protectiva de Damas [énfasis mío]. No cabe duda de que la actitud de los organizadores sindicales hacia las mujeres es un reflejo, o más bien una extensión, de las relaciones que se daban en el resto de la sociedad, donde la fuerza era un rasgo masculino, mientras que la debilidad o fragilidad era un rasgo exclusivamente femenino. Aquellas “uniones protectivas de damas” servían dos propósitos principales, ninguno de los cuales guardaba relación alguna con la militancia obrera: (1) mantener a las obreras segregadas y, por ende, marginadas de las principales actividades gremiales y, (2) reafirmar el enclave paternalista de la organización sindical, poniendo de relieve la fragilidad y dependencia como distintivos de la mujer. El primer objetivo evitaba la “feminización” del obrerismo y el segundo evitaba la “masculinización” de las obreras. Dentro de este
esquema, la organización de las mujeres obreras se constituye como una iniciativa de los hombres dentro de la cual el lugar que se le permite ocupar a la mujer es importante únicamente en la medida en que puede ser de alguna utilidad para los organizadores sindicales. Por ejemplo, en 1904 se reunieron 38 “damas” del pueblo de Patillas para organizar un gremio. El organizador fue un hombre. La reunión se limitó a elegir una junta directiva, pronunciar un discurso acerca de la “importancia del acto que se había realizado” y “no habiendo más de que tratar dióse por terminado el acto.”[viii] Durante el Congreso de la Federación Libre de Trabajadores que se celebró en Mayagüez en 1905, la Unión de Damas desfiló en el sitial número 17 de 20 que desfilaron,[ix] pero es tal vez más significativo que se constituyera una Comisión para estudiar la “Organización de la Mujer” y, según las actas publicadas en Unión Obrera, dicha comisión no rindió informe alguno y, por si esto fuera poco, esa Comisión estaba presidida por un hombre.[x] En el mismo periódico en que se publicó esa noticia, el 2 de octubre de 1904 se publica “Una carta de Aguirre” en la cual el firmante en todo momento se dirige a sus “hermanos, pertenecientes a la Federación” y a los “hombres de honor y de consciencia”. Los textos públicos evidencian que el concepto de obrero—particularmente de obrero federado—es un concepto eminentemente masculino.
Ahora bien, la figura real—no la conceptual—del “obrero” no está circunscrita ni a los hombres ni a los adultos. En 1905, mientras organizaban la huelga cañera de Ponce, la Federación exigía “setenta y cinco centavos como mínimo de salario por nueve horas de trabajo diario para hombres y mujeres de 18 años en adelante; cincuenta centavos diarios para niños y niñas por nueve horas de trabajo, desde los 14 años a 18.”[xi] El contraste entre la realidad y la construcción social de la figura del trabajador de la caña se vislumbra en los informes posteriores de aquellos que van a participar en la huelga, donde se menciona únicamente a los “hombres”.[xii] Si bien las mujeres estaban “organizadas”, sus organizaciones seguían siendo periféricas con relación a las verdaderas esferas de poder sindicales de principios de siglo, sobre todo en la agricultura.
La inclusión y exclusión simultánea y contradictoria de las mujeres es una constante en los textos públicos de las primeras décadas del siglo XX. Volvemos a ver, por ejemplo, el 18 de abril de 1905 que se publican las peticiones de los trabajadores de la caña, solicitando mejor paga para hombres, mujeres y niños de ambos sexos, mientras que en la edición del 4 de junio proclaman la instalación de la Unión de Trabajadores Agrícolas en Guánica, invitando a “todos los trabajadores que se dediquen al cultivo de la caña” para que asistan. Pasa a decir el texto:
“Todo hombre explotado y amante sincero del bienestar de su familia, debe acudir a oír la voz de los hombres que lo sacrifican todo en bien de la humanidad.” [Énfasis mío.]
En un artículo de 1906, firmado por M. García Cortés y titulado “Las Mujeres y el Socialismo”, se pone como modelo al Partido Socialista Internacional para propulsar el “concepto que le merece la mujer como elemento de lucha y de agitación”. En el artículo se critica a “los partidos burgueses” porque “prescinden de su cooperación”, de lo cual podemos deducir y entender rápidamente que la importancia para la FLT de organizar a las mujeres era diferenciarse también en este renglón de los organismos burgueses, objeto de repetidos y férreos ataques en los discursos de la Federación. El paradigma socialista que se plantea exige que “los partidos obreros (...) admit[a]n en sus filas [a la mujer] con iguales derechos que el hombre”.
Ya hemos visto, no obstante, que no son tan iguales las mujeres en las filas de la FLT. Es el mismo fenómeno que se observa en el sur de Estados Unidos con los negros, bajo la fórmula de separate but equal.[xiii] El artículo de García Cortés, por tanto, intenta subsanar tan evidente defecto, describiendo precisamente lo que hace la FLT cual si fuera una acción cónsona con los principios del socialismo internacional:
“los partidos obreros . . . constituyen núcleos femeninos que utilizan hábilmente para llevar la propaganda socialista a sitios donde a los hombres no les es dado penetrar.”[xiv]
Con esta lectura de los textos publicados por sindicatos como el FLT se puede comprender con mayor claridad por qué las mujeres estaban “organizadas” pero no integradas. Su función seguía siendo de apoyo y nunca de igualdad con el resto de los obreros. Desigual resulta también la forma en que las mujeres interactúan con estos valores masculinos en la esfera del trabajo. No son gratuitas, por ejemplo, las referencias periodísticas a “una comunidad en que todos somos hermanos por ley de naturaleza” cuando intentan apelar a las mujeres. El mismo proceso de socialización que privilegia la maternidad en la mujer, que promueve la pasividad como requisito de la feminidad, va gestando entre las mujeres una escisión profunda, ideológica, dentro de ese movimiento sindicalista que llega cargado de referentes de agresividad, violencia, y confrontaciones, los cuales llegan a veces hasta las raíces mismas de la unidad familiar y comunitaria. Al evocar lazos de parentesco, llamando a todos los obreros “hermanos”, se intenta apelar a esos valores que se privilegian en la mujer: la madre cuidadora de los miembros de su familia, madre curadora de sus enfermos en la casa, madre guardiana de las tradiciones culturales, madre eminentemente compasiva.
En 1905, la FLT expresa una clara consciencia de este factor desaglutinante, cuando convoca a las Uniones de Damas a “las campañas de huelgas pacificas”.[xv] Ese modificador pacifista no se encuentra en las convocatorias a huelga dirigidas a los hombres, pero no sabemos a ciencia cierta si es porque las mujeres estaban dispuestas a participar en las huelgas siempre y cuando no fueran actos inherentemente violentos, o porque estaba implícitamente proscrito convocar a las mujeres a algún tipo de actividad sindical en la cual existiese la posibilidad de violencia. Es, en todo caso, un caveat congruente con la estructura social en la que se desenvuelven las obreras. Dentro de esa configuración, su participación laboralsindical no vendrá a afectar o amenazar en forma sustancial sus relaciones con el resto de su grupo social inmediato. En palabras de una obrera cañera de tiempos más recientes:
“No me entra ningún partido. De los partidos de antes (...) que eran los Socialistas y los Liberales (...) entonces mi papá era de los Socialistas. (...) Yo nunca, qué sé yo, no he presentido [sic] nunca, nunca, con ningún partido, mire que no. Porque a mí lo que me gusta es estar unido [sic] con toda la gente. ¿Verdad? Yo le sirvo a uno y que me sirvan a mí, eso es lo único. Sea del partido que sea, no importa. (...) Lo que tenemos que hacer unos a los otros es ayudarnos y nada más. Eso de partidos no. (...) Vivamos en paz. Y lo que tenemos que hacer es, si mi vecino me ayuda yo lo ayudo. No importa el partido que sea. Lo que queremos es ayudarnos. Y así vivir en paz. Por eso es que yo te digo que yo no creo en partidos. Yo creo en que la gente se una.”[xvi]
Encontramos un eco de este sentir en las Memorias de una jíbara puertorriqueña, de Carmen Luisa Justiniano, en donde que “hasta donde mi capacidad podía abarcar, pensé que aquello que llamaban ‘política’ era sucio, cruel, inhumano y corrompido.” Es muy posible que esta diferencia en perspectiva y actitud haya sido uno de los factores que contribuyó en gran medida a que las mujeres en la caña se quedasen fuera de la “gran mayoría de los estudios sobre la clase obrera puertorriqueña [que] concentran su análisis en las relaciones sociales que ocurren en la esfera pública; relaciones de producción, agrupaciones sindicales, partidos políticos y otras instituciones políticas y sociales”.[xvii]
En general, la tendencia que vemos perfilándose en los textos públicos y órganos sociales de las primeras décadas del siglo es la de ir soslayando a la mujer como presencia integral del obrerismo, particularmente la agricultura y—en lo que a este estudio concierne—las labores en la caña. Es así como poco a poco las trabajadoras de la caña también se fueron desdibujando dentro de esas “nuevas formas de acercarse al estudio de la sociedad” que “nos han revelado un cuadro más amplio de nuestro pasado” ya que “dichos análisis toman en cuenta a las clases populares en tanto éstas se vinculan a ciertos procesos sociales específicos; a saber, la participación en el trabajo asalariado, la política partidista y las organizaciones sindicales.”[xviii]
Esto, por supuesto, sin abundar en los méritos de las dirigentes sindicalistas quienes, por ser precisamente mujeres destacadas dentro del movimiento, son excepcionales y no necesariamente típicamente representativas de las masas de obreras en todas las esferas laborales que había en Puerto Rico para principios del siglo XX.
____________________________________
[i] Entrevista con Pedro Medina, colono de San Sebastián y antiguo empleado de la Corporación Azucarera, Central La Plata; 1 de febrero de 1995.
[ii] Azize, Yamila. Luchas de la mujer en Puerto Rico: 1898-1919. [Tesina de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico: 1974. "Medalla Jaime Benitez"] San Juan: Tipografía Metropolitana, 1979.
[iii] Véase, por ejemplo, a Lydia Milagros González y Ángel G. Quintero-Rivera, La otra cara de la historia: la historia de Puerto Rico desde su cara obrera. Vol. I, 1800-1925 (Rio Piedras: CEREP. 1991); Alice Colon, Margarita Mergal y Nilsa Torres, Participación de la mujer en la historia de Puerto Rico (las primeras décadas del siglo veinte. (Wenceslao Serra Deliz, ed. (Rio Piedras & New Jersey: Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico & Rutgers University, 1986); María del Carmen Baerga Santini, ed. Género y trabajo, Op. Cit.; Yamila Azize, ed. La mujer en Puerto Rico. Op. Cit.; y Helen I. Safa, The Myth of the Male Breadwinner. Women and Industrialization in the Caribbean (Boulder: Westview Press, 1995).
[iv] Azize, Luchas de la mujer en Puerto Rico, p. 55. [Énfasis mío]
[v] Ibid.
[vi] La exclusión de las mujeres aparece evidenciada en los textos citados por Azize (Op. Cit.), tanto de obreras como de obreros: e.g., "Si prestáis vuestro concurso voluntario para organizar a los hombres trabajadores, ¿por qué no hacéis lo mismo con las mujeres? (p. 50); "Entendemos nosotras que el socialista que se oponga a que la mujer forme parte del conjunto de las luchas de la vida o que le niegue el libre desarrollo de sus facultades o que le impida concurrir a los talleres a ganarse la vida honradamente, el socialista que haga eso no es tal socialista" (p. 70). Un análisis sencillo de estos textos apunta a un contexto extralingüístico de marginación tanto social como laboral a la cual responde este mensaje, reclamando o incluso exigiendo un espacio para la participación activa de este sector marginado.
[vii] Unión Obrera, 21 de agosto e 1904. [Énfasis de la autora.]
[viii] Unión Obrera. 21 de agosto de 1904.
[ix] Ibid., 18 de junio de 1905.
[x] Ibid., 24 de junio de 1905.
[xi] Ibid., 26 de marzo de 1905.
[xii] Ibid., 18 de abril de 1905.
[xiii] Separados pero iguales." Julián Marías hace una breve comparación de la condición de los negros en el sur de Estados Unidos y la de la mujer en Europa y tal vez más específicamente en España en su obra La mujer en el siglo XX, (p. 123).
[xiv] Unión Obrera, 20 de noviembre de 1906.
[xv] Azize, Luchas de la mujer en Puerto Rico, p. 53.
[xvi] Benita Torres, cortadora de caña en Salinas desde 1972, entrevistada durante una visita a su casa en abril de 1993. La entrevista completa se encuentra en el Capítulo 5.
[xvii] Baerga Santini, ed. Género y trabajo, p. 103.
[xviii] Ibid., p. 92.

4.b. Cuando el capitalismo y el paternalismo se dan la mano: las cortadoras de caña en San Sebastián del Pepino
En la comunidad de San Sebastián se da un fenómeno distinto al de otras partes de la Isla. Aquí las mujeres cortan o han cortado caña con los esposos “porque uno tiene que buscar de qué vivir”, según comenta Luz María, pero haciendo la salvedad de que solamente lo han hecho para “ayudar a sus esposos”, añade Luisa Rodríguez, otra cortadora de caña en San Sebastián.[i] Con esto me dan a entender que nunca lo han hecho por otras razones—como, por ejemplo, tener un ingreso propio. Estas mujeres no cobran por su trabajo. Generalmente es el esposo quien le pide trabajo a un agricultor independiente y el contrato se efectúa por ajuste, es decir, el agricultor o colono le paga al obrero por tonelada de caña cortada, no por día ni por hora. Según me informó Ramón Ruiz Brignoni, colono cañero de la Central La Plata en San Sebastián a quien mencioné en mi introducción, para 1994-95 se estaba pagando a $10 por tonelada. El promedio diario de un matrimonio que cortase caña juntos era de tres toneladas. El hombre traía a la esposa para trabajar los dos juntos, pero era él quien cobra por el trabajo. Ellas picaban, pero no aparecían en nómina. Esto nos indica que ni las nóminas ni los censos reflejan el número real de mujeres que han trabajado cortando caña en Puerto Rico.
Hay una negación colectiva del trabajo que hacen estas mujeres, tanto en su dimensión económica como en la social. La práctica no procede de los colonos. A ellos les da igual que ellas aparezcan o no en nómina. Un agricultor independiente en el barrio Plata de San Sebastián que contrata todos los años al mismo matrimonio aclara esta postura: "Yo hay veces que la pongo a ella [en la nómina] y hay veces que lo pongo a él. (...) Cuando no, los pongo a los dos. Todo depende de lo que ellos me pidan.”[ii] Esta práctica de alternar quién quedaba en nómina posiblemente esté relacionada al pago de impuestos sobre los ingresos de la familia, aunque no tenemos una explicación clara al respecto.
Ahora bien, cuando surge esta necesidad de “esconder” el trabajo de la mujer en los cañaverales, decir que solamente está ayudando y recibir su pago a través del esposo o compañero, tenemos que entenderlo dentro de ese fenómeno puertorriqueño que llamamos “bochorno”. Es la vergüenza, en este caso, de no poder mantener a la familia como se espera del hombre en una sociedad paternalista; es el bochorno de que otros vean a la mujer trabajando fuera de la casa; es la esencia de la masculinidad amenazada. Es de particular agravio que la esposa tenga que trabajar en una tarea tan ardua como lo es el corte de la caña, por lo que se vuelve imprescindible crear ese atenuante: ella “solamente está ayudando” al esposo. Con este subterfugio se salva la masculinidad de él y la feminidad de ella. La mujer no está “trabajando” en el sentido más estricto de la palabra puesto que no está recibiendo un ingreso propio. Es él quien trabaja, es él quien aparece en la nómina. Ella sigue inscrita dentro del papel de esposa que le asigna la sociedad cuando “ayuda”, cuando ofrece el apoyo que el hombre necesita, abnegada al grado de negar ella misma el valor de su esfuerzo, circunscribiéndolo a la periferia de su familia inmediata.
Algunas mujeres llevaban los hijos al campo y trabajaba toda la familia junta cortando caña. En ese sentido, la tarea del campo se convertía en una extensión de las tareas domésticas. Al llegar de regreso a la casa, la mujer cocinaba, bañaba a los niños, aseaba la casa, el hombre por su parte arreglaba los caños, trabajaba en la tala del patio, alimentaba los pequeños—o grandes—animales que estuviesen criando para comer o venderlos. La vida vuelve a la normalidad y nadie tiene por qué abochornarse de haber estado cortando caña.
El desprestigio del trabajo agrícola, particularmente en la caña, tiene sus raíces en la esclavitud, como ya vimos en un capítulo anterior. El puertorriqueño que trabaja en el campo, sin embargo, no le atribuye el problema de la invisibilidad de la mujer en los cañaverales al desprestigio que trajo la esclavitud al trabajo de cortar caña. El responsable, una vez más, es el gran Pater Familia de todos los tiempos: el gobierno.
“Aquí no le supieron dar énfasis a las mujeres, que las mujeres podían hacer... Según se le dio el derecho para que hagan todos los trabajos y den su... y funcionen en el gobierno y todo, pues pueden trabajar en la agricultura. La mujer típicamente ha trabajado en la agricultura siempre, porque Mamita—me recuerdo que mi papa... se iba atrás de él, a ayudarle a alcanzar las habichuelas, a echar los granitos (...) y todo. Todas las muchachas. Y aquí, cuando yo fui capataz, que yo fui capataz de 11 años y tengo 55, también las mujeres bregando.”[iii]
Los hombres del campo hoy en día no asumen responsabilidad directamente por la marginación de las mujeres en la agricultura y más específicamente en la caña, pero no falta quien reconozca—como lo hace Ruiz Brignoni—que las presiones sociales tuvieron este efecto:
“Lo que pasa es que había veces: Mira y quién [está trabajando]... Ave María... que... que el marido te tiene en... Entonces, pues, siguieron creando como un pánico, como una desto en la caña y entonces como que bajaron, pero siempre han trabajao.”
Además de trabajar en las piezas de caña con los esposos, había otras mujeres que trabajaban bajo la nómina de la Central La Plata.
"Había unas de esa parte de ahí, de Cerro Gordo, de Moca [que cortaban caña con los esposos]. Pero... aparte de eso, (...) ya hacen años, bastantes años, había mujeres que trabajaban en la caña y que cobraban su sueldo como cualquiera otro. (...) Aquí, cuando la Central estaba en su apogeo, había unas corporaciones que se llamaban Corporación Agrícola Guajataca... y eran de la Central, (...) y había unas señoras que trabajaban como cualquier hombre... y ganaban su sueldo y se les pagaba el Seguro Social y todo. Sí, yo recuerdo porque yo bregaba en las nóminas. (...) Sería por ahí por el sesenta o el setenta, por ahí.”[iv]
De estas mujeres ya no queda ninguna trabajando. Las que quedan se acoplan al modo peculiar de esta región, acompañando a sus esposos, “ayudándolos” a hacer un trabajo que ellas consideran “de él”. Cortar caña en San Sebastián sigue siendo “un trabajo de hombres”.
__________________________________________________________
[i] Entrevistas con Luz María Ruiz Guzmán y Luisa Rodríguez, cortadora de caña en San Sebastián, Puerto Rico, 2 de febrero de 1995.
[ii] Entrevista con Mariano "Ñito" López Rivera, San Sebastián, 2 de febrero de 1995. Las entrevistas con los colonos y obreros se grabaron y en este trabajo se transcriben en la forma más fiel posible, preservando su expresión oral en la medida en que el texto escrito lo permita.
[iii] Entrevista con Ramón Ruiz Brignoni, 2 de febrero de 1995.
[iv] Entrevista con Pedro Medina, 1995.
4.c. La óptica masculina en la construcción de una historia de la caña en Puerto Rico: Sidney Mintz y Jack Delano
En la historiografía tradicional, la mujer en la industria azucarera durante el siglo XX se ha visto limitada a jugar un papel accesorio, llevándole el almuerzo al esposo, el hermano, el tío, el hijo, el sobrino, o el padre que trabaja en el corte de la caña. Sidney Mintz, por ejemplo, nos ofrece el siguiente cuadro en su obra sobre la vida de un trabajador de la caña;
“Cuando va subiendo el sol, cada mujer comienza a preparar el almuerzo caliente que debe llevar a su hombre en el campo, no importa cuán lejos esté él trabajando. (...) Después del almuerzo los trabajadores toman nuevamente sus machetes. En las casas las esposas se dedican a lavar la ropa. (...) Después de la comida . . . [s]e forman grupos de hombres ociosos frente a los pequeños negocios o en los patios (...) [l]as mujeres se quedan en la casa. (...) Los sábados por la noche, durante la zafra, las puertas delanteras de las casas están abiertas. (...) Allí está la madre lactando a un bebé, con otro dormido en la falda, y quizás un tercero dormido a sus pies...”[i]
En ese y muchos otros tratados sobre el agricultor de la caña en Puerto Rico, la mujer quedó relegada a una función doméstica, una función secundaria de apoyo funcional para el hombre que se desempeñaba en las tareas del campo, y una función reproductiva que se privilegiaba—y aún se sigue privilegiando—conceptualmente en la sociedad puertorriqueña. Esta es la imagen que todavía está profundamente grabada en la conciencia colectiva puertorriqueña sobre la aportación de la mujer a la industria azucarera, amén del trabajo agrícola en general. En las sociedades agrícolas, “la mujer, a pesar de su función irremplazable en la reproducción, jamás interviene como vector de la organización social. Desaparece detrás del hombre: su padre, su hermano o su esposo. Esta condición de la mujer (...) no es natural, sino que resulta de circunstancias históricas cambiantes, siempre ligadas a sus funciones reproductoras.”[ii]
En parte podemos atribuirle este enfoque de las mujeres en la historia de la caña en Puerto Rico a la forma en que se ha ido escribiendo esa historia, en tanto que “[l]a historiografía puertorriqueña tradicional examina y analiza la historia del país a través de las actividades y hazañas de hombres prominentes”, por lo que “las contribuciones de las masas populares—y por consiguiente de la mujer—a la sociedad (...) son invisibles”.[iii]
El trabajo de Sidney Mintz en Puerto Rico sobre la vida en los cañaverales, como el de Manuel Moreno Fraginals en Cuba—para poner otro ejemplo—adolece de una misma desviación interpretativa de los hechos: la óptica masculina. El esfuerzo por sobreponer el etnocentrismo del antropólogo angloamericano que viene a observar y constatar la vida de los puertorriqueños no incluyó un esfuerzo por sobreponer el falocentrismo del antropólogo varón que no ve—y por ende no puede constatar—la presencia y aportación de las mujeres. Esta distorsión no anula el trabajo, pero lo deja incompleto, pues tanto el autor como el lector toman la parte por el todo.
Algo parecido le sucedió a Jack Delano, fotógrafo documental de la vida campesina en Puerto Rico. A una carta que le escribí indagando sobre la posibilidad de que hubiese vista mujeres cortando caña en el transcurso de su trabajo fotográfico en la Isla, me contestó: “Durante los años 1940 tomé cientos de fotografías de los trabajadores en los campos de la caña de azúcar y nunca vi a una mujer cortando caña.”[iv] Curiosamente, los censos nos indican que para 1940 había 970 mujeres trabajando en la caña en zonas rurales y 51 en zonas urbanas. Donde más había era en Arecibo (73), Camuy (55), Yabucoa (37), San Sebastián (36), Ponce (36), Hatillo (34), Moca (33), Rincón (33) y Salinas (32).
Si bien las cifras no son grandes en comparación a la totalidad de trabajadores en la caña, o los números de las mujeres en otras ocupaciones, son significativos en la medida en que nadie las “veía”, sobre todo si consideramos también que para 1950 tenemos 121 mujeres en Yabucoa y 89 en Humacao, por ejemplo, a pesar de que ya la caña estaba entrando en crisis como cultivo prioritario en la economía agrícola puertorriqueña.[v] Para el 6 de octubre de 1953 se afirma en el periódico El Mundo que “la industria del azúcar forma los cimientos de toda la estructura económica del distrito [sur]” y que “[l]as centrales y los colonos son los clientes más importantes de los bancos y los comercios”. No obstante, para 1955 hay confrontaciones y conflictos con las iniciativas de industrialización de Fomento y las iniciativas de salario mínimo de la División Federal de Horas y Salarios, entre otros. Las perspectivas para la industria eran “desalentadoras”[vi] y para el '56 ya había una seria “falta de brazos para las faenas de cultivo, corte y arrimo de las cañas” según James Dietz.
Jack Delano, tal vez más que cualquier otro artista, convirtió al cortador de caña puertorriqueño en un ícono estrictamente masculino, a exclusión de la figura femenina. Durante el transcurso de mi trabajo escuché el mismo comentario una y otra vez, lo mismo en el campo que en la ciudad: si hay mujeres cortando caña en Puerto Rico deben ser extranjeras. Durante esos mismos años que andaba Jack Delano fotografiando la campiña puertorriqueña (1940-50), un trabajador de la caña de Naranjito cuenta que tuvo que trasladarse a Bayamón, Juncos, Las Piedras, Humacao, Yabucoa, e incluso su mismo pueblo de Naranjito, para trabajar en la caña porque “no había más ná”.[vii] Según recuerda, nunca vio mujeres picando caña, sólo vio las que le llamaban “pinche”, que eran las que llevaban agua a los trabajadores, o las que iban a venderles alimentos. “Cuando el tiempo mío ya no había mujeres que picaban caña”, me dice don Alfonso. Pero, nuevamente, los censos dicen otra cosa.
En entrevistas con los empleados de la Corporación Azucarera en Aguirre, Roig y Mercedita, como también los empleados del Sindicato Obreros Unidos del Sur (SOUS) en Salinas,[viii] estos afirmaban con engañosa certeza que “las mujeres aquí no pican caña”. Al insistirles un poco, asegurándoles que las había visto en Salinas, entonces corregían: “Ah, en Salinas sí, pero aquí no.” En San Sebastián también me encontré con el mismo fenómeno. Un colono en un barrio me aseguraba haber tenido muchas mujeres picando caña en sus tierras, mientras otro en un barrio vecino aseguraba que las mujeres “nunca se han preocupado por cortar caña”.[ix] Una y otra vez surge la misma frase, con muy pocas variantes, poniendo de manifiesto esa invisibilidad institucionalizada de la cortadora de caña que nos ha llevado a creer realmente que las mujeres en Puerto Rico nunca han cortado caña. Y es que, como bien señala Jalil Sued-Badillo, hay especulaciones que, a fuerza de repetirlas, se convierten en verdad histórica.[x]
Lo cierto es que para abril de 1994 y febrero de 1995 se encontraban en Salinas y San Sebastián, respectivamente, tal vez las últimas mujeres cortadoras de caña en Puerto Rico. Según los testimonios recogidos hasta el momento de ellas mismas y de personas que han trabajado con ellas, junto a los datos de los censos y lo que indican fuentes primarias, como son los periódicos obreros, siempre ha habido mujeres picando caña en Puerto Rico.
_____________________________________________________________________________
[i] Mintz, Sidney W. Taso: trabajador de la caña. Rio Piedras, PR: Huracán, 1988.
[ii] Meillassoux, Claude. Mujeres, graneros y capitales. México: Siglo XXI Editores, 1987.
[iii] Baerga Santini, Género y trabajo, p. 92.
[iv] Carta de Jack Delano a Janis Palma, 18 de octubre de 1993. [Énfasis en el original.] [Traducción mía.]
[v] Dietz, James L. Historia económica de Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1989.
[vi] Sánchez Cappa, Luis. "Revelan cierre de 2 centrales", El Mundo, 14 de octubre de 1955.
[vii] Entrevista con Alfonso Cabrera, 31 de diciembre de 1994, Naranjito, Puerto Rico.
[viii] Entrevistas con empleados de la Corporación Azucarera y el SOUS en 1993 y 1994.
[ix] Entrevistas en San Sebastián el 1 de febrero de 1995 con ocho colonos de La Plata.
[x] Sued-Badillo, Jalil. La mujer indígena y su sociedad. San Juan, PR: Editorial Cultural, 1989.
Capítulo 5. Las cortadoras de caña cuentan sus historias
Aquí recojo las voces de algunas de las mujeres que conocí entre 1993 y 1995 mientras trabajaban en los cañaverales; unas que todavía estaban trabajando y otras que ya se habían retirado de los campos. Estas son sus historias.
5.a. Benita Torres (Salinas)
Benita Torres tenía 74 años cuando la conocí. Vivía en la Playa de Salinas y era cortadora de caña. Aprendió de su padre, trabajador de la caña, cuando iba a llevarle el almuerzo. Mientras su padre almorzaba, Benita le pedía el machete y lo ayudaba a cortar la caña, o le hacía la calle. Así aprendió, pero no fue sino hasta 1972 que empezó a trabajar por un salario.

Entrevisté a doña Benita en su casa, el día 6 de abril de 1993, después de que ella había terminado sus trabajos en Hacienda Vieja esa mañana. Su día normalmente terminaba a las 2:30 o 3:00 de la tarde, pero por ser Semana Santa los camiones no iban a recoger caña el miércoles, de modo que ese martes la brigada de doña Benita terminó temprano.
Benita Torres nació el 19 de marzo de 1919. Vivió en la playa de Salinas desde que tenía 9 años. Antes de eso había vivido en Aibonito, “entre medio de Cayey y Aibonito, ahí vivíamos.”
Yo nací en Cuyón de Coamo. Entonces nos mudamos pa' intermedio, pa' La Sierra, un sitio que le dicen La Sierra. La Sierra queda entremedio de Aibonito y Cayey. Es un barrio, no es un pueblo.
Entre 1919, cuando nació Benita, y 1928, cuando se mudó a Salinas, su padre trabajaba en Aguirre y ella vivía en Aibonito con su mamá.
En antes tenía torres Cayey, entonces ahí, entremedio era que vivía. Entonces Papá picaba caña... aquí. En Salinas. Y yo me quedaba allá con mi mamá. Y fui a la escuela allá, bien lejos. Entonces después, mi papa encontró tan incómodo salir los viernes a llevarnos compra allá, entonces pa' virar pa' atrás y picar caña el lunes. Pues el cogió, intentó traernos y nos trajo. Entonces nos quedamos en la Colonia Carmen.[i]
Benita explicó que su papá hacía la compra en “la tienda de los americanos”, es decir, la tienda de la Central. La estructura de esa tienda todavía estaba en pie para 1995 y en un momento dado la usaron para oficinas. No obstante, había planes de derrumbarla porque estaban vendiendo las tierras donde se encontraba la antigua tienda de la Hacienda Carmen.
Recuerda haber ayudado a su padre en los cañaverales:
“Porque yo cuando era pequeña que tenia como 11 años yo le llevaba a Papá el desayuno y el almuerzo porque era lejos. Y yo iba y le quitaba el machete a él y le ayudaba. Le quitaba el machete y en lo que él almorzaba yo le ayudaba. Y después cogía a regar abono y no podía sola con media latita de esas de galletas ‘esporsoda’. Y yo era una pibe así. Pagaban diez chavos [ríe]. A veces que lo regaba eran dos lonas, veinte centavos.”
Por este comentario voy entendiendo que doña Benita está haciendo trabajos en la caña desde que era una niña.
“Yo siempre, siempre, desde pequeña... me gustaba trabajar trabajo bruto. Y iba y, 'Papi, toma, desayuna. Dame acá el machete.’ Y me iba. Y en lo que él desayunaba yo le iba picando una calle.”
Para esos momentos doña Benita no veía otras mujeres haciendo ese tipo de trabajo.
“No había más nadie. Solo que yo le quitaba el machete... pues yo le cogía por ahí pa' abajo y le sacaba un canto de la calle. El mayordomo cada vez que me veía decía, ‘toma el machete’. Y yo, ‘dámelo acá’.”
Al irse a vivir a la Colonia Carmen, narra doña Benita,
“Nos dieron un cuartito pa' nosotros meternos y ahí nos metimos. Hasta que, entonces Papa cogió y vendió el terreno que tenía por allá y compró esto aquí. Pero esto no era del señor que se lo vendió. Esto era de don Guillo [Guillermo] González, que se murió. Entonces, ¿qué fue? Que Guillermo González le arrendó al Municipio. Entonces vino el Municipio y cogió todo lo de Papá también. Pues entonces, la suerte de Dios que, como vivíamos ahí mismo, ahí mismo nos dejaron un solar. Pero un solar na' más, pero el terreno de nosotros era desde allá, en aquella casa, hasta por allá, otra casa más. Tó' esto era de Papá. Entonces se lo reducieron a un solar, que era el que nosotros vivíamos. Entonces ahí compartieron todos los demás y se los dieron a la gente. Porque se lo arrendaron al Municipio y todavía está arrenda'o. Ya no, porque el señor murió y entonces esto lo dejaron pa' que se lo repartieran a los que debían por un peso, tú sabes, le dieron título por un peso. Pero como el Municipio no hizo nada... Todavía no nos han da'o el título de este terreno aquí.”
Doña Benita describe a su padre como un hombre pequeño—“parecía un enanito”—pero “rabioso”. Aunque recuerda que “siempre estaba pendiente a los hijos”. Mientras estuvo trabajando en Salinas y la familia vivía en Aibonito, doña Benita explica cómo vivía el papá:
“El mayordomo donde le daban el trabajo tenía una ranchera. En esa ranchera, a los que venían de lejos los ponían a dormir. Y mi papá era uno que dormía en esa ranchera. Entonces eran unos catrecitos que habían chiquitos, que se cerraban (como los militares.) Ahí dormían."
En la casa donde vivía doña Benita cuando pequeña dormían en unas camas que les decían “pisicorre”.
“Pisicorre eran unas camas, tú sabes, que tienen una cabecera allá y otra acá, entonces de noche se abría. De día se trancaba. Se echaba pa' acá y se ponía en una esquina. La casa tenía sólo dos cuartos, el cuatro del matrimonio y entonces todos los demás dormían en el otro cuarto.”
Aproximadamente para la década de 1930, cuando la industria azucarera estaba en su mayor crisis y la economía de Puerto Rico sufría los efectos de la Gran Depresión[ii] la familia de doña Benita vivía en condiciones difíciles de imaginar.
“La casa de mis papás era de cajones. Unos cajones grandes que venían, que traían mercancía. Y eso era la casa de mis papás. Y entonces arriba era el techo de cartón. Y el piso de cantos de cajones, también. Los cajones eran unas cajas grandes que venían, en la fábrica de aquí [Aguirre] venía todo el material en cajas grandes, en la fábrica. Entonces esas cajas, pues, las botaban y nosotros, la gente, las recogía y las hacían casitas.”
Cuenta doña Benita que mucha gente vivía en casas de cajones.
“Éramos bien pobres, bien pobres. Porque no se ganaba mucho. Una miseria, pa' ese tiempo. Cuando papá picaba caña se la pagaban a siete centavos la vara. La vara era de aquí a allá. Si pasaba de cien, pues, tenía peso y pico.”
En otra conversación con un cortador de caña en Rincón de cerca de 80 años de edad, me explicaba que una “vara” era exactamente eso, una vara que traía el capataz para medir. El capataz tiraba la vara al suelo, luego con una punta en el suelo levantaba la otra para adelantar su extensión y así sucesivamente, contando la cantidad de caña cortada en las filas que iban dejando los cortadores. Según el conteo se le pagaba al picador de caña.
A diferencia de aquel entonces, la casa donde vive doña Benita ahora es de cemento, aunque originalmente era de paja. Con la ayuda monetaria de sus hijas fue ahorrando dinero para comprar materiales y con la ayuda de su hermano, que es carpintero, ella misma fue arreglándola. Su salario para 1993 era de $3.31 la hora, en comparación al de su padre durante la década de 1930, que era de seis a ocho dólares a la semana.
Doña Benita estudió hasta el tercer grado. A pesar de que hay órdenes militares vigentes hasta la década de 1940 imponiendo la enseñanza en inglés en las escuelas públicas de Puerto Rico, a Benita le enseñaban en español. El inglés lo estudió siendo adulta.
“El inglés aquí lo cogí yo con una maestra que daba clases de noche, tres meses. Porque entonces daban clases de noche a los adultos, entonces pues... yo no tuve sino hasta tercer grado. ¿Qué uno podía aprender? Entonces, pues, cogí tres meses de inglés, pero como ya era adulta casi no pude aprender casi na'. Casi na'. Y el inglés de aquí no es igual.”
Cuenta también que en su casa eran muy estrictos con ella.
“Nosotros vinimos a tener una poquita de soltura y eso, así con los muchachos de la vecindad que estaban cerca de nosotras, muchachas. y en antes no había esta malicia que hay ahora. En antes el muchacho y la muchacha podían estar juntos, jugando y todito eso y pa' allá y pa' acá y el muchacho nunca se atrevía decirle nada, nada a las muchachas que estaban con ellos. No es como ahora. Ahora sale un muchacho con una muchacha, bendito, cuando vira pa' atrás no se sabe lo que es.
Ahora sí, que a nosotras nos daban de tiempo hasta las nueve de la noche. Jugar con cualquiera de las amigas que teníamos y eso. Pero a las nueve ya teníamos que estar en casa. De ahí pa' abajo no nos querían en la calle. Eso es, por eso yo te digo que qué cambio se ha da'o... desde aquel tiempo.”
Hablamos un poco de las diferencias entre la juventud de antes y la de ahora. Doña Benita se preocupaba de que vinieran muchachas buscando a sus nietos adolescentes y ellos aún no estuviesen preparados para asumir responsabilidades de adulto, como la paternidad. Explica ella:
“En antes el muchacho que le hacía eso [embarazar a una mujer] tenía que cargarla, recogerla. Eso es la cosa así, que no es eso de dejarla por ahí abandoná. Que no. El muchacho tenía que cargarla. Y qué sé yo, los muchachos hoy en día tienen un algo, qué sé yo, que no era igual que los de antes. No. En antes había más respeto. En antes un padre le decía a un hijo 'no te muevas de ahí', no se podía mover. Pero dígaselo ahora. Le dice 'no te muevas de ahí', ¡eh! Allá fue a tener el muchacho. Y si el papá se le pone un poquito fuerte le faltan el respeto. Le faltan el respeto al padre.”
Le preocupaban también las leyes para proteger a los menores cuyo resultado pueden ser que los padres vayan a parar a la cárcel.
“Antes no había que darle pelas. Antes el padre... con mirar y hacerle así [mueve el dedo índice en amonestación] con eso tenía. No, no, no... si no tenía ni que darle. No, no... Y si el hijo se ponía un poco [malcriado] esperaban que se iba la persona que estaba en la casa y le daba su fuetiza. Sí... Pero el hijo respetaba.”
Benita tuvo dos relaciones de convivencia. Del primero, quien ya falleció, cuenta que lo conoció “yendo a buscar agua en la cabeza”.
“Porque entonces no había agua en las casas, había que ir a una pluma pública y había que, en un barril que había, uno echaba agua. Unos barriles que venían antes de balacao y eso. Entonces adentro se le echaba un cemento. Y ahí se guardaba el agua de todo el día. Entonces nosotras cogíamos y esperábamos que se vaciara el barril [ríe], lo lavábamos bien y entonces nos íbanos a buscar agua a la pluma. Y allá era que nos veíanos. Entonces era [con] un latoncito en la cabeza, lo echábamos en el barril y volvíanos pa' atrás. Y ahí entre latoncito y latoncito hablábamos. Y así es.
Así nos conocimos. Yo nunca fui casada por eso. No... en antes por eso era que casi no había bodas. Tenían que irse, si no... Porque boda no había. No, no. Porque no se atrevían traer a un hombre a la casa ni por nada. No se atrevían decir 've a casa, a en casa 'e mi pai'. ¡Mira, deja eso! Eran demasia'o de estrictos en antes. No es como ahora."
Doña Benita describe su casa cuando se fue a vivir con quien ella llama su primer esposo, aunque entendemos que nunca se legalizó su matrimonio. Era una casa de madera, “pero una madera vieja ya”, con techos de cinc y pisos de madera.
“Porque el primer esposo mío vivía en una casa que estaba vacía, porque él ya no vivía con los papás. Entonces pues, en una casa que estaba vacía, pa' ahí fue que el me llevó. Una casa de dos cuartos y tenía cocina, sala, luz... No, luz no, porque antes aquí no había luz. [Alumbraban] con quinqué, gas... Con quinqué y poco. Eso era lo que teníanos. Entonces cocinábanos con leña y carbón. No había gas fluido, no había nada de eso.
Tuve dos hijas de él. Son las primeras hijas que tuve, que están en Nueva York. Una se llama Carmen María. Otra se llama Natividad. Entonces él murió.”
Su segundo esposo, Ernesto Rivera, era pescador. Fue el padre de las otras dos hijas y los dos hijos de doña Benita. Mientras estuvo casada ella no trabajó fuera de la casa. Vivían de la pesca de su esposo, aunque hubo una época en que Benita también salía a pescar.
“Yo cogía una yola, iba por ahí pa' abajo por la mar a'entro, bogando. Yo bogaba sola. Cuando hacía eso yo tendría como 25 años o 30, por ahí. Sí, yo bogaba, iba y buscaba leña y hacía carbón.”
Aquí ya vamos viendo cómo se perfila una mujer extraordinaria, sin ánimo de subvertir los papeles asignados a cada género, pero tampoco limitada por ellos. Benita pescaba para comer, no para la venta.
“Pescaba de anzuelo. Jueyes pescábamos también. Pero era cuando antes había bastante. Ya no. Ya después los jueyes como que los cogían pequeños y se fue terminando. Ahora pa' encontrar un juey bueno ahora tu... 'chacho, pasas las mil y una noches buscando un juey bueno. En antes no, antes esos jueyes eran así, grandes y uno se iba por ahí por esos montes... Porque ellos corren, es más, donde yo vivía en una casita aquí mismo, antes, y era de paja, cobija de pencas. De esas ramas, de pencas de palma. Y ensetá de una que le dicen hinea[iii] que había ahí. Entonces de eso era ensetao y se me subían arriba. Cuando yo sentía ‘traque-traque-traque-traque’ busca, que los jueyes me estaban subiendo arriba. Si, se subían arriba. Pero yo no los dejaba. Yo los velaba y dondequiera que estaban... ¡’endito! Esos los amarraba yo. ¡’Endito, ese no se iba! Ese lo cogía. Pa' la olla... ese no se iba, no.”
Cuando doña Benita se separó de su segundo esposo, su hijo más pequeño tenía dos años. Fue por ese motivo que ella tuvo que irse a trabajar fuera de la casa, “pa' criar mis hijos”, dice ella. Cuando el menor tenía aproximadamente dos años, sus dos hijas más grandes la ayudaban con el cuido de los más pequeños para que doña Benita pudiese irse a trabajar.
En cuanto a sus hijos, cuenta doña Benita que tuvo a todos sus hijos en la casa excepto el ultimo. Venía una comadrona a ayudarla con el parto. Hablando de cómo eran los partos con comadrona, dice ella:
“Pues los partos eran buenos, no sé... si esto de que enfermedades y eso, yo nunca padecía de nada. De nada. Fíjate que el primer hijo que tuve varón se me ahogó porque estaba sola dando a luz y salió de pie. Nació de pie. Y cuando llegó aquí [a los hombros] tenía que tener ayuda y estaba sola.”
Todavía para ese entonces doña Benita vivía con su primer esposo y su primera hija, que tenía tres años aproximadamente. Su esposo no estaba en la casa cuando sobrevino el parto.
“Entonces ahí mismo... mandé a buscar a mi hermana, pues entonces ya el niño estaba nacido hasta aquí. Entonces en lo que mi hermana fue a buscar una comadrona y eso pa' que me ayudara... se me ahogó.”
Doña Benita tuvo seis hijos vivos. Todos sobrevivieron sanos. Las cuatro hijas vivían en Nueva York para el momento de la entrevista, los dos varones vivían en Puerto Rico. Los hijos trabajaban en la caña también, en el virador.
“Eso es los que cogen los vagones y los 'erraman en el tró [truck] pa el tró llevarlos a Merceditas.”
Dos de sus nietos vivían con ella en ese momento. Cuando la mamá de los niños se fue a Nueva York, a ninguno de los dos muchachos les gustó, de modo que “se vinieron conmigo y dejaron la mamá sola allá”, explica doña Benita. De sus nietos me contaba:
“Ellos siempre están encima de mí. Desde chiquitos siempre están apega'os a mí. Los primeros nietos, uno es sordomudo y yo lo crié. Después vino otro, que esta allá afuera también y yo lo crie. El sordomudo lo cogí de tres meses... se fue después que tenía como 16 años. Porque aquí hubo clases pa' sordomudos y después eliminaron las escuelas. Entonces yo lo tuve en Aguirre hasta que el tuvo un grado bajito. Después de ahí lo mandé a Ponce. Entonces, después de Ponce ya no había más grados para él. Entonces el dijo que iba [Benita hace señas con las manos para indicar “dinero” y “volar”]. Y yo le dije, pues, ya eres grande. Ya puedes hacer [Benita hace otra seña para indicar “vete”.] Entonces se fue con la mamá.”
Siguió contando la historia de sus nietos:
“Entonces tuve otro después de él, que lo cogí de tres días, también. Ese lo cogí de tres días. Porque fue la mama y parió en el hospital y del hospital yo fui la que fui a recoger ese muchacho... y me lo traje. Entonces ella... cuando tenía seis meses el nene... se fue pa' allá afuera porque aquí no había ambiente y se fue. Me lo dejó. Y yo lo crié. Cuando tenía 16 años también se fue pa' allá afuera.”
Añadió que los padres de esos niños tenían otras esposas en esos momentos, no estaban con la madre de sus hijos. Según doña Benita, eso sucede con bastante frecuencia en su barrio y hay “muchos muchachitos por ahí botaos, que no viven con las mamás”. A raíz de esto me expresó algunas de sus ideas sobre la criminalidad.
“Yo encuentro que ese también es el desprendimiento que hay, de tanta maldad en los muchachos, ¿verdad? Que se sienten solos, sin cariño ninguno y sin una mano fuerte que los atraiga. Porque mientras está el muchacho pequeño, olvídate que ahí no hay peligro. Cuando empieza de los 15 años para a'lante, ahí es. Que el muchacho se desarrolla, que me voy con el amiguito, que me voy con aquel, que me voy... Y si aquel lo tienen realengo por ahí haciendo maldades, pues el tuyo también lo hace.”
Benita Torres cuenta con mucho orgullo que recibió un homenaje del Sindicato de Obreros Unidos del Sur como “Madre Ejemplar”. “[El Alcalde] llamó a Chepito, que tenía que tener una Madre Ejemplar también en la playa y entonces me escogieron a mí.” El texto de la placa dice:
Benita Torres Rivera
Madre Ejemplar
ha sido escogida como símbolo de la abnegación maternal
Eres digna de este homenaje
Sindicato Obreros Unidos
Salinas, Puerto Rico
13 de mayo de 1990
Otra placa que ocupa un lugar prominente en la sala de su casa lee:
A Dona Benita Torres
Digna Representante de
la Mujer Trabajadora y
Madre Ejemplar Nuestra
Sindicato Obreros del Sur
Chepito Caraballo, Presidente
Una tercera placa dice:
Benita Torres
Sindicato Obreros del Sur
Madre Ejemplar y Digna Representante de la Mujer Salinense
Club Abeynos, Inc.
Saturno Díaz, Presidente
Rita Sánchez, Secretaria
Doña Benita añade, a modo de aclaración, que Saturno Díaz fue hijo de un Alcalde y era para ese momento Consejero del Hospital de Salinas. Además de los homenajes, que abundan en su casa, tiene también una foto suya con el entonces gobernador Rafael Hernández Colón, el Alcalde de Salinas y "Chepito" Caraballo. Y por si todo esto fuera poco, en la Ciudad de Nueva York le hicieron un homenaje en el Parque Central, donde estuvo con el Alcalde de esa ciudad. La placa que le entregaron dice:
Fiesta Folklórica Puertorriqueña de Nueva York
Honra a Doña Benita, Madre de la Caña Puertorriqueña
por su aportación y defensa en pro de nuestra cultura
y tradiciones del Pueblo
26 de agosto de 1990, Parque Central
Lucy Rivera, Presidente
“¡Ah, yo fui allá—recuerda con alegría—y ese homenaje que me hicieron en la Alcaldía de Nueva York... tremendo!”
Antes de trabajar en los cañaverales, dona Benita trabajó en os restaurantes de Salinas, que eran muy famosos por toda la Isla.
“Antes yo estaba trabajando en los restauranes. En todos los restauranes de aquí de la playa. Yo cogí Ladí's Place, yo cogí El Capitán... Ladí, ella, era bien famosa. Pues yo estuve coma cinco años trabajando con ella. En la cocina. Después dejé Ladí's Place y me vine pa'l Capitán, que todavía está. Después dejé al Capitán y me fui pa'1 Roble, que queda más arribita, que era Gelina. Entonces dejé a Gelina y me fui pa' en casa de Paula's Place. Entonces cogí y como me cansé de estar en la candela, como quien dice, yo dije 'no'. Y 'taban cogiendo mujeres en la pieza 'e caña y yo dije 'me voy pa' la caña'. Y me fui pa' la caña.
Entonces, pues, yo me fui a la Colonia porque allí no me llenaban papeles, no me decían ‘¿por qué vienes a trabajar?’ Ni nada. Sólo que yo fui, pegué a trabajar, me apuntaron y más ná'. ¿Qué más?”
En una ocasión que intentó conseguir trabajo en una fábrica, no pudo por falta de destrezas. “Yo traté y me pusieron a coger un ‘training’ y no salí”, explica doña Benita. “Porque aquí exigen una cantidad de [requisitos] también y entonces, pues, yo dije, ‘no, no voy con la fábrica.”
Fue en 1972 que Benita Torres comenzó a trabajar en la caña. A diferencia de los hombres como su padre, que tenían quien les llevara la comida el campo donde estaban laborando, Benita siempre llevó su propia comida desde la mañana cuando salía a trabajar. También se transportaba ella misma de su casa hasta el campo donde iba a trabajar y llevaba a su cuñado, quien era un poco mayor que ella, aunque hubo una época en que tuvo transportación al trabajo proporcionada por el patrono.
“Primero teníamos, antes [entre 1972 y 1974 según recuerda], había una guagua de la Corporación [Azucarera] que nos llevaba. Tú sabes, nos daba traslado. Pero entonces, pues, después cuando la Corporación soltó la caña [a los Colonos]... pues entonces tuvimos que buscar nosotras mismas transportación. Entonces ahí, a lo bruto, aprendí a guiar. Ahora digo que ya pronto no me dan ni la licencia, porque tengo 75 años y no me van a dar licencia de allá. Si, porque a uno le dan licencia hasta esa edad. Ahora mismo si salgo, yo salgo de día a donde quiera, pero de noche yo no puedo guiar.”
Calcula Doña Benita que “ya hace como siete años[iv] que los Colonos cogieron la caña. Entonces, ahí vendieron todo. Las guaguas, vendieron los troces que tenían de llevar la gente, bueno... lo de entonces, to' el mundo tenía que buscar transportación. Pagarle a un carro o si no tener de la propiedad de uno.”
Durante el invernazo, cuando no había zafra, dona Benita recibía beneficios del Seguro Social. No todos los trabajadores de la caña pueden acogerse a esos beneficios, por lo que la mayoría recibe compensaci6n por desempleo. Le pregunté a doña Benita que sucedía cuando su papa trabajaba en la caña y terminaba la zafra.
“En antes había zafra siempre. No había zafra, pero había caña. Porque después de la zafra se siembra, ¿sabes? Ahora se está cortando, ¿verdad? Pero dispués, cuando se acaba de cortar la que se va a usar pa' azúcar y eso, grande, entonces empiezan a sembrar. A sembrar. Entonces ahí se le da trabajo a las personas sembrando, Y a otros regando, a otros sacando yerba de la caña, tú sabes. Y algunos jallan, otros no. Yo desyerbé mucho, regué abono, saqué bejucos, saqué yerba. He hecho de todo.”
No por eso deja de haber escasez. La distribución del trabajo, según Benita, era irregular:
“Entonces le dan dos días y tres días [de trabajo] nada más, porque entonces turcean la gente. Somos muchas. A unos le dan tres, a otros le dan dos, así. Hasta que pasa la semana y la otra semana le dan a otros y después a otros y así. Pa' sustento, como se dice.”
Doña Paula Galarza, otra trabajadora de la caña en La Colonia Carmen de Salinas corroboró lo que relataba doña Benita: “Los trabajos son para los escogidos.” Don Carlos Benvenutti, cortador de caña en Salinas, participó de la conversación: “Trabajo hay. Hay suficiente, lo que pasa es que ellos recortan tanto y tanto que donde tienen que poner diez ponen dos. Y los que ponen son los de ellos, los niños. Así es que hay que hablar.” Dona Aida reafirma, “Por eso, los escogidos y los preferidos de ellos.” Don Carlos finaliza, “Entonces, los demás que se vayan a andar, a coger desempleo. Esto nunca se arregla.”[v]
Benita nos presenta un cuadro de la situación que enfrentan muchos obreros, desde su punto de vista:
“Las personas que más trabajan son en la caña, porque la juventud no le gusta trabajar en ningún sitio. Pero los de edad, pues se meten a la caña porque ahí ellos pueden trabajar. Porque un señor que tenga como 50 años en ninguna fábrica lo cogen. No lo cogen porque tiene que llevarle miles de papeles y después tampoco, no tienen tampoco conocimiento de lo que van a hacer. Además, aquí hay muchos analfabetos que nunca han estado en la escuela. Y aunque no haigan esta’o en la escuela pican caña. Porque no se necesita la de'so de la escuela.
Entonces, los papás que al menos han picao caña tienen sus hijos y también los van entrenando, metiéndolos también a la caña. Se va la caña. Por eso te digo que no sé por qué quitan la caña. La caña da muchos, muchos productos. De la caña, el ron, el dulce, el cartón, to' eso nos da la caña. El bagazo pa' cartón, la miel pa'l ron, la azúcar, que es la que nosotros tomamos, más el dulce, los dulces que hacen. La caña da mucho provecho.”
En esos momentos se rumoraba entre el personal de la Central Mercedita y del Sindicato de Obreros Unidos del Sur (SOUS)—la unión que representa a los trabajadores de la caña—que iban a cerrar la Central Mercedita[vi] y, de ser así, dejarían de cultivar la caña en el área de Salinas y Santa Isabel porque sería demasiado costoso transportarla hasta la Central Coloso en Aguada, donde habría que llevarla a procesar. Hay un gran pesimismo entre los trabajadores de la caña en el sur ya que no tenían una alternativa real de trabajo.
Cuenta doña Benita que ingresó a la unión “cuando empezó el Sindicato.” El SOUS logró su primer convenio colectivo en 1961 bajo la tutela del United Packinghouse Workers of America - C.I.O., como el Sindicato Azucarero. Pero cuando doña Benita habla del comienzo del Sindicato, no se está refiriendo a la fecha de fundación del SOUS sino a una aparente escisión entre el fundador y su hijo.
“Entonces el Sindicato no era de ese muchacho. Era del papá, que le decían José Caraballo. Era el papá de él... de Chepito. Entonces él era el del Sindicato. Ese señor fue fenómeno. No sé por qué el hijo no salió a él. Pero...”
José “Chepo” Caraballo es un héroe entre los trabajadores de la caña que pude entrevistar en Aguirre. Según lo describe Carlos Luis Torres Santiago:
“‘Chepo’ Caraballo [vino] al mundo el día 26 de septiembre de 1914 en el Barrio Diego Hernández de Yauco ... desde muy joven se dedicó a las faenas agrícolas y al comercio y más luego pasó a ser empleado de la Central Aguirre de Salinas. En dicha central azucarera en el año 1941 se inició ‘Chepo’ Caraballo en las luchas obreras como delegado de la Unión de Factoría de la Central. Era tal su liderato que en el año 1944 fue electo presidente de la unión, cargo que ocupó hasta el año 1952. Su entusiasmo por la sindicalización de los obreros lo movió a organizar 63 uniones laborales.
En el año 1961 'Chepo' Caraballo organizó el Sindicato de Trabajadores Unidos del Sur, que presidió hasta su muerte. La organización cuenta actualmente con unos 17,000 miembros activos e inactivos gracias a la dedicación y al esfuerzo de su fundador.
Cuenta asimismo dicha unión con cuatro farmacias organizadas por ‘Chepo’ para beneficio de los unionados y de sus familiares y con un Templo del Trabajo que se construyó bajo su entusiasta liderato, localizado este en el Municipio de Salinas.”[vii]
Por otro lado su hijo, “Chepito” Caraballo, no goza de la misma reputación y aceptación entre los trabajadores de la caña. Los obreros y la unión estaban el medio de un litigio por un dinero que el Sindicato les debía y no les había pagado. Dona Benita, sin embargo, demuestra una generosidad de espíritu muy grande.
To' el mundo no puede ser perfecto. Eso es la verdad. Pero el papá era una gran persona. Yo lo ocupaba a ese señor... bueno... y la señora que tenía último, que era la secretaria también, era muy amiga de nosotros. Ella vivía por ahí [en el mismo barrio de doña Benita].”
No todos son tan generosos. Carlos Benvenutti, con quien ya habíamos conversado, ofreció una perspectiva muy diferente.
“Tenemos unión y no tenemos ninguna, pa' los efectos. Porque la unión esta en corte y no nos respalda, hasta la fecha. Un dinero que tenía que pagar a nosotros, un promedio como de diez millones de pesos que no aparecen, que nos tenían que pagar, de beneficios que una vez en Fortuna nos paraban to' los días con cuatro y cinco horas y se reclamó y se ganó la demanda y todavía es la hora que no la han pagao. Nos aumentaron una peseta en un año, treinta centavos en otro y treinticinco en otro y tampoco nos lo pagaron. To' eso está acumulado. Entonces teníamos el sube y baja de la bolsa. Cuando subía el azúcar nos daban unos chavos a nosotros, pues mire también nos lo recortó. Teníamos los días de fiesta que si los trabajábamos eran doble, también nos lo recortó. A espaldas del trabajador.”
A doña Benita le descuentan $5.00 de su paga semanal por concepto de cuotas del Sindicato. Adelina Rivera, secretaria de la oficina de Salinas, nos cuenta que al principio la unión no quería aceptar a las mujeres entre sus filas. Creían, según ella nos explica, que las mujeres le iban a quitar el trabajo a los hombres. Esta actitud contrasta con la que se ha documentado en la literatura sobre el movimiento obrero en Puerto Rico, donde una y otra vez nos indican que “[o]tro factor importante en el proceso de incorporación de la mujer al movimiento obrero son las campañas y presiones que el sector obrero masculino, ya unionado, dirige a la mujer instándola a unionarse.”[viii] Valga la aclaración de que el trato que pude observar en el campo y por las mismas expresiones de las cortadoras de caña con quienes hablé, las actitudes ya habían cambiado. Se puede decir, incluso, que los cortadores de caña sentían una gran admiración por sus compañeras. Uno de estos compañeros comentó, “¡Había una brigada de mujeres que picaban caña que se acabó! ¡Diablo, aquellas mujeres picaban caña!”
Además, el mismo Sindicato le estaba ofreciendo a las mujeres la opción de trabajar cortando caña cuando no había trabajo en otros cultivos. Por ejemplo, Aida González, quien había estado trabajando en el corte de caña desde el 10 de marzo de 1973, empezó porque “no encontraba trabajo en otro sitio y entonces me vine acá y me aceptaron aquí. Por la unión.... o sea, yo vengo desde Santa Isabel, desde allá, que estaba trabajando en frutos menores.”[ix] Cuando se integró a esa brigada, Aida aprendió mirando a las otras mujeres cortar caña.
Según recuerda doña Benita y otros cortadores de caña, para el 1978 hubo una brigada que eran todas mujeres. Benita Torres formó parte de esa brigada y otro de los cortadores indicó que la brigada había estado en Santa Isabel. Doña Benita era la única de esa brigada que quedaba trabajando para esa zafra de 1993, pero había otras cuatro activas todavía, aunque no eran de la misma brigada. En la brigada de doña Benita este año ella es la única mujer. Los demás eran hombres.
Cuando existió la brigada de mujeres, cuenta doña Benita que,
“venía una guagüita de esas de doce personas y las otras venían en carros que las traían los esposos, las traían los hijos, así. Y quedamos seis [vivas]. Las otras se fueron echando pa' atrás, pa' atrás... Hay unas en Nueva York, hay otras que están en las casas que no han querido ir a trabajar más. Hay una viejita que ya tiene como 70 años, que es bajitita, chiquita, también, y hay veces que va y no le dan sólo dos días porque es demasiado de fuerte pa' ella. Porque, ve, picar caña no es cascara 'e coco.”
La brigada se fue reduciendo porque las mujeres dejaron de ir a trabajar, se retiraron, o murieron. La paga, me explicaba doña Benita, siempre ha sido igual porque “el mínimo es igual. El salario es lo mismo, no importa que sea mujer, que sea lo que sea, tienen que darle ese salario igual que los hombres.” Esto, claro está, ocurre a raíz de reformas legislativas que prescribían un salario mínimo para todos los trabajadores. Algunos recuerdan que eran como 80 las mujeres en aquella brigada, aunque Adelina Rivera e Iris Carrasquillo, de las oficinas centrales del SOUS en Salinas, dicen recordar que “no habían tantas [mujeres]”. Otros trabajadores de la caña recuerdan que eran como 50.
Una brigada puede llegar a tener hasta 100 personas cuando la zafra está en plena actividad. Ni el Sindicato ni la Corporación Azucarera tienen información estadística sobre las mujeres de la brigada de Santa Isabel. Para tener las cifras y las estadísticas sobre las mujeres que han trabajado en la caña es necesario recurrir a las nóminas de la Corporación Azucarera, una a una, intentando identificar si los nombres son masculinos o femeninos, ya que a principios de siglo había nombres como Carmen, Guadalupe, Mercedes, que lo mismo se los ponían a niños que a niñas. Además, no todos los colonos entregaban sus nóminas. Según ellos mismos me indicaban, algunos simplemente contaban con “palitos” y le ponían el dinero en un sobre al trabajador o la trabajadora, desglosando los descuentos, sin anotar nombres. En todo caso, ese estudio queda pendiente. Cabe mencionar que durante la entrevista telefónica con Ángela Cruz, de la Oficina de Presupuesto de la Corporación Azucarera, supe que también hubo algunas mujeres colonas.
Doña Benita piensa que las otras mujeres que han trabajado en la caña “parecen que eran personas que no jallaban otros trabajos. Y eso es lo malo. Pa' uno conseguir trabajo antes eso era mil problemas. ¿Qué te digo? Lo único que [había era] los restauranes y fíjate.”
El trabajo en los restaurantes es algo que doña Benita considera más fuerte que el trabajo en los cañaverales, además de pagarle menos.
“A veces que yo estaba trabajando y lo que me daban eran 25 pesos por la semana. Y ni me sacaban Seguro Social ni me sacaban nada. Por eso es que el Seguro Social me cualificó tan poco. “Fíjate, hacen más de 18 años que estoy trabajando y lo que me cualificó fueron cinco años nada más. Me estaban descontando, yo no sé qué pasa con el Seguro Social.” [x]
Hablando sobre el ambiente político en el país, decía doña Benita que a ella no le gustaba la política. Tiene unos conceptos muy particulares al respecto.
“No me entra ningún partido. De los partidos de antes lo único que mi papá era, era, cuando, ea, diatre, si esto... ustedes no habían nacido, que eran los Socialistas y los Liberales. Antes, que decían. Por allá, pues entonces mi papá era de los Socialistas. Y nosotros nos gustaba averiguar y arrancábanos con él. Pero como si ná, porque nosotros no entendíanos lo que decían. Éramos pibes, yo y mi hermana, pero éramos pibes que no sabíanos lo que es eso de partidos ni ná d’eso. Lo que nos gustaba era estar metidas en las reuniones. Yo nunca, qué sé yo, no he presentido nunca, nunca, con ningún partido, mire que no. Porque a mí lo que me gusta es estar unido con toda la gente. ¿Verdad? Yo le sirvo a uno y que me sirvan a mí, eso es lo único. Sea del partido que sea, no importa. Porque hay gente que se pone ‘dime que te diré, que si tú esto, que si tú esto, que si tú esto...’ Pero ¿por qué? Lo que tenemos que hacer unos a los otros es ayudarnos y nada más. Eso de partidos, no. Yo miro que los gobernadores se insultan. Se dicen miles de cosas, ¿verdad? Y sin embargo cuando van a una comida en una mesa están to's, hablando y riéndose y charleando. ¿Ve? Entonces, ¿Por qué nosotros somos los pequeños y los subimos arriba? Porque sin nosotros ellos no hacen nada. Ellos no son culpables que los trepen allá arriba. Culpable es el que los trepa pa' arriba. ¿Verdad? Pues entonces, ¿por qué vamos a estar riñéndonos nosotros unos a los otros acá? No. Vivamos en paz. Y lo que tenemos que hacer es, si mi vecino me ayuda yo lo ayudo. No importa el partido que sea. Lo que queremos es ayudarnos. Y así vivir en paz. Por eso es que yo te digo que yo no creo en partidos. Yo creo en que la gente se una.
Mira, por aquí vienen... Aquí venían los Populares y les daba la mano. Aquí venían los otros... [ríe] le daba la mano, venían los del PNP, le daba la mano... Con todos los alcaldes que se trepan allá voy yo y les doy la mano y converso con ellos y charleo con ellos como si ná. No me importa. Porque yo no estoy con su partido. Yo estoy con la persona.”
Las ideas de Benita sobre la religión tienen una cierta resonancia de sus ideas sobre la política.
“Yo pertenecía a la Iglesia Católica. Siempre, siempre. ... Aunque vienen los que vengan aquí yo los recibo igual, también. Si vienen los Pentecostés, hay veces que vienen por ahí y me dicen, ‘¿qué, podemos entrar?’ ‘¡Eh, cómo no, entren! Entre ahí. Ellos comienzan a decir, a decir, a decir, y yo: ‘sí, sí... sí, sí... y sí, sí...’ Sí, porque en realidad, tengo que ser atenta con todos los que vengan. ¿Por qué si aquel es Pentecostés yo voy a decir ‘no, usted no puede entrar aquí porque yo soy Católica’? No, en mi casa entra tó el mundo, tó el mundo, tó el mundo. Y si tengo que darle el peso o el medio peso, lo que tenga, se lo doy. No me importa.
Sin embargo, fíjate, yo tengo un nieto que es de la religión Pentecostés o Bautista, qué sé yo, y cuando él me coje por teléfono, y ‘Mami esto’... Me dice Mami porque yo lo crié. ‘Y Mami esto... pídele a Dios y esto’... Ah, mijo, eso es lo más que pido, a Dios. Porque Dios está con todos nosotros. Y es el único... sea Pentecostés o sea de cualquier religión, lo que se pide es a Dios. Sea la religión que sea. Lo único que unos tienen una fe en un sistema y otros la tienen en otro, pero yo lo que digo es que pido a Dios y que tengo fe en Dios. Porque por algo estamos nosotros aquí... Porque ahora mismo me ve aquí, pero a veces yo me pongo a pensar y yo dije, ‘pero ¿cómo nosotros podemos nacer? ¿Cómo nosotros somos? ¿Y de qué somos nosotros?’ Eso es lo que yo pienso, pero lo digo para mí. No se lo digo a más nadie, ¿sabes? Para mí.
A veces yo me pongo a pensar, cuando vino Jesucristo al mundo, ya había gente aquí. ¿Y quiénes eran? Sabemos que Jesucristo nació de una mujer, pero nosotros no sabernos cómo nacieron.
Entonces, ¿por qué tenemos que estar...? Digo, pues, creo en Cristo que es el que dicen que vino a componer el mundo. Eso es lo único. Porque aquí había indios. Esto aquí, aquí había indios. Pero yo no sé, nosotros no estábanos en tó esto, ni cómo nacieron los indios ni cómo vivieron. ¿Verdad? Esa es la cosa. Yo no tengo ese complejo... vivo en la vida como neutral. Mis vecinos me adoran. Yo con ellos nunca he tenido ni un sí ni un no. Yo vivo aquí muy tranquila. Y no son dos años que yo vivo aquí sola. Hacen como 28 años que yo vivo sola, sola, sola. Aquí nadie se mete conmigo, ni nada.
Una mujer que trabaja en la caña, tiene hijos en la casa y también tiene que hacer las labores domésticas no tiene mucho tiempo libre para el ocio y el descanso. Cuando le pregunté qué hacía para distraerse, doña Benita me contestó: “Esperar las Fiestas Patronales de Salinas”. ¡Me encantaban!” Las fiestas en Salinas son en septiembre, en honor a la Virgen de la Monserrate.
Me dijo que todavía iba a las Fiestas, “y cuando no, aquí [en la playa], las regatas y todito eso. ... Cuando hay regata aquí esto es una fiesta. ... Vienen hasta de allá afuera.”
Doña Benita nunca fue al cine porque en Salinas “lo quitaron hace tiempo”. Sin embargo, sí llegó a pasear en el tren de Salinas a Guayama. “El tren era bien bueno”, recuerda ella con cierta alegre nostalgia. Costaba una peseta, por lo que era tanto un medio de transporte como uno de diversión muy barato.
“Ahí, al pie del pueblo está la estación. El [tren] se paraba ahí, cogía agua y aceite. Y ahí la gente que iba pa' Guayama se amontonaba allí, entonces se montaban. Entonces él aterrizaba en Guayama, a la parte de atrás, bien lejos pa' atrás que había como un rio y había muchas vías así, de virar, porque el tren tenía que virar de ahí mismo para atrás, pa' Mayagüez por aquí pa' abajo."
El viaje a Mayagüez era muy lejos para doña Benita y nunca llegó a hacerlo. Me sigue contando del tren: “Y también iba con mucha gente, se llenaba. Tenía dos casetas de cargar gente y otra de cargar azúcar. La de acá de Aguirre la cargaban pa' Merceditas [Ponce] en el tren.” El tren no llevaba caña, me aclara doña Benita. Era la máquina la que llevaba la caña, en el tren sólo iba gente y a veces el azúcar, “porque venía en una caseta cerrá.”[xi]
Benita sonríe mientras repite, “Pero era bueno, así andando por el monte, era bueno.”

____________________________________________________________________
[i] "Carmen era una de las haciendas más antiguas del [Pueblo de Salinas.] [F]undada por la década de 1830", perteneció a los hermanos Antonetti y la empresa azucarera de Aguirre arrendó sus tierras a partir de 1900. (Ramos Mattei, Andrés. “De Ford & Co. Banqueros inversionistas en Puerto Rico: 1898-1905”, Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Enero/junio 1986.
[ii] Para más detalles ver a Fernando Picó, Historia General de Puerto Rico. (Rio Piedras: Ediciones Huracán, 1988.)
[iii] Transcripción fonética.
[iv] Como es natural, doña Benita a veces no calcula bien los años. Por ejemplo, dice tener 75 años, cuando en realidad tiene 74. Dice que los colonos cogieron la caña (de manos del gobierno) hace siete años, cuando deben ser 19 a 21 años. Aun así, transcribo sus palabras textualmente por considerar más importante su conceptualización del tiempo, que el tiempo transcurrido realmente.
[v] Conversaciones con Aida González, Paula Galarza, Carlos Benvenutti y otros integrantes de una brigada de cortadores de caña en Salinas.
[vi] La Central Mercedita cerró sus operaciones en diciembre de 1994.
[vii] Documentos del Sindicato de Obreros Unidos del Sur: “Chepo Caraballo fue un ser humano extraordinario”, por Carlos Luis Torres Santiago, Representante a la Cámara. Documento fotocopiado de los archivos del SOUS en las oficinas de Salinas.
[viii] Azize, Yamila. Luchas de la mujer en Puerto Rico: 1898-1919. San Juan: Tipografía Metropolitana, 1979.
[ix] Entrevista con Aida González del 30 de marzo de 1993.
[x] Benita recibe $171.00 mensual del Seguro Social y, de acuerdo con un reciente ajuste, empezará a recibir $176.00. A los 63 años le asignaron $97.00, cantidad que ha ido aumentando paulatinamente. Todavía le descuentan cerca de $12 en cada cheque semanal.
[xi] Tanto doña Benita como James Rodríguez, uno de los químicos supervisores en Mercedita a quien pude entrevistar, me explicaron que en Aguirre solamente procesaban azúcar morena y la transportaban entonces a Mercedita para refinarla en azúcar blanca. Hasta ese momento la Central Mercedita era la única que refinaba azúcar en Puerto Rico.
5.b. Las mujeres del sur
Aida González, del barrio Las Mareas en Salinas, había trabajado en la caña desde 1973. Comenzó a través de la Unión, es decir, el Sindicato Obreros Unidos del Sur (SOUS) , porque “no encontraba trabajo en otro sitio, entonces me vine acá y me ocuparon aquí" [en Salinas].[i] Antes había trabajado en Santa Isabel recogiendo frutos menores, pero cuando hubo escasez de trabajo en Santa Isabel la Unión le ofreció trabajo en la caña. Cuando llegó a Salinas “ya las otras estaban aquí.” Nadie le enseñó el trabajo. Lo aprendió “mirándolas. Mirando a las otras.” Nunca pensó que el trabajo iba a ser muy difícil, o que no iba a poder hacerlo. Simplemente lo hizo. Solamente una vez ha tenido un accidente en el trabajo: “Una vez nada más, que me di una herida en esa pierna de siete puntos.” Fue con su propio machete. Para la fecha de nuestra entrevista, la Unión ya le proveía servicios médicos a los obreros de la caña y beneficios del Fondo del Segura del Estado.
En cuanto a los compañeros de trabajo, doña Aida no tenía queja alguna. Su esposo también era cortador de caña en Hacienda Vieja, pero al llegar ella a su casa, “llego a trabajar en casa también”, me dijo doña Aida. No tenía quién la ayudara, aunque por suerte sus hijos ya estaban grandes y vivían fuera de la casa, lo que representaba una tarea menos que atender en el hogar. “La más chiquita se me casó ahora, en este mes pasado”, añade.
Cuando no había zafra, que eran nueve meses del año, doña Aida se acogía a los beneficios del seguro por desempleo. Le pregunté qué haría si se dejara de recoger caña en la zona sur de Puerto Rico. ¿Se dedicaría a recoger otros cultivos? Aida González me respondió con una gran interrogante en la voz: “Si se consigue. Está difícil. Muchos hemos quedado fuera (con el cierre de Aguirre).”
Doña Aida también recibió un premio como “madre del año”, igual que Benita Torres. Esa parte de su historia la relata otra cortadora, Luz Iraida Malavé. Cuenta doña Luz Iraida que “esa salió una vez también Madre del Año. Ella es Aida González, lo que pasa es que nosotros le decimos Aida Mica porque el esposo de ella se llama Santos Mica, pero ella es Aida González. Ella es de Sabana Llana.”
Con Luz Iraida Malavé Sanabria hablamos en el Barrio Coco de Salinas. Ella empezó a corta caña como a los 27 años, en 1970. Antes de eso había trabajado diez años recogiendo tomates. Fueron “las necesidades de uno”, me dice ella, que la llevaron a hacer este trabajo. A diferencia de otras que llegaron de los frutos menores a la caña por medio del SOUS, doña Luz Iraida me dijo que no había recibido ayuda del Sindicato para encontrar trabajo.
“A nosotras así, nosotras fuimos y nos dijeron ‘lo que hay es esto’ y nosotras, pues, metimos mano. Era cuando la Corporación, nosotras empezamos con la Corporación Azucarera. Digo yo, en esta vida hay que... después de que sea honrado, una tiene que hacer de todo, ¿verdad?”
Junto a ella hubo otras “cincuenta y algo” mujeres que trabajaron en la caña. “Aprendimos viendo a los demás. Nos ponían en pareja, una mujer y un hombre, entonces nosotras seguíamos los pasos de ellos” La brigada no era sólo de mujeres, pero “cuando estábamos trabajando más que mujeres era cuando jalábamos asada... y cuando sembrábamos semilla.” De las cincuenta mujeres, “éramos divididas. No trabajábamos todas juntas. Había un grupo pa' un la'o y otro grupo pa' otro, tú sabes. Unas trabajaban en el Sabater, unas estaban con Fortuna, unas con Aguirre... o sea, que trabajábamos en grupo, no todas unidas pero que todas trabajábamos en el. misma área.” Eso fue para 1974.
“Cortábamos caña, sembrábamos, pelábamos las semillas y desyerbábamos, después recogíamos... sacábamos las piedras de dentro de la pieza 'e caña también, pa' sacarla afuera, las piedras también.” Es decir, que esas mujeres trabajaban todo el año.
Doña Luz Iraida no tenía quejas de sus compañeros de trabajo.
“Yo de ellos, de ninguno, ¿Verdad? Lo más bien con nosotras, cooperaron bien con nosotras, nos ayudaban. En sí, tú sabes, en broma, nos decían así [que no íbamos a poder hacer el trabajo], pero que nosotras echábamos pa'lante. Y teníamos compañeros de trabajo: ‘vénganse, muchachas, vénganse por aquí que les vamos a enseñar, le vamos a ayudar’, nos decían así a nosotras. Ellos mismos nos ayudaban, cuando estábamos que nos trepábamos en los carretones a tirar semilla, a veces estaba bien apretaíto y ellos soltaban la maquina y nos ayudaban a sacar la tierra y eso para aflojarnos la caña pa' nosotras tirarla. Ellos nos ayudaban en todo eso.”
Doña Luz Iraida recordaba que hubo otras mujeres que trabajaron en la caña antes de que ella entrara a esas faenas, pero nunca las conoció. Solamente oyó hablar de ellas. De las que sí conoció en sus brigadas, me dice:
“De las que yo me acuerdo, murió una nada más que la mató una lavadora, se electrocutó, que era Deborah. Pero están doña Santos, mira de las viejitas que están, está doña Silo, de La Lapa le estoy hablando, está doña Virginia... la comay Modesta Padilla que vive más abajito, que trabajó también en la caña ella. La Julie, está embarcá, que era la que estaba del Coco. Tita se embarcó, la comay Tita está allá afuera. Pero éramos muchas, empezábamos un grupito bien bueno, estábamos en los tomates y de ahí de los tomates nos vinimos pa' acá. Hasta ahora que no estoy trabajando porque no nos dieron.”
De las que estaban trabajando para ese momento, me dijo:
“Pues la que yo conozco ahora por aquí es Carmen y está trabajando. Ella está picando caña. De las compañeras mías, las otras viven para Lapas, Plena... Está Paula Galarza, está Tomasa López... Y doña Benita también está trabajando. Quedan como tres o cuatro, yo creo.”
El esposo de doña Luz Iraida “trabajaba también en la caña. Trabajábamos los dos.” Y en la casa, “nos ayudábamos, así. Nos ayudábamos. Así hicimos la casa, él compraba una cosa y él lo hacía y nos ayudábamos así. Y así nos hicimos nuestro hogar.” El matrimonio tuvo cuatro hijos, “dos varones y dos hembras.” Cuando doña Luz Iraida trabajaba en las piezas de caña, una vecina le cuidaba los hijos, o “mi hermana y mi mamá.” Ahora tiene también cinco nietos, “cuatro hembras y un varón”, que ella ayuda a cuidar.
“Mis hijos están trabajando, los cuatro los tengo casados. Todos van y trabajan. Mi hijo es electricista, [otro] esta en el Municipio guiando una guagua, cargando estudiantes.” Ninguno ha trabajado en la agricultura y doña Luz Iraida explica por qué:
“No, lo que viene pasando es que antes usted trabajaba en la caña y escogían a to' el mundo antes. Uno iba y escogían a uno, porque ahora mismo yo, por un año que perdí no me dieron más. Por un año. Fui el año atrasado y no me quisieron dar más trabajo, desde que escogieron los colonos... Pues trabajé un tiempo y entonces un año que no fui a trabajar porque estaba trabajando seis meses en los comedores y cuando fui al otro año no me quisieron dar más trabajo y no me han querido dar más trabajo. Ahora estoy sin trabajo. Y me gusta trabajar porque me encanta trabajar en el campo.”
Hacía ya tres años que doña Luz Iraida no trabajaba. Para sobrevivir dependía de su esposo y sus hijos.
“Tengo un esposo ahora y me ayuda en algo. Y la ayuda que me dan mis hijos cuando pueden. Entonces trabajo sábado y domingo en el Albergue Olímpico con los estudiantes del ballet, dos días trabajo. Estoy buscando trabajo, a ver. Porque ahí uno trabaja dos días y nos vienen a pagar, ay bendito, uno no sabe ni cuándo... Desde julio del año pasado estoy trabajando ahí en el Albergue.”
Algo que doña Luz Iraida recuerda es que,
“a nosotras nos tomaron películas y salimos por el Canal 6. Santos Morales llevó a una gente, yo no sé si está trabajando ahora, que trabaja con la Corporación Azucarera, fue que llevó unas cuantas. Cuando eso nosotras estábamos jalando asada y ellas se retrataron jalando asada con nosotras y recogiendo caña.”
Pude hablar también con doña Paula Galarza en Las Mareas. A diferencia de Benita Torres y Aida González, a Paula Galarza no le gusta hablar de su trabajo. Comenzó en la agricultura recogiendo batatas en Santa Isabel y pepinillos en la finca Fortuna. De ahí pasó a la caña, por conducto de la Unión, pero “ni me acuerdo a explicarle porque como hace tanto tiempo ya”, me dijo. Un compañero comentó que “eso fue en el '58”. Ya para ese entonces había otras mujeres desempeñándose en ese trabajo. Otro cortador de caña que estaba escuchando nuestra conversación se acerca y comenta:
“Siempre ha habido mujeres. (...) Siempre. Aquí es donde menos hay. En Santa Isabel había una brigada de mujeres. Había una brigada de mujeres en Santa Isabel. Habían muchas. Había una brigada de mujeres que picaban caña que se acabó. Y que yo le digo que esas la vi yo, yo recogí caña en esa máquina. ¡Diablo, aquellas mujeres picaban caña! Pero esas ya se retiraron. Ya creo que están guardadas bajo tierra. Ya hay algunas que no existen.”[ii]
Cuando no hay trabajo en la caña, doña Paula se acoge al desempleo. Los otros trabajos que pueda haber, según doña Paula, “son para los escogidos, los preferidos de ellos.”
En un cruce de caminos, dirigiendo el tránsito de camiones, encontramos a Norma González, de 37 años. A los 17 años, luego de haber vivido un corto tiempo en Estados Unidos, empezó a cortar caña.
“Eso fue una vez que yo fui a llevarle el almuerzo a un sobrino mío, entonces había un señor que le decían Baldín, que me dijo: ‘Norma, ¿tú quieres picar caña?’ Y yo le dije, ‘bueno, si me das un breic... yo meto mano’. Eso fue pa'l ‘74. Y así fue. Metí mano. Bueno, los muchachos creían que yo no iba a llegar hasta donde estoy ahora. Los hombres,” dice doña Norma, “pensaban que yo me iba a rajar, que no iba a llegar, que yo era una nena.”[iii]
Fueron aquellos mismos hombres quienes le enseñaron a hacer el trabajo, con la salvedad de “que me pusiera fuerte, porque no es como ahora, antes era fuerte.” Los hombres vieron una niña de 17 años y creyeron que “no iba a aguantar.” Pero aun así, doña Norma insiste, “me gustaba, me gustaba”.
Norma González recuerda “desde que tenía como 10 o 12 años” que en El Coco había muchas mujeres que trabajaban cortando caña. Ella llegó a trabajar con algunas de ellas: “Todavía estaba Aida Malavé, estaba Carmen, Judy... había como 7 mujeres.” De esas, “ahí están trabajando todavía Tita, Carmen, Benita y otra más. Aida Malavé es la otra, actualmente.”
Al momento de nuestra entrevista doña Norma ocupa el puesto de abanderada y trabaja en Aguirre para la Corporación Azucarera. El año anterior había trabajado en la grúa. “Como desde el 1974 [estuve] cortando caña. Después estuve dando agua... después repicando. Después estuve en tránsito.” Entre la lista de colonos para quienes ha trabajado Norma incluye una mujer, Dora Lanause.
_______________________________
[i] Entrevista con Aida González en Salinas, 30 de marzo de 1993.
[ii] Entrevistas con Luz Iraida Malavé, Paula Galarza, Carlos Benvenutti y otros cortadores de caña que desearon permanecer anónimos, en Salinas, 30 de marzo de 1993.
[iii] Entrevista con Norma González en Salinas, 7 de marzo de 1994.
5.c. Las mujeres del oeste
En San Sebastián del Pepino se encontraba un grupo de mujeres para 1995 que trabajaba picando caña junto a sus esposos. Sus voces son un poco distintas a las de Salinas, son mujeres que han encontrado la forma de acoplar este trabajo tan poco tradicional con los papeles más tradicionales de esposas, madres y amas de casa.
Luz María Ruiz Guzmán es nieta de cortadora de caña. “Yo hace años que trabajé en la caña... cogí hasta desempleo de caña. Lo que pasa es que ahora no cogí porque estoy... de café.”[i] Doña Luz María trabajó en la caña “desde nena. Desde nena yo cortaba caña, cuando estaba con mi mamá.” La “madre” a quien se refiere es en realidad su abuela, quien la crió. Su madre biológica era costurera. Doña Luz María tenía como diez o doce años cuando empezó a acompañar a su madre a las piezas de caña y “como era mi madre... ¿qué te puedo decir yo? Salíamos de seis a seis, ¡imagínate!” Toda su familia trabajaba en la caña, incluyendo los hijos de crianza, los niños, todos. Era una labor familiar.
Doña Luz María recuerda un solo accidente en el trabajo.
“Recuerdo como ahora que me di un tajo, nena, que... que... en la rodilla, que me llevaron pa’ la clínica y... me echaron pa’ allá con una clase ‘e herida, mira, tengo una cicatriz aquí... con una daga, picando caña. Yo estaba ya señorita, tú sabes, ya tenía... como 18 años, por ahí, ya... 17, por ahí. Y después que me casé fue que iba a dejar de cortar, y después... volví otra vez y empecé a cortar con el esposo mío que tenía... y hasta ahora.”
Doña Luz María se casó a los 20 años. Cuando hablé con ella, tenía 42 años. A su esposo también lo conoció “en las cañas”. Al casarse ella dejó de trabajar un tiempo mientras él siguió en la caña. “Y después que fuimos ahí juntando y en el tiempo, pues, decidí irme a picar también.” De su matrimonio tuvieron cinco hijos, que para poder trabajar “me los tuvo que cuidar una muchacha ahí, pa’ yo irme. Una amiguita mía. Unas muchachitas que se criaron donde yo me crié.” Cuando se iba a trabajar con el esposo les pagaban “juntos, era tó junto.” Trabajaban los dos, pero “a él le pagaban. Él cobraba.” El trabajo se pagaba por tonelada, no por hora.
Hacía siete años que ya no trabajaba en la caña. Dejó el trabajo porque “¿Pa’ qué uno va...? Yo digo que, ¿Pa’ qué yo voy a cortar caña ya si ya no hay necesidad?” Para ese entonces trabajaba recogiendo café. “Ahora mismo... se supone que si yo no tuviera de que jalar ahora pues ahora mismito yo cojo pa’ la caña. Pero como tengo el desempleo de café... pues con eso me combato. ( ...) Si no tuviera ese ingreso que te digo, me iba a cortar caña, porque uno tiene que jallar que... buscar de qué vivir.”
También Luisa Rodríguez, vecina de doña Luz María, trabajó cortando caña con su esposo 30 años atrás, más o menos para 1964, inmediatamente después de casarse. Doña Luisa aclara que hizo ese trabajo solamente para ayudar al esposo. Así como ella hay muchas otras. Susana Ortiz, “la esposa de Pancho” y Pola, la mamá de Luz María, quienes todavía cortan caña con los esposos. Emma Iris Corozier y su hija, Sara Irizarry y Neodavia Graterol, quienes han trabajado “solamente ayudando a sus esposos”. Estas mujeres se refugian en el anonimato porque no lo consideran “trabajo” o porque de alguna forma se avergüenzan de picar caña.
Como explicó Luz María Ruiz: “...se abochornan. Se abochornan. ... Aunque yo no me abochorno... yo no me abochorno del trabajo.”
____________________________
[i] Entrevista con Luz María Ruiz Guzmán en San Sebastián, 1 de febrero de 1995.




6. Conclusiones
La historia nos ha pintado un cuadro sobre la economía de Puerto Rico dentro del cual la mujer aparece difusamente delineada al fondo, cual elemento decorativo en el paisaje. La mujer en el campo ha ocupado los renglones de sostén secundario, brindando servicios indispensables para la fuerza laboral masculina, pero no necesariamente reconocidos o remunerados. Con esos colores se nos ha dibujado el rostro y perfilado el cuerpo de la mujer puertorriqueña dentro de la economía agrícola del siglo XX. No es una imagen totalmente falsa, pero es una verdad a medias. La otra mitad del cuadro la configura una mujer que siembra semillas, riega abono, limpia el campo de piedras y matojos, recoge el café, la piña, el tabaco, los guineos y los plátanos... y también corta caña.
La percepción que ha prevalecido en nuestra historiografía y sociología de una dicotomía público/privada vinculada directamente a la división sexual del trabajo es un fenómeno resultante del proceso de colonización en nuestro Caribe. Es decir, que la dicotomía hombre = espacio-publico / mujer = espacio-privado es un trasplante conceptual de la construcción de géneros que se originó en Europa y que vino a distorsionar, primeramente, el orden indígena de la distribución del trabajo y, en segundo lugar, desvió ese orden social originario en la dirección de un sistema laboral foráneo, construido sobre, e implementado y perpetuado por un andamiaje ideológico preeminentemente masculino.
Es un postulado ya ampliamente aceptado en las comunidades académicas e intelectuales que la percepción e interpretación humana de su entorno y los eventos que afectan la realidad individual o colectiva del ser humano varían según el sexo de la persona,[i] por lo que la dicotomía publico/privada de la división sexual del trabajo no es otra cosa que el producto de un proceso mental—en este caso masculino. Han sido los hombres quienes se han inventado esa división para explicar el mundo a su mejor entender y en estudios sociológicos más recientes se cuestiona efectivamente la relevancia de dicha estructura conceptual, particularmente para el Caribe, siendo ésta el resultado de una percepción e interpretación androcentrista y eurocentrista de los eventos dentro de una sociedad dada.[ii]
En efecto, la dicotomía publico/privada en la división sexual del trabajo es real únicamente entre los sectores de inmigrantes europeos durante los primeros siglos de nuestro periodo colonial. Los indígenas encomendados o esclavizados y los africanos igualmente esclavizados laboraron en las esferas públicas indistintamente de su sexo. Solamente los europeos y criollos descendientes de europeos redujeron los espacios laborales femeninos a la esfera privada o doméstica y extendieron los masculinos a la esfera pública, es decir, el comercio, la agricultura de exportación, la minería, la navegación, la administración pública, la banca, etc.
Hasta el siglo XIX, en que se terminó de abolir la esclavitud en nuestro Caribe, la dicotomía publico/privada tuvo relevancia únicamente para un reducido sector de nuestras sociedades: la élite blanca y la clase alta criolla que ansiaba imitar el modelo europeo para ganarse la aceptación de y la integración a los círculos de poder insulares. Es a fines del siglo XIX, cuando el orden social y colonial se altera en todo el Caribe, que la separación de espacios públicos y privados accesibles a los ciudadanos de diferentes géneros comienza a incidir como problemática importante en la estructuración social y moral—visto el asunto desde la óptica de las autoridades eclesiásticas del momento—de la nueva clase trabajadora, es decir, la antigua clase esclavizada. La incursión de las mujeres negras y mulatas en las esferas públicas, ya no como entidades asexuadas que habían sido durante la esclavitud, sino como mujeres libres y, por ende, sujetas a algún tipo de construcción de género, constituye tanto un reto como una amenaza para las incipientes sociedades isleñas.
Es un reto porque la sociedad no ha conceptualizado hasta ese momento la otredad del negro en términos de género. Hasta ese momento el negro esclavo era macho o hembra, como los animales, pero no masculino o femenino, con toda la carga social que ello conllevaba. La masculinidad significaba ser padre, esposo, hombre trabajador y proveedor para su familia, entre otras cosas. La feminidad significaba ser madre, esposa, ama de casa y depositaria de las virtudes morales de una familia, entre otras cosas. La masculinidad también connotaba fuerza física o rudeza, la feminidad debilidad o delicadeza. La masculinidad estaba investida de autoridad, la feminidad de subordinación. Otorgarle género a la gente “de color” era otorgarles humanidad, o cual se les había negado durante todo el periodo de esclavitud.
El proceso representaba igualmente una amenaza, ya que habiendo segregado los sexos en esferas públicas y privadas durante cuatro siglos, de pronto ahora la esfera pública se veía invadida por estas mujeres que necesitaban trabajar, que no podían darse el lujo de quedarse en sus casas bordando pañuelos mientras sus sirvientas limpiaban, las niñeras atendían los hijos y los maridos se ganaban en la calle el sustento de la familia. Estas mujeres habían sido las sirvientas, las niñeras, las cocineras, como también las que araban la tierra y recogían sus cultivos, las que preparaban pan y dulce de coco para vender en las calles, las que salían a pescar con sus propias lanchas y redes, en fin, las que tenían que ganarse la vida por sus propios medios.
El trastorno que trajo la abolición al orden social en términos de las relaciones de género provocó, a su vez, la formulación de mecanismos de control dentro del mercado de trabajo cuyo objetivo era la restitución de aquel orden colonial perdido, en el que a las mujeres les estaba permitido desplazarse únicamente en los reductos del ámbito doméstico y a los hombres en la amplia gama de posibilidades que brindaba la expresión pública. El mercado de trabajo, controlado por hombres, evidentemente aceptó inicialmente la mano de obra femenina donde hizo falta—desde los campos de caña hasta los centros de negocios urbanos—pero estableció ciertos limites que complaciesen también a la poderosa clase eclesiástica.
Durante los cuatro primeros siglos de la colonización, el clero jugó un papel central en la formulación de actitudes y comportamientos hacia los negros de las islas—en el caso que nos ocupa, Puerto Rico. Se les consideraba inmorales a los negros porque vivían juntos sin la bendición eclesiástica del matrimonio. Se les consideraba inmorales porque las mujeres muchas veces tenían hijos de diferentes padres y al final no vivían con ninguno, criando a sus hijos solas, o con la ayuda de otras mujeres de su misma familia. En resumidas cuentas, la inmoralidad de los negros consistía en no tener estructuras familiares como las de los blancos.[iii]
La sociología de las primeras décadas de este siglo las clasificó de familias inestables y matrifocales. Pero la mentalidad eurocentrista de fines del XIX y principios del XX llevó a la élite de poder a concluir que para moralizar a los antiguos esclavos era menester enseñarles a formar familias nucleares, estables, copiando fielmente el modelo blanco europeo. Es así como se comenzó a fomentar la domesticidad de la mujer negra y mulata, lo que eventualmente debía equipararla con la mujer blanca, homogenizando así la sociedad y eliminando el peligro de la mujer en las esferas públicas.
No obstante, los bajos ingresos de los hombres dentro de esta nueva clase trabajadora les impidieron a ellos asumir el papel de proveedores y a ellas un papel circunscrito a ser amas de casa. Durante el resto del siglo XX las mujeres siguieron incursionando en todos los renglones económicos, con muy contadas excepciones. “Aunque las mujeres siempre habían trabajado en la producción familiar sin percibir remuneración económica, es a partir de 1900 que éstas se incorporaron al trabajo asalariado. Los cambios sociales y económicos ocurridos a partir de esta fecha transformaron su participación en la economía y con ello su posición social.”[iv]
Esta distinción entre trabajo asalariado y trabajo sin remuneración dentro de la unidad económica familiar es fundamental para entender la invisibilidad histórica y social de la mujer en los cañaverales. Un factor limitante en la participación de la mujer en la fuerza laboral fue el acceso a la educación. Ya desde 1873 Eugenio María de Hostos estaba abogando por la educación “científica” de la mujer[v] y a principios del XX son los voceros del sindicalismo, como Luisa Capetillo,[vi] quienes enuncian este mismo reclamo. Hubo ciertos sectores laborales a los que solamente las mujeres de la élite tuvieron acceso, como la medicina o la docencia. Pero esto no fue impedimento para que las mujeres incursionaron en otros trabajos asalariados.
Ahora bien, mientras la mujer puertorriqueña se va abriendo un espacio propio en las esferas económicas, políticas y sociales durante la primera mitad del siglo XX, en la caña ocurre un fenómeno inverso que sigue la ruta de la actividad agrícola en general: "[a]l entrar en crisis la sociedad rural, según las destrezas y los conocimientos agrarios van perdiendo su valor, así mismo, los roles que se habían cristalizado en torno al ejercicio de las tareas agrícolas, pierden su importancia.”[vii]
La industrialización del país va absorbiendo el estudio y análisis de los avances de la mujer hacia la segunda mitad del siglo XX, dejando en el olvido la participación de la mujer en la agricultura. Esta tendencia se hace eco de las posturas oficiales que pusieron en efecto “nuevos programas de industrialización (...) a costa de la agricultura”.[viii] Los estudios sobre la mujer en la agricultura, a su vez, se circunscriben a principios de siglo y al trabajo “principalmente en el tabaco y en industrias afines a sus destrezas tradicionales”[ix], es decir, la industria de la aguja. En la caña específicamente se insiste en caracterizar el trabajo de la mujer como uno de apoyo al hombre, “una colaboración o ayuda en el trabajo del hombre”.[x]
La participación de las mujeres en el corte de caña es un resultado directo de las condiciones sociales y económicas del país, como la Gran Depresión de la década del 30, la Segunda Guerra Mundial en la década del 40, y las migraciones masivas a Estados Unidos durante la década del 50, por lo que no se puede caracterizar estrictamente como un fenómeno feminista.[xi] Las mujeres que quedaron viudas o separadas de sus esposos, sobre todo si tenían hijos, se veían en la urgente necesidad de trabajar por un sueldo. Las familias de bajos recursos también tenían la apremiante necesidad de un segundo ingreso provisto por el trabajo remunerado de la esposa/madre.
Durante las primeras dos décadas del siglo, las mujeres se concentraron en cuatro renglones laborales: los servicios domésticos (sobre todo como lavanderas y sirvientas), la manufactura (principalmente como costureras) , la agricultura (en el tabaco principalmente) y los servicios profesionales (maestras, sobre todo) [Tabla 6.1] . Estos cuatro sectores aún guardaban una estrecha relación con la dicotomía publico/privada en la división sexual del trabajo, aunque solamente una de las tareas identificadas—la costura—se solía circunscribir al hogar. Si entendemos que dentro de la construcción de géneros la mujer “es sentimiento”,[xii] “la mujer es siempre madre”,[xiii] es la que educa, cuida, nutre, abriga, sana, consuela, es la que da la vida y la sustenta, entonces no están tan lejos de estas cualidades “femeninas” el cultivo de la tierra que nos da alimento, el servicio doméstico que asea el hogar de los hijos, la costura que requiere el delicado manejo del hilo y la aguja, o incluso la docencia que es otra forma de cuidar, nutrir y sustentar la vida.
Si bien a primera vista parecería que las mujeres estaban transgrediendo la frontera de la domesticidad, lo que ocurre en realidad es que esa frontera es difusa. Como invención masculina ha servido para compartimentalizar en forma más o menos útil las esferas de trabajo femeninas y segregarlas de las masculinas. Pero este 21.6% de la población femenina que estaba integrada al mercado laboral formal, es decir, oficializado por los censos, no están limitadas a las esferas privadas. Muchas incluso transgredían las fronteras de lo público y lo privado mas allá de las estadísticas oficiales, desempeñándose en trabajos dentro de una economía informal o subterránea, vendiendo productos confeccionados por ellas desde la puerta o el balcón o la ventana de su casa, intercambiando bienes y servicios dentro de la red de vínculos de parentesco biológico y social—por ejemplo, el compadrazgo—que se podía extender por varios pueblos o toda la isla, como también en otras actividades económicas que nunca se han constatado en los censos.
Una mujer de Loíza, que todavía vendía comidas típicas desde lo que era el frente de su casa, cuenta la experiencia de su familia durante su niñez. “Nosotros éramos siete, ocho mujeres. Y el pai mío nos alevantaba: ‘¡Levántense! ¡Váyanse a lavarse la boca y a bañarse y venga a pegar a guayar yuca en el guayo.’ Eso era guayando. Quiere decir que... pa’ mantenernos él sacaba almidón y lo llevaba a vender a Río Piedras, a Río Grande... Él se dedicaba a eso. Y la mai mía hacia mondongo pa’ comer con casabe y lo vendía allí.”[xiv]
Durante su adolescencia, allá para 1924, contaba doña Chita que: “Me dedicaba a hacer arepas, pa’ venderlas a chavo, alcapurrias, empanás... había veces que cuando yo tenía trece años yo me iba yo misma a venderlas.” Y ya siendo adulta, me cuenta sobre la participación de mujeres como ella en la industria del coco: “yo sacaba mucho aceite de coco. Yo cogía a veces... un millón de cocos y buscaba muchas mujeres, me ayudaban y le hacía almuerzo y cuando vendía el aceite de coco pues le daba chavos a ellas.” Evidentemente, las mujeres puertorriqueñas, como en el resto del Caribe, fluían entre los espacios públicos y privados, sin esa estricta separación que tanto énfasis le han dado los historiadores, sociólogos y antropólogos al tratar de explicar la división sexual del trabajo. Desde esta otra óptica es mucho más fácil de entender la incursión de la mujer en las faenas de la zafra.
La ausencia de documentación en torno a este aspecto histórico de nuestra fuerza laboral se debe no solo al desprestigio en que ha caído la agricultura como vehículo económico u objeto de estudios sobre nuestra historia contemporánea, sino también—y en no poca medida—a que exige el replanteamiento de un postulado cultural e histórico fundamental: “la mujer en Puerto Rico nunca ha cortado caña”.
La caña había sido el último bastión de los hombres como territorio exclusivo y emblemático de una masculinidad colectiva y supranacional. Las trabajadoras de la caña han salido de sus casas todos los días a desmitificar a la mujer, a retar los prejuicios de debilidad, torpeza, o inutilidad que se imponen o perpetúan en otras esferas del diario vivir.
La nueva historiografía en Puerto Rico que rescata a los olvidados de la historia, junto a la historiografía feminista que nos rescata de las versiones androcéntricas de nuestros historiadores, desentierran de los archivos de la memoria colectiva la participación de las mujeres puertorriqueñas en todos los renglones de la economía nacional. Ahora nos toca la tarea de reexaminar esa participación a la luz, también, de una nueva consciencia caribeña, una nueva conciencia humana.
____________________________________________________
[i] Sobre este particular puede verse a Mary Chamberlain, “Gender and Memory: Oral History and Women's History”, en Verene Shepherd, Bridget Brereton and Barbara Bailey, eds. Engendering History. Caribbean Women in Historial Perspective (Kingston: Ian Randle Publishers, 1995; pp. 94-110) y otros ensayos en esa misma antologia. Hay otros estudios sobre género y lenguaje que ilustran esta dinámica como, por ejemplo, Robin Lakoff, Language and Woman's Place (New York: Harper & Row, 1975); Jennifer Coates, Women, Men and Language (London: Longman Group, 1986); Francine Frank and Frank Anshen, Language and the Sexes (Albany: State University of New York Press, 1983).
[ii] Sobre este tema se puede ver a Riva Berleant-Schiller y William M. Maurer, “Women's Place is Every Place: Merging Domains & Women's Roles in Barbuda & Dominica”, en Janet H. Momsen, ed. Women & Change in the Caribbean (Kingston: Ian Randle Publishers, 1993. [pp. 65-79]).
[iii] Para un estudio más extenso sobre el tema de la mujer y la Iglesia Católica ver a Ranke-Heinemann, Eunuchs for the Kingdom of Heaven. New York: Penguin Books, 1990.
[iv] Alice Colón, Margarita Mergal y Nilsa Torres. “Participación de la mujer en la historia de Puerto Rico (las primeras décadas del siglo veinte)”. Wenceslao Serra Deliz, ed. (Río Piedras & New Jersey: Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico & Rutgers University, 1986).
[v] Hostos, Eugenio María de. La educación científica de la mujer. Gabriela Mora, selec. y prol. Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
[vi] Ver a Julio Ramos, ed., Amor y anarquía. Los escritos de Luisa Capetillo (Rio Piedras, Huracán, 1992).
[vii] Fernando Picó, S. J. Los gallos peleados. (Rio Piedras: Ediciones Huracán, 1988.)
[viii] Silvestrini de Pacheco, Blanca y María Dolores Luque de Sánchez. Historia de Puerto Rico: Trayectoria de un pueblo. San Juan: Cultural Panamericana, 1992.
[ix] Colón, Mergal y Torres. Participación de la mujer, p. 23.
[x] Azize, Yamila. Luchas de la mujer en Puerto Rico: 1898-1919. [Tesina de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico: 1974. “Medalla Jaime Benitez”] San Juan: Tipografía Metropolitana, 1979.
[xi] Ver a Margarita Ostolaza Bey, Política sexual en Puerto Rico, (Rio Piedras: Ediciones Huracán, 1989) especialmente paginas 70-73, “Relativa feminización de la pobreza”. Ver, también, a Blanca Silvestrini, Historia de Puerto Rico, Op. Cit., pp. 504-532 y Lidia Falcón, La razón feminista 1: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Editorial Fontanella, 1981
[xii] Hostos, La educación científica, p. 42.
[xiii] Ibid., p. 48.
[xiv] Entrevista con Evarista Carrasquillo Pizarro (Dona Chita), Loíza, Puerto Rico, 14 de octubre de 1995. Dona Chita tenía 84 años de edad para octubre de 1995.

Capítulo 7. Obras Consultadas
Acosta Lespier, Ivonne. “Mujeres esclavas en Mayagüez, 1872.” Cupey X (1993), 106-118.
Albert Batista, Celsa. Mujer y esclavitud en Santo Domingo. Sto. Domingo: Ediciones CEDEE, 1990.
Alegría, Ricardo E. “Folklore Puertorriqueño: El culto a Santiago en Loíza”, Asomante, octubre-diciembre 1952, Núm. 4. (65-76).
Álvarez Curbelo, Silvia, et al. Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1993.
Análisis de Población (Informe Preliminar) 1940-1980. San Juan, Puerto Rico: Junta de Planificación, Oficina del Gobernador, 19--?
Arrigoitia, Delma S. José de Diego, El Legislador. Su visión de Puerto Rico en la Historia (1903-1918). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1991.
Azize, Yamila. Luchas de la mujer en Puerto Rico: 1898-1919. Tesina de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico: 1974. “Medalla Jaime Benitez”. San Juan: Tipografía Metropolitana, 1979.
Azize, Yamila. La mujer en la lucha, 2a ed. Rio Piedras: Editorial Cultura, 1984.
Azize, Yamila, ed. La mujer en Puerto Rico. Ensayos de investigación. Río Piedras: Huracán, 1987.
Baerga Santini, María del Carmen (ed.) Género y trabajo: La industria de la aguja en Puerto Rico y el Caribe Hispánico. Rio Piedras: Editorial de la U.P.R., 1993.
Baralt, G.A. et al. El machete de Ogún: las luchas de los esclavos en Puerto Rico (siglo 19). Rio Piedras: CEREP, 1990.
Baralt, Guillermo A. Esclavos rebeldes: conspiraciones y sublevaciones de esclavos en Puerto Rico (1795-1873). Rio Piedras: Ediciones Huracán, 1989.
______. La Buena Vista, 1833-1904: Estancia de frutos menores, fábrica de harinas y hacienda cafetalera. San Juan: Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, 1988.
______. Biografía de un cimarrón. Madrid: Ediciones Alfaguara, 1984.
Barceló Miller, María de F. “Ojos soñadores, gracia hechicera y existencia seductora (Imagen social de la mujer en la revista Puerto Rico Ilustrado en la década de 1910)”. Ponencia presentada en la 26ava Conferencia de la Asociación de Historiadores del Caribe. San Germán, Puerto Rico: 20-25 de marzo de 1994.
Bensandon, Ney. Los derechos de la mujer. Juan José Utrilla (trad.) México: Fondo de Cultura Económica, 1993.
Blanco, Tomas. El prejuicio racial en Puerto Rico, con estudio preliminar de Arcadio Diaz Quiñones. Rio Piedras: Huracán, 1985.
______. Prontuario histórico de Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1981.
Bonfil Batalla, Guillermo. Identidad y pluralismo cultural en América Latina. Rio Piedras: Editorial UPR, 1992.
Bush, Barbara. Slave Women in Caribbean Society. Kingston, Jamaica: Heinemann Publishers, 1990.
Brau y Asencio, Salvador. Puerto Rico y su historia. Eugenio Fernández Méndez (intro.) San Juan: Editorial IV Centenario, 1972.
Cadilla de Martínez, María. “Noticias históricas sobre la caña dulce y la fabricación del azúcar en nuestra isla”, El Mundo, 11 de mayo de 1941. (Cortesía de la Corporación Azucarera, fotocopia.)
Cardoso, Ciro y Héctor Pérez Brignoli. Los métodos de la historia. Barcelona: Editorial Crítica, 1986.
Carrión, Juan M. et al, eds. La nación en torno a Pedro Albizu Campos. Rio Piedras: Editorial de la U.P.R., 1993.
Cepero Bonilla, Raúl. Azúcar y abolición. Barcelona: Editorial Ceítica, 1977.
Coates, Jennifer. Women, Men and Language. London: Longman Group, 1986.
Colaizzi, Giulia, ed. Feminismo y teoría del discurso. Madrid: Cátedra, 1990.
Colly Toste, Cayetano. Historia de la esclavitud en Puerto Rico: información y documentos. San Juan: 1977.
Colón, Alice, Margarita Mergal y Nilsa Torres. Participación de la mujer en la historia de Puerto Rico (las primeras décadas del siglo veinte). Wenceslao Serra Deliz, ed. Rio Piedras & New Jersey: Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico & Rutgers University, 1986.
Cubano Iguina, Astrid. El hilo en el laberinto: Claves de la política en Puerto Rico (Siglo XIX). Rio Piedras: Huracán, 1990.
Curet, José. Los amos hablan. Rio Piedras: Editorial Cultural, 1986.
Daubón, José Antonio. En las Fiestas de San Miguel, Cosas de Puerto Rico. San Juan: Tipografía La Correspondencia, 1904.
Deive, Carlos Esteban. La esclavitud del negro en Santo Domingo (1492-1844). Santo Domingo: Museo del Hombre Dominicano, 1980.
Díaz Alfaro, Abelardo. Terrazo. San Juan; Editorial Yaurel, 1954.
Díaz Soler, Luis Manuel. Historia de la esclavitud negra en Puerto Rico. Rio Piedras: Editorial Universitaria, 1974.
Dietz, James L. Historia económica de Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1989.
Eco, Umberto. ¿Cómo se hace una tesis? Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura. Barcelona: Gedisa, 1992.
El proceso abolicionista en Puerto Rico: documentos para su estudio. Volumen I: La Institución de la esclavitud y su crisis: 1823-1873. San Juan: Centro de Investigaciones Históricas, UPR/Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974.
El proceso abolicionista en Puerto Rico: documentos para su estudio. Volumen II: Procesos y efectos de la abolición (1866- 1896). San Juan: Centro de Investigaciones Históricas, UPR/Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1978.
Engels, Friedrich. The Origin of the Family, Private Property and the State. New York: Penguin Books, 1986.
Evans-Pritchard, E.E. La relación hombre-mujer entre los azande. Barcelona: Editorial Crítica, 1978.
Escalante, Aquiles. El negro en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1964.
“Expediente sobre la abolición de la esclavitud (Juncos, Puerto Rico, 1873)”. Historia y Sociedad I (1988): 183-8.
Falcon, Lidia. La razón feminista 1: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. Barcelona: Fontanella, 1981.
Fernández Méndez, Eugenio. Historia de la cultura en Puerto Rico. Puerto Rico: Editorial Rodadero, 1964.
Flinter, George D. Examen del estado actual de los esclavos en la Isla de Puerto Rico. 2a. ed., Emilio M. Colón (ed.) San Juan: Editorial Coquí, 1976.
Foucault, Michel. The History of Sexuality. Vol. I1: An Introduction. Robert Hurley (transl.) New York: Vintage Books, 1990.
Frank, Francine and Frank Anshen, Language and the Sexes. Albany: State University of New York Press, 1983.
García, Gervasio L. y Ángel G. Quintero Rivera. Desafío y solidaridad. Breve historia del movimiento obrero puertorriqueño. Rio Piedras: Huracán, 1986.
Gautier Mayoral, Carmen, et al. (comps.) Puerto Rico en la economía política del Caribe. Rio Piedras: C.I.S.-U.P.R. y Ediciones Huracán, 1988.
Gelpí, Juan G. Literatura y paternalismo en Puerto Rico. Rio Piedras: Editorial de la U.P.R., 1993.
González, José Luis. El país de cuatro pisos y otros ensayos. Rio Piedras: Huracán, 1983
González, Lydia Milagros y Ángel G. Quintero-Rivera. La otra cara de la historia: la historia de Puerto Rico desde su cara obrera. Vol. I, 1800-1925. Rio Piedras: CEREP. 1991.
González, Lydia Milagros. “La tercera raíz: La presencia africana en Puerto Rico”, Caras de Puerto Rico, 3:9, Sep. 1992 (82-83).
Gómez Acevedo, Labor. Reglamentación del trabajo en el Puerto Rico del Siglo XIX (Propietarios y Jornaleros). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970.
Gutiérrez Velez, Epifania A. Biografía de las riquezas de Puerto Rico. Torno I: Riqueza azucarera. Yauco: (s.e.), 1902.
Hostos, Eugenio María de. La educación científica de la mujer. Gabriela Mora (selec. y prol.) Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
Jacobs, Harriet A. Incidents in the Life of a Slave Girl. Written by Herself. Jean Fagan Yellin (ed.) Cambridge: Harvard University Press: 1987.
Justiniano, Carmen Luisa. Con valor y a como dé lugar. Memorias de una jibara puertorriqueña. Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994.
La tercera raíz: Presencia africana en Puerto Rico. México/Puerto Rico: CEREP/ICP, 1992.
Laguerre, Enrique. La llamarada. Rio Piedras: Editorial Cultural, 1971.
Lakoff, Robin. Language and Woman's Place. New York: Harper & Row, 1975.
Manrique Cabrera, Francisco. Historia de la literatura puertorriqueña. Rio Piedras: Editorial Cultural, 1986.
Margolis, Maxine L. Mothers and Such. Views of American Women and Why They Changed. Berkeley: University of California Press, 1984.
Marías, Julián. La mujer en el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial, 1990.
Martinez Masdeu, Edgar y Esther M. Melon. Literatura puertorriqueña. Antología General. Tomos I y II. Rio Piedras: Edil, 1983.
Marqués, René. El puertorriqueño dócil y otros ensayos (1953-1971). Rio Piedras: Editorial Cultural, 1992.
Meillassoux, Claude. Mujeres, graneros y capitales. México: Siglo XXI, 1987.
_____. The Anthropology of Slavery. The Womb of Iron and Gold. Alide Dasnois (trad.) Chicago: University of Chicago Press, 1991.
Mintz, Sidney W. Taso: trabajador de la caña. Rio Piedras, PR: Huracán, 1988.
Momsen, Janet H. (ed.) Women & Change in the Caribbean. Kingston: Ian Randle Publishers, 1993.
Morales Carrión, Arturo. Auge y decadencia de la trata negrera en Puerto Rico (1820-1860). San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1978.
Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio: complejo económico social cubano del azúcar. 3a. ed. Vol. 1. La Habana: Editorial de las Ciencias Sociales, 1978.
_____. La historia como arma y otros estudios sobre esclavos. ingenios y plantaciones. Barcelona: Editorial Critica, 1983.
_____, (ed.) África en América Latina. México: Siglo XXI Editores, 1987.
Pierre-Charles, Gerard. El pensamiento sociopolítico moderno en el Caribe. México: Fondo de Cultura Económica, 1985.
Quintero Rivera, Ángel G. Patricios y plebeyos: Burgueses, hacendados, artesanos y obreros (Las relaciones de clase en el Puerto Rico del cambio de siglo). Rio Piedras: Huracán, 1988.
_____ et al. Puerto Rico: Identidad nacional y clases sociales. Coloquio de Princeton. Rio Piedras: Huracán, 1981.
Quiñones, María I. Sin hombre en la casa o el mito del matriarcado en el caribe angloparlante. Ponencia presentada durante la Segunda Reunión Anual de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores. Mayagüez, Puerto Rico: 26-28 de agosto de 1994.
Radcliffe-Brown, A.R. y Daryll Forde, eds. Sistemas africanos de parentesco y matrimonio. Antonio Desmonts y Carlos Manzano (trads.) Barcelona: Editorial Anagrama, 1982.
Ramírez, Rafael L. Dime capitán: Reflexiones sobre la masculinidad. Rio Piedras: Huracán, 1993.
Ramos, Julio (ed.) Amor y anarquía. Los escritos de Luisa Capetillo. Rio Piedras, Huracán, 1992.
Ramos Mattei, Andrés A., “De Ford & Co. Banqueros Inversionistas en Puerto Rico: 1898-1095”, Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Enero/Junio de 1986.
_____. La sociedad del azúcar en Puerto Rico: 1870-1910. Rio Piedras: U.P.R., 1988.
_____. Azúcar y esclavitud. Rio Piedras U. de Puerto Rico, 1982.
_____. La hacienda azucarera: su crecimiento y crisis en el siglo XIX. San Juan: CEREP, 1986.
Ranke-Heinemann, Uta. Eunuchs for the Kingdom of Heaven. New York: Penguin Books, 1990.
Rivera de Álvarez, Josefina. Diccionario de literatura puertorriqueña. Torno I: Panorama histórico de la literatura puertorriqueña. Rio Piedras: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1985.
Morrissey, Marietta. Slave Women in the New World: Gender Stratification in the Caribbean. Kansas: University Press of Kansas, 1989.
Navas Dávila, Gerardo (ed.) Cambio y desarrollo en Puerto Rico. Rio Piedras: EDUPR, 1980.
Ortiz Fernández, Fernando. Los perros esclavos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1987.
Ostolaza Bey, Margarita. Política sexual en Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1989.
Pedreira, Antonio S. Insularismo. Rio Piedras: Editorial Edil, 1992.
Pérez Vega, Ivette. El cielo y la tierra en sus manos: Los grandes propietarios de Ponce, 1816-1830. Rio Piedras: Huracán, 1985
Picó, Fernando. Historia General de Puerto Rico. Río Piedras: Huracán, 1988.
_____. Los gallos peleados. Rio Piedras: Huracán, 1988.
_____. Al filo del poder. Rio Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
Rivera Medina, Eduardo y Rafael L. Ramírez. Del cañaveral a la fábrica: cambio social en Puerto Rico. Rio Piedras: Huracán, 1989.
Rodríguez Beruff, Jorge. Política militar y dominación: Puerto Rico en el contexto latinoamericano. Rio Piedras: Huracán, 1988.
Rodríguez Santana, Ivette. “Las mujeres y la higiene: la construcción de "lo social" en San Juan, 1880-1929”. Ponencia presentada durante la Segunda Reunión Anual de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores. Mayagüez, Puerto Rico: 26-28 de agosto de 1994.
San Miguel, Pedro. El mundo que creó el azúcar: Las haciendas en Vega Baja, 1800-1873. Rio Piedras, P.R.: Huracán, 1989.
Scarano, Francisco A. Haciendas y barracones: Azúcar y esclavitud en Ponce, Puerto Rico 1800-1850. Rio Piedras: Ediciones Huracán, 1992.
_____. Puerto Rico: Cinco siglos de historia. San Juan: McGraw-Hill, 1993.
Scott, Rebecca J. La emancipaci6n de los esclavos en Cuba. La transición al trabajo libre, 1860-1899. México: Fonda de Cultura Econ6mica, 1989. [Titulo original: Slave Emancipation in Cuba. The Transition to Free Labor, 1860-1899. Princeton: Princeton University Press, 1985.]
Seda Bonilla, Eduardo. Réquiem por una cultura. Rio Piedras: Ediciones Bayoán, 1972.
Shepherd, Verene, Bridget Brereton y Barbara Bailey (eds.) Engendering History. Caribbean Women in Historial Perspective. Kingston: Ian Randle Publishers, 1995.
Silvestrini de Pacheco, Blanca. Los trabajadores puertorriqueños y el Partido Socialista (1932-1940). Rio Piedras: Editorial Universitaria, 1979.
Silvestrini de Pacheco, Blanca y María Dolores Luque de Sánchez. Historia de Puerto Rico: Trayectoria de un pueblo. San Juan: Cultural Panamericana, 1992.
Sued-Badillo, Jalil. La mujer indígena y su sociedad. San Juan, PR: Editorial Cultural, 1989.
Sued-Badillo, Jalil y Ángel López Cantos. Puerto Rico Negro. Rio Piedras: Editorial Cultural, 1986.
Stubbs, Jean. “Gender Issues in Contemporary Cuban Tobacco Farming”, World Development. 15:1, 1987. (41-65)
Stubbs, Jean. “Gender Constructs of Labour in Prerevolutionary Cuban Tobacco”, Social and Economic Studies. 37: 1-2, 1988 (241-269).
¡Huelga en la caña! (1933-34). Taller de Formación Política. Rio Piedras: Huracán, 1982.
Tapia y Rivera, Alejandro. La cuarterona. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña y Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993.
Violi, Patrizia, “Sujeto lingüístico y sujeto femenino”, en Colaizzi, Giulia (ed.) Feminismo y teoría del discurso. Madrid: Catedra, 1990. (127-140)
Williams, Eric. From Columbus to Castro. The History of the Caribbean. New York: Vintage Books, 1984.
Zeno Gandía, Manuel. La charca. Rio Piedras: Edil, 1987.
Zeno Gandía, Manuel. Obras Completas. Tomo II [Garduña-Redentores]. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1973.
Periódicos y Revistas
El Mundo, 1943-1973; Luis Sánchez Cappa, "Revelan cierre de 2 centrales", 14 de octubre de 1955; Rafael Santiago Sosa, "Falta brazos agrava problema corte de caña", 18 de abril de 1956.
Encuentro, Revista de la Comisión Puertorriqueña para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico, núm. 2, 1990.
Unión Obrera, 1904-1906
Recursos Audiovisuales
Comisión de Asuntos de la Mujer, “La participación de las mujeres en la historia de Puerto Rico: Primeras décadas del S. XX”. San Juan: videograbación sin fecha de producción.
Comisión para el Mejoramiento de los Derechos de la Mujer (ahora Comisión de Asuntos de la Mujer), “Siempre estuvimos aquí”. San Juan: videograbación sin fecha de producción.
Otros documentos
Archivo General de Puerto Rico (AGPR) Camuy. Caja 116, Registro (1873).
AGPR, Fondo Municipal, Serie 461, Contratación de libertos.
AGPR, Fondo Municipal, Serie Juncos. Caja 167, Registro 1072, Contratos de libertos (1873).
AGPR, Fondo Municipal, Serie Juncos. Caja 167, Registro 1073, Contratos de libertos (1875).
AGPR, Fondo de Protocolos Notariales, Serie Ponce: Siglo XIX. Caja 1972, Rafael de León (1867).
AGPR, Fondo de Protocolos Notariales, Serie Ponce: Siglo XIX. Caja 1977, Rafael de León (1874).
Registro Central de Esclavos, 1872. Secretaria del Gobierno Superior de la Isla de Puerto Rico. Washington, D.C.: National Archives Microfilm Publications, 1969. (Centro de Investigaciones Hist6ricas, Universidad de Puerto Rico, Rio Piedras)
Corporación Azucarera de Puerto Rico. “¿Qué es la corporación Azucarera?" Folleto informativo fotocopiado. Recopilado en 1993.
Corporación Azucarera de Puerto Rico. “Centrales en operación al año 1940. Localización y fecha de cierre." (Fotocopia). Recopilado en1993.
Corporación Azucarera de Puerto Rico. "La industria azucarera en Puerto Rico/La industria de la caña de azúcar de Puerto Rico." Folleto informativo fotocopiado. Recopilado en 1993.
Corporación Azucarera de Puerto Rico. "Historia de la industria azucarera en Puerto Rico." Folleto informativo fotocopiado. Recopilado en 1993.
Corporación Azucarera de Puerto Rico. "Las diez (10) etapas mayores para convertir la caña de azúcar en azúcar cruda." Folleto informativo fotocopiado con diagrama y descripciones del proceso. Recopilado en 1993.
Corporación Azucarera de Puerto Rico. "Origen de la caña." Folleto informativo fotocopiado. Recopilado en 1993.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Constitución y Reglamento. 1964.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Convenio Colectivo Fase Agrícola entre United Packinghouse Workers of America-C.I.O. por y para el Sindicato Azucarero y la Asociación de Productores de Azúcar de P.R. 1 de enero de 1961 al 31 de diciembre de 1962.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Convenio Colectivo, 1. Unidad Agrícola Manual 2. Unidad Operadores Equipo Mecánico, entre el Sindicato Obreros Unidos el Sur de P.R. y la Sucn. J. Serrallés (et al). Ponce, P.R. 1967 - 1968 - 1969.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Convenio Colectivo (Fase Agrícola y Equipo Mecanizado) entre el Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico y Corporación Azucarera de P.R., h.n.c. la Central Aguirre. 1974.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Convenio Colectivo, Unidad de Talleres de Campo, etc., entre La Corporación Azucarera de Puerto Rico (Proyecto de Aguirre) y el Sindicato de Obreros Unidos del Sur de P.R. 1976 - 1979.
Sindicato de Obreros Unidos del Sur de Puerto Rico. Convenio Colectivo para los Años 1980 - 1981 - 1982. Pase Fabril. lo. de enero de 1980 al 31 de diciembre de 1982.
Procedimientos de la Gran Convención de Trabajadores de 1920.
Nóminas de la Corporación Azucarera, Archivo General, Central Mercedita, Ponce, P.R. 1943 y 1944.
U.S. Census Bureau: Censos de población 1899 a 1960. Centro de Datos Censales de Puerto Rico, Biblioteca José M. Lázaro, Universidad de Puerto Rico, Rio Piedras, P.R.
U.S. Puerto Rico Reconstruction Administration. Censo de Puerto Rico: 1935. San Juan/Washington, D.C.: 1938. Colección Puertorriqueña, Biblioteca José M. Lázaro, Universidad de Puerto Rico, Rio Piedras, P.R.